En estos días estoy leyendo una novela histórica sobre Juana La Loca, hija de los Reyes Católicos y casada con Felipe El Hermoso, por quien, dice el mito, perdió las neuronas. Parece que no fue así. Pero bueno, todavía no he llegado a la parte en la que cuentan a qué se debió su encierro en Tordesillas y quien construyó o hizo creer tal versión. El asunto es que esas eran épocas en las que las monarquías vivían en grandes palacios, se vestían lujósamente, derrochaban y se sentían efectivamente elegidos divinos, tocados por la gracia de Dios o lo que fuera y así actuaban; pero también gobernaban y tenían un papel decisivo en el destino de sus naciones o pueblos, bien, mal, despóticamente o con sabiduría.
Pero hoy las monarquías son estructuras obsoletas, antidemocráticas y en la mayoría de los países en las que existen son meramente simbólicas, formales y cuasi – parásitas.
Por eso me pareció casi una cargada cuando leí hace unos días:
La reina de Inglaterra quiere que Kate Middleton trabaje. Isabel II dice que el trabajo es bueno para la monarquía.
Bueeeeeno… para un domingo y variar un poco no está mal consolarnos y reirnos del mal ajeno. Piensen que aquí, en nuestros patrias latinoamericanas, sostenemos inútiles con nuestros impuestos, pero al menos los elegimos.
