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Distancia

7 abr

Bendita distancia. O maldita tal vez. Se viste de una paciencia desesperante y entonces te danza con lentitud en la cara sin que puedas controlarla. Inasible y cruel. Incuba tormentas en la mente sin dar respiro ni alivio.

Pero dicen que no hay que juzgarla duramente, que ofrece también calma y puede desactivar aquello que atormenta.

¿Con ese ritmo agónico puede ofrecer algo distinto?

Sueños cansados

29 feb

I.

Corro desesperada en medio de la nada. Sobre un fondo claro. No blanco, solo claro; como ese amarillito pálido de la nata; brillante pero no cegador. Corro y la bruja sigue detrás de mi. No me alcanza pero tampoco la pierdo, sigue detrás de mi, constante. Pero yo me canso y ella no, porque viene en su escoba. Ella es fea, con la nariz como gancho y una gran verruga en la punta. Un sombrero en punta y una capa roja. No negra, roja. Me canso de tanto correr y me desespero porque sigue detrás, sin quedarse. Es raro, tampoco acelera y eso que viene en su escoba. 

Me agoto, no puedo más y paro. Y dejo que pase lo que tenga que pasar. Doblo mis rodillas, me acurruco y pongo mi cabeza  sobre ellas. Pasa de largo por encima mío. 

II.

Otro fondo blanco, este sí muy blanco. Pero hay agua por todas partes. Una infinita piscina que no tiene fondo, no tiene límite, solo el de mi mente. Un mar de agua muy transparente. Una antigua bañera con patas, toda blanca también, flota pero amenaza con hundirse. Y yo desesperada tratando de que no se hunda. Yo, aleteando con mis brazos, queriendo que se conviertan en remos o algo así.  Lo que sea, pero suficiente para que el peso de esa improvisada barca no se hunda conmigo dentro. Y me canso. No puedo contra la gravedad. No puedo sostenerme a flote. Y la bañera se hunde y mis brazos no dan más.

Paro y entonces comienza a sumergirse, como una hoja seca cuando va cayendo del árbol; con un suave vaivén, mecida por el agua, plácida. Y entonces, descanso aliviada. 

Tenía tres, cuatro, cinco años a lo sumo, cuando soñaba eso. Una y otra vez. Se turnaban. Jamás los entendí, pero tampoco los olvidé.  Hoy los recordé de nuevo.

- Pero con el paso del tiempo y esforzándote mucho, has conseguido mantenerlos a raya, ¿no? Esos recuerdos odiosos.
- Cada vez más – adminte Mari. Y asiente -. Poco a poco. Yo soy de ese tipo de personas. De las que se esfuerzan.
- ¿Esas que van siguiendo su camino, solas, currando día a día? Como el herrero del bosque.
- Sí.
- Pues a mi me parece admirable ser capaz de hacer algo así.
- ¿De esforzarse?
- De ser capaz de esforzarse. 
- ¿Aunque no ganes nada con ello?
Kôrogi sonríe sin contestar. 
After Dark.  Pag. 205 . Haruki Murakami. 

Dilemas de fantasía y realidad

20 feb

Fantasía y realidad. Teoría y práctica.

La fantasía es como la teoría. Construye; alimenta; llena de sueños la mente; ofrece el contexto propicio, la red contenedora para que la realidad sea propicia, para que los hechos fluyan con previsión, con maravillosa precisión. Eso es lo que se imagina, lo que se sueña, eso se planea. No hay falla, y si la hay se resuelve con impecable sabiduría. La fórmula ya está en esa fantasía. Después de todo ahí todo es tal y como debería ser. Ahí, uno es el que debería ser. La teoría que debería reflejarse en esa práctica que eres.

Te casarás, por ejemplo, y tu papá te llevará al altar. De una iglesia por supuesto, como en todas esas fantasías inoculadas por los cientos de novelas rosas que te comiste en tus noches adolescentes. Tu mamá te ayudará a vestirte. Tus amigos estarán esperando en una iglesia en medio de muchos árboles, inimaginable en la ciudad. Pero ahí estás, entre esos altos bosques que rodean una ciudad real pero lejana de ese lugar perfecto.  Estás delgada y el  vestido te queda como a una ‘barbie’. Lo soñaste, lo describiste, lo mandaste a hacer a tu medida. Para eso te preparaste los seis meses previos en un gimnasio. Tu cara luce luminosa, feliz y descansada. Una semana entera de masajes, mascarillas y felicidad absoluta, toda. “Love is in the air” es tu himno Es media tarde y entre los árboles se asoma un sol suave, llegas. Está esperándote, tu sol, tu complemento, con la adoración en sus ojos, con su sonrisa plácida.

Y mientras subes las escaleras, escuchas que te habla; no entiendes muy bien y te acercas. De pronto notas que, a través de sus lentes, sus ojos están ahora impacientes.

- Son las cinco. Llegas tarde!

- Pero el turno era a las cinco.

-Había que llegar antes. Hay que hacer el trámite de entrada. A las cinco debemos estar ya con el notario!

Se acercan al mostrador y llenan los papeles . Apenas si puedes saludar a su hermana y a su mamá, a quien conociste dos días antes.

- Pero mi familia no ha llegado todavía. 

- Bueno, hablemos con el notario y ver si espera. 

Subes junto a él, no con él que no tiene paciencia para esperarte. En la puerta de un despacho se asoma un hombre de camisa arremangada, tirantes y pajarita. Un viernes por la tarde ya está pasado de cansancio y trámites.

-Podemos esperar un rato. Me avisan cuando lleguen - , contesta con un acento costeño inconfundible.

10 minutos, 15, 20, 35 minutos.

- Ya no puedo esperar. Tenemos que comenzar -. Dice asomando la cabeza.

Mientras se sientan,  llega ese señor que te dio la vida, furioso con tu mamá porque todo lo deja para última hora. Cruce de reproches y la mirada furibunda de ‘tu sol’, que casi calcina cualquier cosa que pueda enfocar. Prefieres no mirarlo.

Se sientan frente al hombre costeño. Comienza el trámite, o la ceremonia para seguir un poco con tu fantasía. Media hora leyéndoles el contrato; ese en el que además deben dar fe que ninguno de los dos está un poco mal de la cabeza. ¿Cómo podrías haber adivinado el futuro en ese momento ‘sublime’?

La carrera séptima no es el bosquecillo,  el vestido lo compraste tres días antes y ni el arreglo que pediste lo hicieron bien. Aún así, no te ves mal. Corriste en la mañana a buscar los zapatos con los que te conformaste. El maquillaje improvisado en un salón de última hora te convirtió en otra, a pesar de tus esfuerzos posteriores para volver a tu esencia. Tu cara luce cansada y resignada, pero bonita según tu casi cuñada.  Llegas puntual pero tarde.

Y te casaste igual.

Fantasía y realidad. El resultado fue el mismo. El final, no.  La realidad fue impiadosa.

Un par de esforzados, y no menores, intentos más en vano. Entonces decidiste que la felicidad viviría, de ahí en más,  en tus fantasías, en donde todo sí funciona.

Pero, ¿y ahora? cuando la fantasía amenaza con convertirse en una realidad imponente, ¿dónde está la sabiduría?

Dolores

10 feb
De

Tomada del blog http://24milimetros.blogspot.com/ de Manu Brabo

Un perro abierto en canaleta sobre una mesa, mientras otros enjaulados esperan el terrible destino; un soldado a punto de “asar” a otro que mira la cámara casi pidiendo el auxilio que no llegará; un niño detrás de otro, que está detrás de otro, cada uno con un plato en la mano, esperando que alguien les sirva un poco de comida; tres mirando a la cámara mientras sus barrigas voluptuosas son la evidencia del abandono de la humanidad por su prole; una niña con la cara sucia y ropa raída distrayéndose un minuto de su tarea de cargar ladrillos, para mirar al fotógrafo que quiere acercarnos a la tragedia de la niñez perdida en la necesidad.

Imágenes que circulan por este espacio virtual y que todos miramos con horror, a veces con simpatía; pero casi siempre ajenos al dolor de esas imágenes que sin embargo son vida (o muerte) permanente. Ajenos, salvo esos pocos segundos en los que nos enfrentamos a un mundo que preferimos ignorar en la comodidad de nuestras casas, en la que no existe más necesidad que una buena conexión a internet para “ver” ese mundo al que por suerte no pertenecemos.

Ya lo dijo Susan Sontag,

“Y ser conmovidos no es necesariamente mejor. El sentimentalismo es del todo compatible, claramente, con la afición por la brutalidad y por cosas peores”. 

“La imaginaria  proximidad del sufrimiento infligido a los demás que suministran las imágenes insinúa que hay un vínculo a todas luces falso, entre quienes sufren remotamente – vistos de cerca en la pantalla del televisor – y el espectador privilegiado, lo cual es una más de las mistificaciones de nuestras verdaderas relaciones con el poder. Siempre  que sentimos simpatía, sentimos que no somos cómplices de las causas del sufrimiento. Nuestra simpatía proclama nuestra inocencia así como nuestra ineficiencia”.

Ahhh, Susan Sontag, como intervenir en este mundo entonces,  ¿Qué hacer entonces “ante el dolor de los demás”?

Principios

17 jun

en solopsicologia.comDe qué hablamos cuando hablamos de amor… leí en alguna parte. Yo me pregunto hoy, de qué hablamos cuando hablamos de principios.
Hoy fue un día de ubicación clara, de colocarse en ese lugar del que no se regresa. O de cuando se quiera regresar, se nos recordará. Hoy marcamos un trazo indeleble en nuestro camino. Creamos pasado, el nuestro en un futuro. Ese que nos seguirá cuando transitemos y ocupemos otros espacios.
Para algunos será un pasado de afirmación, de coherencia; para otros será un tiempo para esconder o, al menos, para evitar rememorar.
Dicen por ahí que todos tenemos un muerto en el clóset. Hoy algunos metieron uno en el suyo. O quízás no. Quizás lo exhiban orgullosos.
No hay camino sin retorno en esto en todo caso, siempre hay redención o en todo caso atenuante y las piedras a veces simulan suaves colinas.
Pero en todo caso, como me dijo alguien hace poco, de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno, o algo así. No me gustó, pero comparto la frase, por principio.

Un sábado cualquiera, o sea, casi perfecto

5 jun

Cómo me gusta la albahaca! Caminar por Rivadavia en una noche fría es estimulante, sobre todo si tienes la panza llena y el corazón contento. Dice el dicho.

Me siento en orden. En mi cabeza, en mi mente. Mi vida, sigue igual; pero he hecho lo que quiero, compré lo que necesité, nada más que eso, y hasta un ramito de flores me llevo a casa. Pregunté en la feria por un par de pantuflas multicolor con borlitas colgantes, miré libros, le coqueteé a un suéter que no compré por sensatez y por no sacarme las capas de ropa que tenía encima. El invierno hace bien a mis finanzas.

Caminé y miré gente. Toda demasiado envuelta en trapos para poder entrever su humor. Experimenté de nuevo la hosquedad propia del invierno, gente ensimismada o concentrada en el deporte citadino de la compra compulsiva y ajena a ese otro que cruza la misma calle y pisa el mismo adoquín suelto. Pero es sábado en la noche y la avenida está viva, en todo caso.  Bollitos caminantes que supongo infantes y caninos con variados abrigos le ponen risa y ladridos a la brisa helada. El alma se calienta.

- No te gusta?   - No. Es muy delgadita la masa.

Seguro la señora es de esas ‘tanas’ que comen pizza a la vieja usanza, gruesa, de queso chorreante y aroma encebollado. Aquí huele a albahaca. Pese a todo, el diente no se detiene y la charla en la mesa de al lado sigue muy animada entre los dos veteranos de las calles porteñas que se arriesgaron con una pizza ‘gourmet’.

Es temprano, por eso encontré mesa. Cenar a las 7:15 es una rareza. Salvo esos jóvenes veteranos que seguramente tienen costumbres añejas y cuerpos que necesitan pronto reposo, una familia que quiere comer junta antes de que la noche le presente mejores alternativas a los más ‘pollitos’, y yo que solo puedo argumentar a mi favor costumbres ajenas, apuramos una última cena casi a la hora del café para otros.

La moza es amable y me sonríe. Me explica que Macri prohibió el cerramiento en veredas sobre las avenidas y por eso no hay calefacción para las mesas de afuera. Clientes que se pierden.

- Cuando necesiten recaudar más, seguramente podremos volver a ponerlo –  remata, con algo de resignación y la seguridad paciente de algo inevitable.

El mundo no sonríe precisamente, pero es sábado y camino por Rivadavia, la avenida que parte la ciudad en dos; el corazón de la clase media porteña. Tiendas abiertas, comercios llenos, gente, mucha gente; autos, demasiados. Luces y vida por donde se mire. No es esta precisamente la Argentina en crisis.

Es delicioso el olor de la albahaca y es una noche de sábado casi perfecta. Solo falta una segunda copa de vino y estar enamorada.

Sábado!

30 abr

Vericuetos del alma y del habla

8 abr

Hoy me siento más fuerte. Las pequeñas desilusiones de la vida, se han convertido efectivamente en pequeñas cosas en la vida. Duran poco y  endurecen otro tanto. Hay que estar alerta, no vaya a ser que la capa de amianto vuelva a tomar su versión más incombustible; ya viene perdiendo fortaleza y el alma la ha ido recobrando.

Ahora es diferente. Las alarmas funcionan y aunque el letargo ha sido prolongado y la inconsciencia le ha allanado el camino, las pequeñas rendijas de un andar inconforme cada vez se disimulan menos.

“Por qué se me va toda la fuerza por la boca, que me condena y se equivoca…”

Apuntes prejuiciosos en un bar

19 mar

Cambios. La otra noche me fui a un bar de jazz. Salí finalmente, contra todos los pretextos que me di para quedarme cómodamente en casa. Quería ver a una violinista que interpretaba gypsy jazz según decía el programa; era un buen augurio. Aunque que su referencia en el papel fuera ser discípula de otro que fue discípulo de alguien muy reputado, no ayudaba mucho. Pero allí estuve, y vi a la violinista suiza que hablaba un buen español aporteñado.También fui a ver gente. Llegué temprano y sin mucho más para hacer que esperar, me enfrenté a mis prejuicios.

Traté de marginarlos y no encasillar a nadie a priori. Por ejemplo, intenté no dejarme llevar por esos dreadlocks rubios y sombrerito bombín, que me hizo pensar en una puesta en escena para parecer muy cool. Debía fumar la hierba espirituosa, hablar de la paz superior que se logra en un viaje de meditación y no le debía interesar la política. En realidad no debía saber mucho de este mundo terrenal, salvo que lo necesitaba para solventar el costo de esos tenis Converse All Star…

No me debía dejar llevar por mis prejuicios. Por eso decidí ir a ese bar, aún sin compañía; y también para tratar de ganarle a mi inercial encierro. En un vistazo rápido no detecté a nadie de mi target.  Ya lo confesé antes, el último que me gustó exudaba testosterona y allí, no sobraba precisamente.

Supongo que conciliar todos mis gustos no va a ser fácil.

Uno de los mozos se parecía a alguien que apeó unos instantes en mi vida, hace un tiempo.  Rulos alborotados y una onda hippie chic. Debía estudiar antropología. No, eso pasó de moda. Ahora los contraculturales del stablishment estudian comunicación, diseño gráfico o teatro… y mientras, trabajan de mozos.

Pasó otro sombrerito. El anterior era bombín, ese era de esos de viejito, con un pliegue hacia adentro, como los que aparecen en las fotos de cúando mi abuelito era joven. Con el calor, ambos lo lucían tirado hacia atrás, dejando la frente despejada y los dos vestían camiseta con un amplísimo escote en V. Observaban juntos, comentaban juntos; eran habitués, se notaba. Cómo no encasillarlos!!

Y me dio sueño en la mitad del espectáculo. ¡Qué falta de calle la mía! Me sentí un poco extraña sola en la barra, aunque al parecer a nadie le llamó la atención; ni porque escribía desenfrenadamente.

Me preocupa esa tendencia que tuve a pensar que todos los que estaban a mi alrededor eran muy jóvenes. No me gustó que automaticamente la respuesta que se me ocurriera fuera que las chicas como yo ya “estaban en otra”.  La edad me pone un tanto nerviosa, pero entonces se me viene a la cabeza mi vida atípica. Y sonrío, pese a muchas cosas que no volvería a repetir.

Frente a mi había un flaquito, que parecía haberse ‘puesto’ el bigote. Ese par de flacas líneas negras sobre sus labios daban la sensación de artificio. Parecía como si antes de salir hubiera abierto el botiquín del baño y hubiera dicho… mmm, hoy me pongo bigote para salir con la chica de la pluma en la cabeza. Porque parecía que se habían puesto de acuerdo. El parecía un impecable señorito de los dorados 20′s y ella una alegre damisela con corte Bob y una pluma a un lado. Describir el vestidito negro sin entallar es casi una obviedad.

La violinista tenía oficio. Nada descollante, pero el  violín y el jazz siempre hacen un buen binomio.

Pero mis ojos se empijamaron sin mi permiso. Quería apartar mi vaso de fernet y Sprite, – un sacrilegio para algunos – estirar mi brazo a lo largo de la barra, recostar mi cabeza y cerrar los ojos.

La violinista agarraba pista mientras tanto y sonaba cada vez mejor. Pero la somnolencia rondaba y solo pensaba en yacer en algún lado. Reflexioné que ya no estaba para la conquista nocturna. Dos fernets y un solo sueño verdadero.

El del bigote y la de la pluma decidieron irse. Un caballero el señorito; le escondió la cuenta a su damisela. Ella, como digna representante de esa generación que se equiparaba con el hombre al menos en su apariencia, insistía en compartir la cuenta.

Yo creo que a la segunda, no se debe insitir más. Se nota que la pareja vintage comenzaba apenas a salir porque la realidad es que una chica nunca quiere pagar la cuenta. Sobre todo cuando se produce de esa manera. Feminismo mal entendido.

La sofisticación se me agotó de pronto. Me dio hambre, además de sueño.  Así que claudiqué ante mis deseos más primitivos y salí con algo de pesar… Parece que todavía faltaba lo mejor de Sophie Lüssi.

Herederas del telégrafo

25 jul

Esto del feisbuc, tuiter y esas redes sociales que ahora manda la parada en internet están haciendo que los mensajes sean telegráficos. Dignos sucesores de Marconi. Las frases cortas; los mensajes escuetos y sin vuelos explicativos. La Imagen tomada de El tamiz.commente formateada para el ahorro de palabras, acorde al ritmo acelerado de esta vida que nos atropella y, que sobre todo, tiene inmediata fecha de vencimiento. Al menos, así la vivimos.

Y es un camino casi insconsciente. Volver a escribir en el blog tuvo, para mí, la intención explícita de volver a acariciar el lenguaje, dejarme llevar por lo que Grijelmo llamó “la seducción de las palabras”. Buscar los sentidos más íntimos de sus significados, alejarme de los lugares comunes y la prisa del periodismo de diario. Encontrar los márgenes que no me da la noticia de hoy y que mañana, ya impresa, solo sirve para envolver pescado, o huevos. A elección.

Y de pronto, me soprendo escribiendo esto, aquí! en mi lugar de libertad y permisión, mi lugar para el capricho:

Sábado. Traspiés de agenda. Finalmente nada salió como debía salir. Frío y una copa de vino.  Mañana trabajo y solo hoy quedaba…

Duras, cortantes, claras, pero sin las sensaciones que las inspiraron. Un lenguaje que cumple su función, sin disfrute. Una tendecia exhibicionista, como toda autorreferencia, con el agravante de despojar el relato de su función enriquecedora. Al menos, de intentar que así sea.  Quería describir  esa sensación plácida y libre, que muy pocas veces se nos permite en este ajetreado nuevo mundo que nos impone además la información precisa y rápida de la vida social virtual. Quería hablar sobre la no conciencia del deber; la dulce irresponsabilidad del ocio, cuando aún hay mucho por hacer.

En realidad solo quería darle estatus de belleza a dormir tres horas y dejar que el mundo cayera alrededor sin que se me moviera un pelo.

Pero la reflexión se fue al carajo. ¿Será que  la retórica desaparecerá en brazos de estos nuevos canales de comunicación? En el primer sentido que la RAE la entiende:  

Arte de bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover.

Y no solo para informar.

¿Cuántas palabras necesitaremos para eso? Pocas. Definitivamente muchas menos que las que trae un diccionario. Si las redes sociales atraen a millones ya, y van en aumento, y la paciencia que necesita la buena escritura y la mejor lectura, menos cada vez, entonces…

En fin, reflexiones de una noche de sábado, con una copa de vino…

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