Esta imagen impensada hace un par de años habla de que algo está cambiando en esta Argentina. Por suerte.
Cuando llegué a este país, ese librito blanco de letras rojas era una rareza, no circulaba, no se vendía. Estaba casi proscrito. Me lo mencionaban y era una especie de leyenda, como su autor.
Conocí algo de la historia de Pablo Llonto por gente que lo conocía cuando trabajó precisamente en ‘el gran diario argentino’. Una historia de lucha solidaria y sobre todo de coherencia y fidelidad consigo mismo. Llonto matuvo una larga pelea judicial contra el diario por su despido cuando era representante gremial. Todo esto y seguramente la publicación del libro lo llevó a ser considerado casi mala palabra, no solo en Clarín sino en muchos medios que por identificación corporativa vetaban su nombre (y de paso su libro) solo por no enemistarse con el diario de La Noble Ernestina.
Mi admiración tuvo un primer contacto directo cuando leí una crónica que escribió sobre los Pumas, la selección de rugby de este país. Me gustó esa tendencia a derribar ídolos y a cuestionar las construcciones mediáticas alrededor de verdades aparentemente incuestionables. Iba contra la corriente. Después supe de su lucha por los Derechos Humanos y su participación como abogado en causas de desaparecidos durante la dictadura.
En fin, este no pretendía ser un post de homenaje, de exaltación ni nada por el estilo. Solo me causó una gratísima impresión encontrar su libro en una de las librerías más comerciales de la ciudad, exhibido al lado de uno de los escritores que más vende… Una visibilidad que se merecía, aunque no se si al lado de Andahazi…
Un poder, otrora intocable, al fin cuestionado.
