Preguntas ante el dolor de los demás

En estos días de tragedia y muerte ¿lloramos por la fosa común que es este planeta? ¿Nos duele el dolor de esos otros? o, ¿son momentáneos estados de conmoción, mientras leemos las cifras en los periódicos y vemos la barbarie – lejana – en la televisión, para después seguir con mejor conciencia nuestra vida que, por suerte, no se cruza con esas muertes?

Susan Sontag decía en “Ante el dolor de los demás” al comentar un texto de Virginia Woolf sobre el por qué de la guerra, que <<las fotografías de las víctimas de la guerra son en sí mismas una suerte de retórica. Reiteran. Simplifican. Agitan. Crean la ilusión de consenso.>>

Las fotografías en redes sociales acicaladas de corrección política con la bandera francesa, los textos de indignados ante posturas belicistas y revanchistas, o las expresamente insensibles ante ese dolor que no es el de cada uno, son una manera de instalarse en el afuera, un afuera aparentemente homogéneo. Porque ninguno está allí, todos observamos desde un lugar distinto y seguro. Tenemos que expresar, pues, algo que evidencie la ‘no indiferencia’.

Sentimos el deber, para ser aún más políticamente correctos, de extender nuestra manifiesta emoción a otras tragedias. Aparece entonces, con una odiosa pátina de competencia, la solidaridad con otros muertos y otras guerras. Aparecen reproches al otro por ser “ciego” ante dolores que son más  “los nuestros”.  Y esa torcida queja ante la coyuntura termina desdibujando ese dolor de los demás porque “no vemos que ellos se solidaricen con el nuestro”.

En realidad ninguno es el nuestro.

Sontag  aclara que <<No debería  suponerse un ‘nosotros’ cuando el tema es la mirada al dolor de los demás.>> 

Porque ¿quiénes somos nosotros? ¿Los bien-pensantes, los militantes, los pacifistas, los violentólogos, los cientistas sociales, los “de a pie”? ¿Nosotros, los buenos?

<<¿Quiénes son el ‘nosotros’ al que se dirigen esas fotografías conmocionantes? Ese ‘nosotros’ incluiría no únicamente a los simpatizantes de una nación más bien pequeña o a un pueblo apátrida que lucha por su vida, sino a quienes están solo en apariencia preocupados – un colectivo mucho mayor – por alguna guerra execrable que tiene lugar en otro país. Las fotografías son un medio que dota de ‘realidad’ (o de ‘mayor realidad’) a asuntos que los privilegiados o los meramente indemnes acaso prefieren ignorar.>>

Nosotros, los privilegiados ¿qué buscamos en esas imágenes? Esas terribles de Paris y esas horrorosas de Beirut.

<<Son múltiples los usos para las incontables oportunidades que depara la  vida moderna de mirar – con distancia, por el medio de la fotografía – el dolor de otras personas. Las fotografías de una atrocidad pueden producir reacciones opuestas. Un llamado a la paz. Un grito de venganza. O simplemente la confundida conciencia, repostada sin pausa de información fotográfica, de que suceden cosas terribles.>>

¿No será que lo que nos ofrece esta nueva tragedia es el pretexto para que nuestra <<confundida conciencia>> repose más tranquila y que ese colectivo al que pertenecemos <<solo en apariencia preocupado>>, sepa que compartimos la sensible indignación <<ante el dolor de los demás>>?.   

Padre

Te veo enjuto, como describías tu mismo a todo aquel que se veía agarrotado por la edad. Caminas sin motivo, sin la conciencia de un rumbo, sin una meta a la que llegar; perseguiste muchas y de prisa durante años, no sé si alcanzaste alguna, solo supe que en algún momento detuviste la marcha.

Ahora solo caminas, encorvado, inseguro, con esos ojos vacíos clavados en el piso, con esos cortos pasos de ritmo monótono, con esos brazos extendidos buscando el siguiente apoyo para seguir el recorrido sin fin.

Te detienes de pronto, alzas la mirada y por un segundo creo que me reconoces porque sonríes, y te devuelvo el amor que todavía quiero ver en ese rostro apergaminado. Pero vuelves a la no expresión, a la nada, y continúas tu camino; regresas al sin sentido de tus pasos.

Has perdido estatura, ahora veo fácil tu incipiente calvicie. En los últimos tiempos me mirabas de frente y eso me gustaba; te sentía cómplice por primera vez en tantas décadas. Me sorprendiste con tu aceptación, con esas preguntas generosas, con esa ausencia inquisitiva y esa presencia solidaria. Y el lazo herrumbroso que nunca se rompió, sacó su lustre y desnudó su fuerza.

Y ahí sigue, entre nosotros, aunque tu ya no seas tu. Aunque esa carcasa consumida ya no contenga ese carácter recio que escondía un miedo que yo no conocía, ni ese cerebro metódico, exigente y rígido que encorsetaba tan bien la fragilidad que evidenciaste alguna vez con tus escasas lágrimas.

Cuántas veces te miré de abajo, adorándote, alejándote, odiándote, necesitándote; cuántos años con tu mirada en mi cuello, cuánto camino marcaste a contra corriente, contra mi corriente y a pesar mío.

Podría haber sido una artista, pero tu lo quisiste y no lo fui. Pude dedicarme a curar heridas más profundas y más vitales que las mías, pero tu lo quisiste y lo descarté. Y sin embargo, nada hacía sin que pasara por el filtro de esa mirada invisible, omnipresente, que indagaba mis razones. Te sentía a mi lado, nunca de mi lado; pero lo estuviste.

Y construí caminos aún con el peso de tu presencia, o quizás justamente por tu eterna presencia. No lo se y ya no me interesa saberlo; simplemente estuviste y no concibo mi vida sin que hubieras estado en ella, cualquiera que sea el resultado que soy en este momento.

Ahora yo te ayudo, guío tus pasos y alivio tu cansancio. Y, contra toda evidencia, espero de nuevo esa expresión amorosa que me demuestre que sigues ahí, que estás para impulsar mis esfuerzos y contener mis dolores.

Pero te observo tenue e inseguro, con esa mirada cruzada por el vacío,  y se que ya no eres y que esa sonrisa solo es el acto reflejo de viejas memorias que viven de vez en cuando en la superficie de tu rostro.

Regreso

Dejo atrás marcas de una vida que fue perra y hoy son huellas amorosas en mi corazón y en mi mente.

Quedan en un presente/pasado; cada vez que la memoria las traiga serán de nuevo el hoy, serán el amor permanente y abrasador. El calor será tan físico como el frío que dejaron sus ausencias.

Nuevos pasos recorren mi cuerpo marcado por un pasado indeleble, nuevas canciones recuperan viejas melodías.

Y aquí sigo. Nada más, nadie más. Cada fin de semana.

Momentos

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@Robert Mapplethorpe

Han transcurridos varios meses de zozobra, vacíos, emociones inéditas, resurgimiento de viejos fantasmas y apertura de heridas no sanadas. Errores, carencias y excesos. Mi esencia menos amable ha aparecido de nuevo, esa que, desde hace un tiempo transita un camino invisible de curación pero que de vez en cuando se sorprende con un bache tras la repentina neblina de un dolor intenso.

Y he regresado a los brazos del miedo y de la opaca humareda que se disfraza de esa nada que detiene el agotador aliento de la vida. Los he recibido casi agradecida de volver a contar con su presencia, porque me reencuentran con ese ser tan íntimo y cómodo que encontró por años su refugio en mi espíritu, ese que se escondió en la culpa de los otros para evitar el cansancio del amor y su némesis, el dolor.

Esa familiar presencia me ha saludado descaradamente como a una vieja amiga. Pero descubrí que ese ser es cada día más pequeño, y aunque sigue luchando ya no está tan cómodo y sufre de un desespero existencial.

Seres hermosos, conocidos, desconocidos, no tan desconocidos y amigos, me han mostrado su generosidad, han hecho poco caso a mi dramatismo, me han abrazado sin importarles mis lágrimas, me han escuchado sin cansancio, me han leído con amabilísima empatía, han comprendido mi trance aunque no entiendan su origen y han perdonado sin decirlo ese rabioso dolor que no he logrado poner en palabras justas.

La crisis es oportunidad, dicen. No la deseo y no quisiera estarla transitando, pero aquí ésta y es la tierra fértil, no de esas exquisitas flores enfermizas que dedicó Baudelaire, sino de esas otras más sencillas que alguna canción popular dice que crecen más hermosas en el barro. Siéntanse aludidos. Gracias.

Fe

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Blessed Ludovica Albertoni by the Italian Baroque artist Gian Lorenzo Bernini.

Creo ciegamente en que esa felicidad que no he experimentado, me espera.
Creo en el amor que anda perdido y no me ha encontrado.
Espero la generosidad que no he recibido.
¿Es eso fe?
El cielo me espera.

La vida y esa otra

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Atala en la tumba – 1808 -, de Girodet de Roussy-Trioson, Museo del Louvre, Paris.

Mi padre enfrenta la muerte sin querer y sin percibir su llegada.

El gran neurólogo prepara la suya, anunciada e inminente.

Alguien más nos recuerda la dulce despedida del escritor antes de ir a su encuentro voluntariamente.

Y yo pienso en la mía. ¿Cuál será mi caso?

No me angustia. Por primera vez experimento ese momento en el que no soy frágil ante ella.

Creo que es la madurez de un romance que tendrá buen fin.

Me entregaré a ella inevitablemente.