Reflexión sin moraleja

Hace unos años en una olvidada charla con una amiga circunstancial hablábamos de alguna intrascendencia que me llevó a caer en cuenta que ese día cumpliría un aniversario más de casada… si no me hubiera separado. Era solo un detalle de color en una conversación superflua.

-Me casé en 1997.

-¡Yo también! – replicó ella, celebrando la coincidencia. Sin embargo inmediatamente aclaró con aire triunfante – Pero yo sigo casada -.

No contesté nada. Su tono, su aire suficiente y victorioso, su punto final a lo que en un instante planteó como una competencia en la que yo evidentemente había fracasado, me dejó perpleja e hizo que mi memoria grabara el momento.

Cada tanto se me vienen a la mente sus palabras, en las cuales había evitado ahondar. Pero ahora no solo pienso en ellas, sino que me pregunto por qué han permanecido impávidas en el mar de acontecimientos que ha invadido mi vida después.

A propósito repito hoy el ejercicio y me sorprendo con que este año cumpliría 19 años de casada. Otra vida hubiera vivido, otra yo estaría ahora ocupando mi lugar y estoy segura que no sería mejor.

¿Qué me dejó perpleja? ¿Qué me incomodó que me hizo callar ese día?

Separarme fue lo mejor que pude hacer en ese momento y hoy me sigue pareciendo la mejor decisión. Pero muy en el fondo creo que sentí culpa durante mucho tiempo por hacer lo que quise y no lo que se esperaba de mí.

Sentí culpa por ser coherente con mi deseo, por no ser una mujer resignada, dispuesta a disfrazar la felicidad propia con una felicidad social. Porque fracasar frente a los demás ha sido siempre peor que fracasar ante uno mismo. Nadie percibe el descalabro íntimo; la mirada de los otros, en cambio, evidencia la incompetencia. Aún así, todavía recuerdo lo inconcebible que me resultaba pensar en no separarme.

Las mujeres que se quedan solas o, lo que es lo mismo, sin un hombre que “les de estabilidad”, tienen una falla, el entorno social es sutilmente cruel para hacerlo notar. Y como mi amiga me lo demostró, las mujeres somos el catalizador más eficiente para expresar la carga social que implica un abandono del estado ideal: el de “formar un hogar”. Un mandato que implica la realización femenina en esta sociedad tan posmoderna como arcaica.

– ¿No te has vuelto a casar?- preguntan con sorpresa. – No tienes hijos ¿cierto? – tratan de confirmar con cierto pesar al saber que tengo perros. – ¿No quieres? – continúan indagando con el asombro de estar viendo a un ser desviado. – Tu no sabes de eso – aclaran con desdén cuando doy mi opinión sobre algún niño malcriado.

Lo rara que soy, lo quedada que estoy…

¿Y lo que he compartido – y comparto – con amigos, amantes, familiares, colegas y compañeros? ¿Lo que he leído? ¿Lo que he escrito? ¿Lo que he ganado y perdido? ¿El dinero que no he ahorrado? ¿Mis logros y mis frustraciones? ¿Lo que enseño y lo que aprendo? ¿Mis convicciones y mis dudas? ¿Lo que he amado? ¿Mi lucha por mantenerme saludable? ¿Mis sonrisas y mi llanto? ¿Mis dolores? ¿La música que me emociona? ¿La ira que he sentido? ¿La felicidad que impulsa mis pasos? ¿Mi casa? ¿Mis libros?

¿Es esa una vida mientras tanto? Demasiado para una transición pienso ahora. ¡Que loca he sido!

Replicamos – y me incluyo, porque hasta me he creído eso de que el deseo social es mi anhelo – lugares comunes y prejuicios. ¿Por qué otra razón, tantos años después, recuerdo con recóndita molestia el comentario de esa amiga?

Porque hasta en los círculos más liberales reaccionan con más o menos sofisticadas armas a la desfachatez femenina: el chiste flojo, el menosprecio de la causa justa disfrazado de igualdad, generalizaciones que suprimen la diferencia, acusaciones de extremismo y nuevos motes que solo esconden resentimiento ante la evidencia de una moral tan anquilosada como invisible. Hasta nosotras, las raras, a veces sin mucha conciencia continuamos buscando remendar el roto, enderezar la vara.

Pero la memoria por suerte nos trae estos pequeños escozores que alivianan el rumbo.

Fantasía

Los lazos que no existen jamás se atarán.

No hay nudo que desanudar, no hay hilo para tejer.

La historia que no vivimos enreda la memoria.

El pasado es la nada.

El futuro llega sin antecedente:

 La vida inédita.

 

 

 

 

El sueño de enseñar

Cuando era niña yo quería ser profesora. Me gustaban los tableros, las sillas con brazos para escribir, las tizas, los cuadernos y supongo que disfrutaba esa sensación de saber más y guiar a los más pequeños. Jugaba con niñas más chicas a enseñarles, a hablarles de cosas que ellas no sabían y les daba ‘reglazos’ en la mano si hacían algo mal y yo siempre imaginaba que alguna hacía algo mal. Un poco de perversión infantil e imitación. Supongo que tuve profesoras que me corregían con dolor, el mío claro está.

No tengo presente cuándo dejé que mi sueño se esfumara. Solo se que hacía ya bastante había desaparecido de mi panorama vocacional cuando tuve que elegir qué hacer con mi vida. Una mezcla de rebeldía, aspiraciones intelectuales y prejuicios me encaminaron por otros rumbos. El sueño infantil tal y como lo imaginaba quedó relegado a un pasado irreal y sin evolución.

Enseñar fue siempre esa actividad primaria en escuelas básicas y precarias. Como la que funcionaba en esa maravillosa casona de San Pelayo y que pertenecía a esa profesora de pueblo que fue mi tía Carmen, una señora que siempre recuerdo ya vieja, vestida con una fresca bata blanca y meciéndose bajo el quiosco de palma en medio de un gran patio. El mismo patio que en época escolar albergaba a la escuela primaria – ignoro si era la única – del pueblo, pero que en las visitas de vacaciones era mi escenario de fantasía, un lugar real para imaginar mis sueños.

Y ahí se quedaron, mis sueños: en esos días entreverados en la vida real, la de la ciudad, en la que era alumna juiciosa, estudiante sosa, aprendiz aburrida.

Mi papá fue profesor años más tarde. Amaba la universidad pero su verdad era demasiado tajante y su saber ajeno. Tampoco resurgió con él ese deseo infantil olvidado. Enseñar en ese momento era poder, control y algo de conflicto. Yo ya no quería dar ‘reglazos’ a quien hacía las cosas mal y las niñas a las que quería enseñar habían desaparecido en mi mente adolescente.

La docencia, tal y como la caracterizó un historiador costeño, no fue el camino para volver a enseñar; yo no quise nunca ejercerla como un rol profesional. Salvo en mis fantasías infantiles, nunca más me vi con una tiza frente a un tablero, hablando frente a otros sobre saberes repetidos en el tiempo.

Quise sí, ser periodista, ejercer periodismo, pensar el periodismo, aportar con el periodismo. Y sin querer, cuando me tracé ese camino, regresó mi sueño infantil.

Descubrí que mi profesión, mi tarea, mi trabajo tenía todo que ver con ser educadora. Que ese espacio social que había elegido como mi mundo coincidía con mi inquietud infantil que siempre rodeó mi fantasía: que lo que hiciera con mi vida tenía que “servir para algo”. Eso dejaba por fuera cualquier actividad “inútil”, palabra que ya en ese momento, y sin ser consciente, sabía que implicaba cualquiera otra que solo buscara el provecho privado. Lo mío, sin reconocerlo aún, era la público en su sentido más básico: lo que es para todos, accesible a todos, abierto para que cualquiera se beneficie. Había una vocación que muy ladinamente se abría paso dentro de mí y me iba llevando a ser “profe”.

Y así llegó esta coincidencia feliz. Ser periodista y tratar de enseñar a serlo, convertir mi experiencia en saber que pueda transmitir; crear conciencia para vivir en comunidad, para compartir y entender, para saber ser ciudadano.

Aún así, me di cuenta que ser “profe” no era solo hablar de la experiencia vivida, sistematizar el conocimiento que me dejó el errar y acertar durante años o el pensar mi profesión. El ser “profe” me volvió a colocar también en el lugar de aprendiz aplicada, de contraparte de los que se sientan frente a mi y espera que les hable, para interpelar, preguntar, rebatir, dudar. Enseñar, estoy aprendiendo, es también repensar lo pensado como lo escribió Paulo Freire.

En cada semestre aprendo cómo ofrecer lo que puedo ofrecer. Enseñar me exige escuchar, dudar de mi propia experiencia, replantear mis certezas, confirmarme en otras.

Enseñar, como sigo aprendiendo, es un intercambio alejado de la autoritaria imagen de mi sueño infantil y me ha recuperado como alumna entusiasta dispuesta a absorber la vitalidad de lo nuevo.

El fantasma en ella

Su sonrisa se congeló cuando abrió la puerta y lo vio salir de la cocina en posición de acecho y sonriendo. Un frío casi helado invadió su cabeza mientras lo veía acercarse y sus ojos delataban la locura que había vuelto a apoderarse de él; una locura que brotaba cada vez que agotaba hasta la última gota de alcohol que podía encontrar. Pero el parecía alegre, feliz de verla; y mientras ella arrastraba, ya sin entusiasmo, su primer árbol de navidad hacia la sala, una sonrisa intentaba ocultar el miedo en la piel.

Sus palabras, anunciándole que había hecho un gran almuerzo para recibirla, no la calmaron.  Trató, en todo caso, de moverse con normalidad y dejar el pino, que había elegido en el gran bosque en donde los cultivan especialmente para esa época, en el rincón que había destinado para las grandes sorpresas de fin de año. El la siguió con pasos sinuosos y palabras juguetonas. Ella caminaba simulando que estaba ocupándose de cosas que no podía dilatar, mientras intentaba tranquilizar su respiración y pensar al mismo tiempo. Sabía lo que vendría.

En todo caso la sorprendió su grito: ¡Un pino real para navidad!, ¡como los gringos!, penetración cultural, ¡inadmisible!.

Así comenzó todo de nuevo: Esa inconexa discusión con un enemigo que nadie más que él conocía y que veía en ella cuando lo desdoblaba el licor. Y entonces llegó la lucha, que fue física; esa necesidad de doblegar al enemigo que con cada minuto transcurrido lo ofendía más y le imprimía fuerzas adicionales a su ánimo combativo.

Detestaba a ese fantasma que ahora tomaba forma y podía tocar. Y en ese momento de turbia conciencia pretendió eliminarlo, atraparlo contra la cama, asfixiar su palabra indeseada y apretarle el cuello hasta que dejara de acusarlo con su mirada. Pero un resbalón de último momento hizo que ese diablo volara libre. ¡Maldito!

De nuevo la ardua tarea de atraparlo. Lo logró en el sofá, pero esta vez se aseguraría de controlarlo bien. Dobló su brazo y con su rodilla lo mantuvo inmóvil. Con la mueca del desprecio celebró que su enemigo aceptara su derrota y que algo parecido a la humillación rodara por ese rostro ajeno pero conocido. Ya no se movía.

Pero el momento sublime cedió a una ordinaria necesidad fisiológica. Fue al baño y prometió volver.

¿Volvió? Quizás. Ni ella ni el fantasma que la habitaba se quedaron para saberlo. Solo les llegó la versión que los buscó desesperado por las callejones vecinos y los pasillos del edificio, hasta que agotado cayó en medio del remolino de su conciencia embotada.

Su marido regresó al otro día y nunca recordó nada.

 

Cuestión de pelos

Algo debe suceder en una sociedad en la que se pone de moda un corte de pelo militar para los hombres. Me refiero a ese horrible estilo a ras del cuero cabelludo en casi todo el cráneo menos en la coronilla, en donde el pelo crece como carpeta de crochet o pasto recién podado según la cabellera del cliente, que además lo mantiene erguido a punta de gel.

Algunos lo sofistican y alargan ese tejido enredado o ese rígida hierba hasta la nuca y convierten su cabeza en un híbrido despliegue militar y punkero a la vez. Entonces ya no solo es desagradable a la vista sino además carente de personalidad y definición. Ante tamaño despropósito visual cotidiano, mis prejuicios no aceptan el corsé con el que los mantengo a raya y se filtran por cada rendija de mi mente que en el fondo está cargada de fobias.

No imagino buen gusto ni ningún comentario inteligente de alguien que lleve ese corte; quien lo luce debe ser de los que escriben “¿k ase?” en lugar del correcto “¿Qué haces?” para saludar en una conversación virtual; debe morir por tener el magnetismo de Romeo Santos y conquistar chicas con canciones de Ricardo Arjona. Si miro con detalle su indumentaria, mínimo hay una marquilla lo suficientemente visible para que antes de acercarnos a un metro sepamos que compró prendas de marca en El Hueco, ese carísimo polo del comercio ramplón que vive de la fama de ser epicentro del ‘gangazo’. Probablemente pase sus horas y días, en realidad su vida, enchufado a través de unos auriculares a un celular inteligente – ese sí y sin ironías – mientras el mundo cae a su alrededor.

¿Cómo hemos llegado a esta tendencia fatal? ¿Cuándo se jodió el mundo? Pienso parodiando esa pregunta, ya lugar común de los descreídos. ¿Qué nos llevó a esa decadente tendencia a reflejar una personalidad fofa en superfluas demostraciones de mal gusto, que además se reproduce en cada esquina de esta ciudad sin distingo de edad?

Sin embargo algo de ecuanimidad rescato de mi cordura; respiro profundo, reconozco mi prejuicio y trato de pensar bien. Hago alarde de correcta voluntad, indago y escucho. La pluralidad ante todo. Medito y decido que el mote de ‘zurda’ que me he ganado se debe llenar de contenido y le de a la causa un margen de crédito y alinee mi conciencia y mi observación.

Un espécimen orgulloso de su mollera con una meticulosa y discreta carpeta de crochet coronando la testa me dijo, entre otras cosas, que usa un gel muy popular para domar esa cabellera hirsuta: el Moco de Gorila… Callo, respiro, lo miro sin decir nada y solo pienso que ésta es, de antemano, una causa perdida.

Trato de entender, así que reflexiono que no podía ser de otra manera. El uso de algo que se llame Moco de Gorila, de textura viscosa y que se pegotea al tacto es absolutamente coherente con el ser que elige un corte de pelo medio ‘milico’, medio ‘punketo’. La chabacanería de un rebelde autoritario; el moco de esta humanidad; el deshilache de una moda.

Y bueno, sigo sin entender esta sociedad que necesita domar algo más que unos pocos pelos. Aunque ahora tengo la certeza de que algo pasa en ella y no soy yo, mosca en leche en todo caso. O ¿cómo se explica, si no, que muchos decidan comprar Moco de Gorila para mantener el control?

Los niños

Los niños. Los que nunca he tenido, los que mueren en la guerra, los que huyen del maltrato, los que lloran por el miedo, los que agonizan de sed, los que no me esperan ni me llaman.

Ninguno es mío.

Son la esperanza de una humanidad que depende de ellos y sin embargo no los asisto, no los veo, no los lloro, no los extraño, no son los míos.

Los niños. Los que nunca he tenido.

 

Poesía

Leer poesía en solitario, sin referencias, sin deudos, paulatinamente, sin afán y sin orden. Su fascinante sorpresa se reparte en el tiempo.
La belleza llega por goteo,
invade con lentitud el alma
y es mía, solo mía.