Esta ciudad no me contiene
No es su culpa
No es la mía
Su espíritu no me cubre
El mío vuela loco.

 

Mi realidad

Esta piel que no revela la edad y el deseo
Estos dolientes surcos
La vida que sucede
Las ganas inconscientes
La locura de extrañar lo que no ha sido
El amor acumulado
Apeñuscado
La risa que evade la sonrisa
El desencanto escondido
Los caminos ciegos
El honor olvidado
La caída sin gloria
Un goteo de esperanza
Esta sinrazón de intentar vivir
La luz imaginada
La tristeza que no cuaja
La soledad deseada
Encontrada
El universo de nadie
El motivo de pocos
El centro de todo

Desapego

No siento apego a costumbre alguna.

Mis amores han sido, no siempre pacientemente, construidos; no adquiridos ni heredados.

Mi lugar no es en el que nací, tampoco en el que me vi obligada a crecer. Mi lugar fue ganando espacio a medida que mis pasos lo recorrían y mis rodillas sufrían sus asperezas.

Mis afectos fueron decantándose de las deslumbrantes promesas amorosas que se apagaron en el camino.

Mi mundo es tan pequeño como los restos brillantes de una vida horadada por la entelequia de las tradiciones.

No necesito nada más, no quiero menos que eso.

Mi viejis

PascualOKHoy adelantaste una cuota vital de esa pérdida tremenda que presentí cuando me dijeron que no despertabas. Hoy partiste.

Vislumbré el fin de algo esencial al verte dormir eternamente. Tan tranquilo, tan en paz que en un primer instante solo sonreí al pensar en tu hermosa vida, en tus ganas de disfrutar hasta el final. Rememoré el último paseo, las ganas aún de correr y olfatear cada arbusto, de explorar cada charco de esas lluvias que te eran indiferente frente a la posibilidad de caminar por milésima  vez las calles que recorriste durante casi 15 años.

Pero ahora caigo poco a poco en ese letargo triste de lo irremediable. Porque ahora te recuerdo como ese compañero sin fisuras que acompañó a mi padre todos estos años, aun cuando en los últimos tiempos él ya no te reconocía. Tanto tiempo compartido, que experimentaron al mismo tiempo los cambios propios de la edad, sufrieron las mismas dolencias y así transitaban juntos hacia el final de todo.

Te adelantaste y de pronto me muestras un camino del cual no puedo desviarme; llega entonces la angustia de lo irremontable, de un futuro sin escape: la vida sin mi padre.

Sí, hoy hiciste que mi corazón doliera por este ciclo que termina. Con tu partida comienzo a enfrentarme al fin de una etapa.

Ay mi Pascual, ay mi viejis.

La página en blanco

No hay miedo ante la página en blanco; es un río de posibilidades que parece fluir tranquilo pero tiembla enfebrecido en sus honduras.

En ella se perciben mil rutas; se presienten dolores, amores, rencores, curiosidades, presencias, fantasmas. Alguna se construye, otras se posponen, aunque siempre habrá una  página virgen para ellas.

Esa es la emoción, la infinita limpieza de miles, la certeza de su existencia.

Y entonces, la libertad. Esa desprendida oportunidad de equivocarnos al romperla, llorarla, acariciarla, odiarla, avergonzarla, quererla… abandonarla.

Debe ser difícil ser mujer en Medellín

Hace un par de días tomé un taxi hacia mi casa y por una manifestación tuvimos que desviarnos por una vía alternativa. Pasamos por una calle del centro de la ciudad con mucho comercio de insumos eléctricos, bares, talleres de motos y moteles baratos, esos lugares de amores transitorios que nacen con aliento a alcohol y necesidad apremiante.

– Todavía me acuerdo cuando en esta calle solo habían bares y mujeres malas…- me dijo el conductor entre risas y miradas que buscaban complicidad a través del espejo retrovisor – a usted no le tocó.

Sonreí tratando de no parecer antipática y miré hacia afuera. Observé varias de esas mujeres que pasean su curvas mal ataviadas, sus cabellos cansados de tintura y rostros guerreros. Me pregunté por qué esas mujeres eran las malas. ¿Malas porque utilizan su cuerpo para sortear la necesidad? ¿Malas porque atraen al buenazo del hombre y lo incitan al pecado? ¿Es malo ser mujer y pobre en esta ciudad donde todo se consume, incluido el amor? ¿Y cuáles son las mujeres buenas? ¿Las afortunadas que se casan y solo tienen sexo en su matrimonio? ¿Las que disimulan y lo tienen además en hoteles y moteles costosos? ¿Las que no cobran pero hipotecan su vida por una piscina en Miami?

Un par de días antes, en una de esas charlas de peluquería, escuchaba una conversación cruzada entre lo terrible que podía ser tener un hijo gay y las anécdotas de la hija de una de las clientas que apenas iba a cumplir tres años y ya había tenido sus primeras incursiones en un “salón de belleza”, para “cultivar” su esencia femenina porque ¡ay! no le fuera a salir lesbiana.

– ¿vos que harías si te saliera un hijo así?

– Pues no se, claro que lo apoyaría. Gracias a Dios ahora eso ya es más normal.

– Si, pero en todo caso yo cada tanto la traigo y le hacen la manicure y la peinan. Quiero fomentarle esas cosas desde chiquita.

– Está muy bien, porque eso va en la educación.

Debe ser difícil ser mujer en Medellín, me repito.

 

 

 

 

Esta larga despedida de caminos inacabados

Este dejarnos tan fragmentado

Ese pasado que sigue siendo la piedra que pisamos

Ese futuro que será un adiós gastado.