Otra navidad lejos

personales-299.jpgNo hay nada que me llene más de sabores agridulces que la navidad. Comienza a acercarse el 7 de diciembre y comienzo a sentir todas las sensaciones que he disfrazado durante el año entre ocupaciones cotidianas y preocupaciones naturales que trae el transcurso natural de la vida. Una vida que lleva nueve años lejos de los lugares de infancia, de la casa paterna y de las locuras de temprana juventud.

Es extraño, mi diciembre jamás fue época de grandes celebraciones, ni grandes cenas, ni grandes eventos. Tampoco de regalos llamativos. Incluso podría afirmar que la ansiedad de la sorpresa acabó muy al principio de mi infancia. Solo tengo el recuerdo de algunas navidades cuando recién cruzaba la mitad de mi primera década de vida; todavía creía en el niño Dios. Porque era el niño Dios quien, yo imaginaba, volaba con su pañalito blanco hasta mi ventana para poner los regalos debajo de mi cama. Porque tampoco los regalos llegaban al árbol de navidad.

Tenía claro que papá Noel y el árbol eran adornos, la verdadera navidad pasaba por el pesebre, las nueve noches previas al 25 de diciembre, donde los villancicos y la comida reunía al vecindario o a la familia para rezar y recrear el periplo de la virgen y San José hasta Belén.

Armar el pesebre, pensar el escenario, buscar los animales, ponerle lago o no, ¿había lago en Belén?, pero bueno, es una versión nuestra, ¡Ponemos lago!

¡Las luces! ¿Cómo colgamos la estrella que guiaba a los reyes magos?, las peripecias, los hilos ¡que no se noten!

¿Quién lee la novena hoy? Está bien, mi primo, mañana me toca a mí, pero seguro…

¡No!!, el niño Dios no se pone sino hasta el 24 a las 12 de la noche. Hay que esconderlo.

¿Y los reyes magos? Lejos al principio, en el borde de todo. Ellos apenas llegan al pesebre el 6 de enero.

¡Que programa!!! Y después a cantar, jugar, comer y esperar los regalos.

Ahhhh, pero antes que todo. ¡Las velitas! Eso sí que era un programazo. El 7 de diciembre en la noche, música en la calle, natilla y buñuelos y la gente en los andenes. Muchas velitas de colores en los bordes, farolitos en los árboles, en la víspera de la inmaculada concepción. El barrio entero iluminado, las calles franqueadas por infinitas líneas de luz y algunas creativas formas de algún inspirado. ¡Eso sí que era fiesta! Y era solo el comienzo.

Lo extraño, aunque incluso en mi Medellín del alma ya lo había dejado de disfrutar cuando comencé a conocer mundos más intelectuales y a cuestionar el mundo que me había formado.

Época agridulce, dulces recuerdos, agrias carencias sin familia y sin la sazón de la fiesta propia alrededor.

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