La feliz Sheila

mujer-perro-y-luna.jpgCon una pizca de galgo y un poco de los demás, Sheila es una feliz perra -perra como dicen en este país. Flaca, rápida y con dientes filosos y largos, de talle mediano y color amarillo claro, con hocico y ojos negros.

La “mamá” de Sheila… ahhh, porque aquí no hay dueños, son todos padres de nenes caninos.

Ella, Marcela, es extraña. Llega al parque todas las mañanas con maquillaje trasnochado, sombras oscuras bajo sus ojos y líneas negras en los pliegues de los párpados. Un retoque que varias horas antes perdió el objetivo de embellecer, y en cambio deja en el rostro la marca del abandono.

Pero no solo es ese intento de disfrazar la realidad lo que refleja el despojo en su vida.

Siempre trae consigo una bolsa plástica y en ella, una botella de agua para Sheila y un pequeño cuenco para darle de beber a la arisca perrita. Parece que se pone lo primero que encuentra, un pantalón deportivo roto y casi siempre sucio, una camiseta grande que le llega a medio muslo, el cabello suelto y extrañamente limpio y brilloso acompañan sus uñas plateadas mal pintadas.

Morena y pequeña, su rostro podría ser bastante atractivo, pero los restos de belleza artificial le han quitado hace ya mucho tiempo su original gracia. La rodea un aire decadente de hipotéticos recorridos nocturnos.

Es tímida y nunca se relaciona con otras personas que también llevan sus perros al parque. Se sienta en un muro, y mira a la distancia el grupo bullicioso de mascotas y personas que cada sábado y cada domingo en las mañanas, se reúnen en un costado del Centenario. Sigue con la mirada a Sheila que, inquieta, a veces la obliga a socializar con alguno que otro dueño de perro.

La soledad parece su opción pero paradójicamente también es su victimaria. No acepta la compañía y le incomoda tenerla, pero su rostro alterado, aunque no pide nada, transluce necesidad.

Nadie puede parecer tan solo y no estarlo.

Sheila corretea a su alrededor ajena a las tribulaciones de su dueña y enfatiza con su alegría, la desolada presencia que medianamente sonríe y muestra un poco de brillo en sus ojos cuando la perra llega a exigir su cuota de cariño.

Inmediatamente vuelve a correr y ladra cuando otro canino con la lengua colgando de su boca pasa raudo a su lado. La triste Marcela la ve alejarse y sus ojos vuelven a opacarse y a perderse en la nada.

Ahhh la feliz Sheila…

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