El pacífico Roco

goldenSiempre llega meneando su espesa barba de golden retriever, 100 metros antes que arribe su dueño, un joven de 33 años con una indescifrable aura que alimenta con su timidez.

Delgado, moreno, atractivo y reservado. Ese es Diego en el parque. Llega, se sienta, escucha, le hace mimos a los perros, cada tanto le pega un grito a Roco para que no moleste a Lola. Sigue escuchando y sonríe.

Así que cuesta pensar en que justo él fue el protagonista sin querer de un escándalo a grito herido en medio de todos. Estaba en medio de un grupo de aproximadamente diez personas, con sus respectivos perros, participando de alguna de las tantas conversaciones cruzadas con ladridos de fondo.

De pronto, María sin Daira, su perra. Eso ya era sospechoso. Allí vamos por los perros. Sin los perros, nosotros los perrunos, no tenemos justificación en la plaza.
No traía muy buena cara y no saludó a nadie.

De repente…

Vos hijo de puta !!!… te iba a llamar aparte, pero no…

y Pumm!!! Tremendo derechazo que silbó en la cara de Fernando… el dueño de Scott, otro golden.

Azorados los demás vimos como la cara de Diego bailó hacia un lado del golpe que después transformó su semblante de asombrado a furioso.

¿¿¡¡Qué hacés nena!!?? – gritó Diego.

Hizo el típico gesto de los argentinos con la mano, ese que junta los dedos de la mano hacia arriba y agita rápidamente hacia delante y atrás, como reclamando sin palabras.

María es una mujer grande. Grande de tamaño. De edad no llega a los 25 años. Grande y de poderosos brazos morenos, herencia, supongo, de ese mestizaje toba – español u otra mezcla con algún otro antecedente europeo o medio oriental que abunda en este país y del cual, la región del Gran Chaco no debe ser excepción. En estas tierras australes no hay generalidad en esto del origen…

Y otra vez…

– Vos, hijo de puta !!… fuiste y le dijiste a Marcela… me hiciste pelear con ella y con la madre… sos un pelotudo y un cajetudo…. Andate a la concha de tu madre… !!!!

Y así siguió, gritándole en la cara cuanta palabreja se le ocurrió y mandándole cachetazos que Diego, ya espabilado, interceptaba en el camino a su cara, sin dejar de mirarla como a una aparición aberrante.

Si el no lo podía creer, los demás menos. Pero se portó como un caballero, ni siquiera una mala palabra le dijo, que aquí es un comportamiento exótico. En la ciudad de los madrazos, conchazos y lorazos a toda la potencia, una actitud contenida y palabras en tono moderado aunque ofuscadas, con algún sentido y sin ofensas – de esas que ya no ofenden de tan manidas -, son definitivamente una rareza.

Y así siguió el numerito, gritos, insultos en medio del tropel de ladridos. Porque la violencia agita a los canes. Y Diego que no quería meterse en una discusión pero que no podía no tratar de defenderse.

Roco, Scott, Marino y Fiona se cansaron de ladrarle, Fernando, Vicente y Roxana se cansaron del asombro y finalmente María se cansó de gritar. Se fue. Y Diego, el más cansado de todos. Cansado, con la vena inflamada en el cuello y la cabeza caliente.

Después…
– Y que pasó? – Me presentó una amiga y ella habló mal – Y ella me dijo … – Y yo solté la lengua … Y ahora, parece que se pelearon …
El típico lleva y trae. Chismes de adolescentes. Peleas de verdulería.

En esta sociedad de pudores inexistentes en esto de tratar mal al otro, de juzgar ligeramente en velocidad y profundidad, el dueño de Roco se comportó como un bicho raro.
Pero ¡Que aire fresco es encontrar este tipo de bichos raros!. Esos que mantienen la cabeza fría en su propia calentura, que no responden con la misma moneda, que no suman al conflicto, que suman a la paz, a la suya propia y a la de los demás. Que mide consecuencias y elije la vía más constructiva, porque la intolerancia es la vía hacia la violencia. Y la cotidianeidad nos da permanentes oportunidades de exorcizarla.

Y entonces Roco regresó de su intenso y constante cortejo a Lola. Se acercó y con su batiente chivera, con su feliz inconciencia canina y amorosos lenguetazos le recordó que ya era hora de ir a cenar. Diego se levantó y con su aire tímido, un poco apaleado, emprendió la retirada.

Ahí les quedo, debió pensar.
Efectivamente, el encontrón pasó y nos dio material para hablar hasta más tarde de lo normal, de armar la película con fantasías sobre lo que habría pasado, de reírnos y criticar a “la chaqueña” y compadecer y solidarizarnos con el tranquilo y medido dueño de Roco.

Y entonces, la burbuja se desinfló.

 

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