Mi viaje inolvidable

Puerto ValdiviaHoy, inspirada por una consigna radial, me puse a pensar en los viajes que para esta época todos queremos hacer y algunos efectivamente realizan. En algún momento seguro iré a Madrid y volveré a México y quizás tenga suerte y pueda conocer Estambul.
He recorrido el continente americano de punta a punta y extrañamente no he cruzado el charco – Ya llegará el momento -.

He sido una viajera perenne desde que tengo memoria y aún desde antes. Nací en México D.F. por accidente, viajé a Colombia cuando tenía tres meses. Y dentro de ese país que me adoptó como propia, recorrí con mis papás cinco o seis ciudades. Al final era colombiana hasta el último pelo pero sin ninguna patria chica en particular. Adobado, eso sí, con un orgullito infantil de ser diferente porque había nacido fuera. Cuando terminé la universidad seguí mi periplo y comencé un largo camino que todavía continúa. Partí de Medellín y estuve en Bogotá 6 años. De Bogotá me fui a México D.F., una coincidencia. Y después de cinco años llegué a Buenos Aires, en donde estoy desde hace cuatro. Entre tanto y tanto, hice otros viajecitos cortos para conocer, caminar y seguirme abriendo la cabeza.

Y entonces recordé un paseo que hice hace algunos años. En realidad recuerdo el comienzo de un viaje, que en sí mismo no me trae ninguna remembranza especial. La consabida visita anual a la abuela y los tíos para navidad. Rutinario, no muy divertido.

Fue ese que hice por enésima vez con mi papá, desde Medellín hasta Montería, esa pequeña ciudad calurosa como el infierno que todos imaginamos, en el Caribe colombiano, por tierra, la navidad de 2001.
Ese domingo nos levantamos muy temprano y salimos a las siete o seis de la mañana – ya no recuerdo – para que el calor del medio día ya nos cogiera casi llegando. Iban a ser ocho horas de un recorrido con frías alturas, lluvias, niebla, precipicios y algunos deslizamientos de tierra a 3500 metros de altura, y luego valles ribereños y llanuras a nivel del mar y rectas eternas de asfalto ardiente y tembloroso.

La tensión y el miedo que desde la noche anterior me había invadido por ese recorrido, en esa carretera plagada de fantasmas con ojos invisibles pero alertas por si el enemigo aparecía, la guerrilla, los paras o el ejército, según uno u otro lado, dio paso en esa mañana soleada, al redescubrimiento de ese frondoso y exuberante camino, de mil verdes distintos. Palmeras, mangos, plátanos, quesos campesinos, chanchitos, perros al borde de la carretera, frecuentísimas caídas de aguas cristalinas que no se sabe de dónde saltan en las altas rocas, de ese olor mezclado y familiar de tierra, frutas y humedad.

carreteraY luego ese calor sofocante al lado del río que nos guiaba hacia la costa, el olor a pescado fresco, la piel pegajosa y sudorosa que hacía que quisiéramos bañarnos en esos frescos chorros de agua que caían de la montaña, con ropa y todo. Y todo verde, verde, verde opulento y exagerado, nada de pequeños matorrales, solo grandes árboles, muchas y muy anchas hojas, espesos pastizales y tierra negra.
Y luego las interminables llanuras, las vacas, las iguanas que atraviesan la carretera corriendo y esa banda asfáltica que adormece, tan infinita como peligrosa. A su orilla, pequeños pueblos con su permanente algarabía y vallenatos a todo lo que dan los parlantes. Aldeas de pescadores de río, atarrayas y sombreros voltiaos’.
Ese fue mi viaje inolvidable, un regreso al trópico profundo. Mi trópico profundo que veía todos los años y apenas conocía.

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