Pasión por el teatro – I –

El CuidadorEn una de mis primeras experiencias periodísticas en este país, tuve la suerte de toparme de manera bastante casual con un personaje de conversación fácil y de reflexiva pasión por su arte. La entrevista con Lorenzo Quinteros se fue como por “entre un tubo” – como decimos en Colombia- y mi fascinación por preguntar comenzó con este aperitivo sabroso que me ofreció de ese plato fuerte que es la vigorosa movida teatral en Buenos Aires. Esta es un primera parte de la hora larga que duró esa charla.lorenzo-quinteros1.JPG

Las amplias calles empredradas de uno de los barrios más tradicionales de Buenos Aires, nos guían hacia el Teatro Estudio El Doble. En Villa Crespo, las viejas casonas, al estilo de sus vecinas y más famosas de Palermo, se mezclan con largiruchos y antiestéticos edificios funcionales que albergan a una clase media empobrecida, esa que protagonizó la última y trágica crisis que la dejó seca en el 2001, aquella del famoso corralito.

Barrio de tradición tanguera, de los barriales de antaño nacidos alrededor de fábricas, en este caso de zapatos, de conventillos donde se hacinaban inmigrantes de diversas patrias chicas, gallegos, como le dicen en esta ciudad los hijos de cualquier vecino de origen español, tanos, como se refieren a los italianos, y rusos, como llaman a los judíos. Un crisol de razas, como orgullosamente llaman algunos de sus más antiguos habitantes este vecindario cruzado por la célebre Avenida Corrientes, aunque en este punto de la ciudad ya no es la calle que nunca duerme.

Una cuadra antes de llegar al teatro en este barrio que eligió el actor Lorenzo Quinteros para reciclar su pasión hace 8 años, el lugar atrapa la mirada por el color intenso de la sangre en sus paredes. Un espacio de líneas modernas pero típicamente de teatro no comercial, de entrada oscura, espacios simples, muebles funcionales. Austero, con una pequeña cafetería en donde también se venden las entradas y un estrecho pasillo que conduce al escenario. Allí precisamente y en medio de inmensas cortinas negras se lleva a cabo el cara a cara con este personaje que en teoría debería amedrentar un poco por su impresionante trayectoria no solo en teatro sino también en el cine. Sin embargo, en la práctica disuelve cualquier atisbo de tensión desde un primer instante con el sencillo saludo, una sonrisa tranquila y un apretón de manos. Un alivio para alguien neófito no solo en esto de las artes teatrales sino y especialmente, en las argentinas.

Creo interpretar en su carrera que su pasión y su corazón están más en el teatro, pero ¿Que le atrae de hacer cine?
El cine me gusta mucho porque exige al actor un tipo de trabajo diferente al del teatro, aspectos específicos del cine y de la técnica de la actuación, de la composición y también de la relación que un establece con el todo. En el teatro el actor es el eje, el teatro puede hacerse solo con actores, no hace falta ningún tipo de tecnología; en cambio en el cine es al revés, el cine es tecnología. Además el actor, si bien es importante, – es más importante de lo que se dice – se ubica no en la forma hegemónica del teatro. Me atrae mucho el cine por cosas que no tiene el teatro y que están desarrolladas con otro valor, por ejemplo, el tema de la ambientación, el hecho de hacer la película en un orden distinto al que queda o sea la discontinuidad…

¿Es eso es una ventaja…?
Es algo distinto y a mí me interesa porque es algo diferente, porque te lleva hacia otras zonas, es como si el actor en el cine fuera un detective, averiguando qué es esa película a través de los pequeños trozos. En cambio en el teatro uno se zambulle y nada en esa totalidad todo el tiempo. Esa es la diferencia, el cine es toma por toma, momento por momento, plano por plano y no siempre ese plano tiene una continuidad. El cine es mentiroso en ese sentido, tiene un procedimiento mentiroso.

Y se potencia aún más con los efectos especiales…
Claro. Pero además el resultado de una toma, lo que llega finalmente al ojo del espectador, es producto de múltiples intervenciones, no solamente la del actor. En ese sentido, esas otras intervenciones modifican mucho más a la actuación que lo que se puede hacer en el teatro. Hay experiencias en el cine donde una toma ha sido usada en dos momentos diferentes de la película y ha significado cosas diferentes; la toma es la misma y el actor en realidad no actuó dos veces.

¿Podría pensarse en la interpretación de una persona ajena, entonces?…
Si, también es el encuadre, el sonido que se le pone atrás, el momento que ocupa en la secuencia, en el relato. Hay muchos elementos que hacen que el actor no sea fundamental, aunque sí creo que es importante, más de lo que a veces se cree en el ambiente del cine y erróneamente creen muchos de sus artífices, incluso muchos directores; que el actor esta allí para ser fotografiado.

Creo que no es así, el actor compone en el cine, solo que de una manera distinta que en el teatro. Allí es una composición más interna, del pensamiento que modifica la conducta. En el cine, el actor es un sujeto elegido por la mirada de ese ojo único y lo convierte casi en un símbolo de una época, de un momento. Por eso hay actores que significan una época, Humprhey Bogart, Jean Moureau o Dick Bogart y tantos de ellos que fueron signos de un momento de la cinematografía, por lo tanto del arte universal. Cosa que pasa mucho más en el cine que en el teatro. El cine transmite más a la subjetividad colectiva, por eso es que una película tiene más éxito que otra.

¿No le interesa dirigir cine?
Si, pero es muy complicado, me agota antes de hacerlo. Es complicado porque está muy relacionado con la producción, con la tecnología. La satisfacción de dirigir la logro en el teatro, que me resulta tan bueno y tan interesante como en el cine. Solo que con el cine te haces más famoso porque se exporta, tiene más posibilidad de salir.

Y en teatro, ¿Prefiere actuar o dirigir?
Prefiero las dos cosas. En el teatro me siento bien en cualquiera de los dos roles. Si leo una obra de teatro y siento que la tengo que dirigir, la tengo que dirigir. Y a veces siento que tengo que hacer un personaje y no dirigirlo. Eso depende de cómo me conecte con la obra.

¿Cómo se relaciona con ese otro medio, la televisión?…
No soy un actor típico de la televisión, no vivo de ella. Lo último que hice fue de locutor en un programa periodístico que se llama Historia de Crímenes. Era un programa pactado a tres meses. Después se grabo un nuevo capítulo que se emitió un domingo, creo que la nueva tónica va a ser esa, seguir haciendo el programa pero no con un horario semanal fijo, sino como un especial.

¿Le gusta el mundo de la televisión?
Depende, a veces la televisión me aburre mucho, cuando hago algún programa que no me gusta lo suspendo. En el teatro generalmente no me pasa, me pasa en la televisión. Pero hay programas que me ha gustado hacerlos, algún programa de ficción que he hecho en el pasado interesante.

Sin embargo, la televisión también le agrega al oficio del actor algo más, básicamente la velocidad, la espontaneidad casi al punto de la improvisación, que es muy interesante.

Este último programa me interesó hacerlo porque me colocó en un lugar inédito para mí. Por una parte, ser locutor que nunca lo fui, y por otra porque me interesa el mundo de la criminalidad.

¿Tiene alguna temática que busque especialmente en las obras que elige?
No las elijo por el tema, las elijo porque son penetradoras en la problemática que plantean. En general no elijo obras livianas, superficiales, prefiero que tengan mucha profundidad en el planteo no importa el tema que traten. También me interesan mucho las obras que le apuestan al lenguaje, el desarrollo del lenguaje, no solo escrito, sino también oral. Que el personaje sea complejo, que no sea plano. Busco que tenga esos dos elementos, lo relacionado con el lenguaje y contenidos profundos.

Ahora estoy dirigiendo una obra de Harold Pinter – El Cuidador-, una obra fantástica porque tiene estos dos elementos. Una indagación muy precisa sobre el tema y una vigencia tremenda, a pesar de ser de los 60s.

Leí que la había montado a propósito de la situación social de indigencia que veía permanentemente en la calle. ¿Siempre busca una conexión con la actualidad?
No es que la busque. Yo creo que el teatro no tiene más remedio que el aquí y el ahora, aunque sea clásico. Aunque uno haga una obra que transcurra en la edad media, la vibración, la respiración de la obra, el aire que circula es aquí y ahora. Es imposible que uno pretenda no estar en el momento, en la contemporaneidad que reúne al actor y al espectador. Estos son siempre contemporáneos.

Me interesó siempre el lenguaje de Pinter, es un gran autor que ha innovado mucho en el teatro, son innovaciones que tienen mucha vigencia hoy en día, hay toda una dramaturgia actual que tiene en Pinter uno de sus padres.

¿Cree entonces que el artista y el arte mismo, y no solo el actor, tiene un rol dentro de la sociedad?… ¿reflejar, educar, mostrar, entretener?
Quizás todo eso al mismo tiempo. La palabra que yo usaría es revelar, el arte tiene que ser revelador. Revelar lo que esté oculto, lo que no se dice pero que está latente. Lo que tiene existencia pero está escondido, el arte lo coloca en una situación que todos lo puedan reconocer. Al arte yo lo usaría como lo usaron los griegos, uno se reconoce en un crimen, en un hecho trágico, en el amor o en el humor, porque lo manifiesta, porque lo puede poner a prueba, lo puede reconocer. Sin embargo no creo que el arte se preocupe de lo real como un espejo, el arte no es espejo, es algo que sacude la realidad, la indaga, le pregunta cosas o le pelea.

¿Cómo espera que salga el público después de ver una obra suya?
Que salga con algo que no tenía antes. Que tenga un conocimiento o una sensación cualquiera. El arte todo lo provoca a través de la percepción, no provee un conocimiento racionalista. El arte es percepción y si una obra te cambia la percepción esta funcionando correctamente y si no te la cambia, es porque no es arte. Si te modifica la percepción algo esta pasando.

Sigue en Pasión por el teatro – II –

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