Imágenes de mariquitas y lápidas

Cementerio góticoEn estos días libres regresé a mis libros sobre fotografía, aquellos que me impresionaron por distintos motivos como La Cámara Lúcida de Roland Barthes, o Niñas de Lewis Carroll. O ese maravilloso ensayo Ante el dolor de los demás de Susan Sontag y la clarísima visión de Gisèle Freund en La fotografía como documento social. Y por supuesto, los fotógrafos, Robert Capa, Cartier-Bresson, Man Ray, el mismo Carroll y sus niñas, Kertész, Walker Evans. Ahh, Mapplethorpe maravilloso, Avedon tan famoso y diez mil más.

Este arte que esquilmaba mis ahorros fue una parte importante de mis re- inicios más recientes. Y tanteando mi posible nuevo futuro alguna vez rocé la ilusión de exponer mis fotografías. En realidad fueron dos pequeñas composiciones de lápidas (esa debió ser la señal de que no tenía futuro en esto), en una muestra colectiva de principiantes en un Centro Cultural.

Como dice ese lugar común y la canción viejísima de Chico Novarro, fue debut y despedida. Y no fue precisamente el debut soñado. Tantas expectativas y promesas de brillantes después incluidas en una sola noche…

De mariquitas o vaquitas de San Antonio lamariquita.gif

Cuando ingresé al Centro estaba tan cansada que parecía que ya había pasado todo. Nada había sucedido aún.

Todavía me esperaban el grupo de judíos que me pusieron nerviosa cuando pensé que iba a ser perseguida por profanación, sacrilegio o algo similar; Poco más y me condenarían a ser lapidada.

Todavía no había visto a Juan, y aún no me había asombrado su corbata de mariquitas y su traje formal, acaso el único para las grandes galas y las inauguraciones de aspirantes a fotógrafos como nosotros, sus alumnos.

Y mejor aún (¿o peor?) todavía no había echado un vistazo a mi potencial pretendiente, cortesía de una amiga y su marido.

Caminé rápido, arrastrando la vista por las fotografías que ya casi sabía de memoria, observando que mis fotos y las de muchos de mis colegas principiantes no tenían aún las cédulas de identificación. Y solo faltaba media hora para el gran acto!…

De pronto vi a Juan que con su pantalón gris un poco grande, su camisa azul clara y un par de mapas de humedad bajo sus brazos, traía en sus manos una cajita con los rótulos faltantes. Caminaba apurado y como siempre, me saludó con un hola inexpresivo y esa cara desabrida que no reflejaba nada… ¡nada! Todavía me sorprende haber encontrado tanta flema en la tierra del tango… y aún no me fijaba en su corbata.

Le ofrecí ayuda y la aceptó. Cinco minutos después yo estaba en el área de fotografía que, a esa hora y después de 25 minutos sudando la gota gorda en el tráfico, se me antojaba una especie de baño turco gigante.

Así, en vez de estar frente a un espejo dándome los últimos toques para mi debut público, estaba pegando afiches en pancartas, con el cabello recogido, el maquillaje desvanecido por el sudor y encerrada… sola, porque no podían dejar abierta la oficina; cuestiones de seguridad…

Finalmente comenzó todo. Cuando bajé, 15 minutos más tarde de la hora señalada, había brotado de alguna parte gente que ya tomaba cerveza de cortesía. Y así fue mi aparición en escena, a codazos entre la muchedumbre para lograr colgar uno de los afiches enmarcados minutos antes. Lejos de la soñada entrada triunfal de una debutante.

De la labor obrera me salvó mi hermano, que ya había llegado. Me desembaracé del cuadro y de mi tarea y fuimos a refrescar el gaznate… A esta altura, la elegancia se me había ido a los pies y mis ínfulas seductoras se habían enjugado con mi sudor en el ‘turco’ y, hay que reconocerlo, con la actitud del portador de la corbata amarilla patito salpicada de mariquitas.

Después de despedirme de mi hermano, que fue solo porque era importante para mí, comenzaron a llegar mis invitados, Maru, Luji, Ariel, Matías, Ada, Esteban y mis colegas, Martín y Aníbal. Todo comenzó a animarse con cerveza y empezó el torbellino en mi cabeza, ese que hace que la realidad pase como una película que está por detenerse y sin embargo llega al final, a veces demasiado rápido.

Miramos las fotos una y otra vez y no vimos nada. Dudo que Maru recuerde que otras fotos habían además de las mías, o que Luji tenga en la memoria muchas más. Eran mis amigos, no tenían otra opción más que apreciarlas expresamente.

De pronto un pequeño hombre de contextura robusta con una gran nariz se acercó a una de mis composiciones fotográficas y trató de leer la frase en hebreo que tenía. Llamó a su mujer, otra pequeña persona robusta sin nariz prominente pero con cabello corto, rojo y rizado. El hombre le mostró la frase y le señaló las lápidas donde parecía que había alguien conocido (o no) y miró alrededor. Pronto se conformó todo un cónclave y apareció otro grupo, liderado por un personaje con kipá. El tribunal de juzgamiento espero largos minutos al lado de los cuadros y, con vergüenza tengo que reconocer, no quise reclamar la patria potestad de mis inocentes fotos lapidarias y a mi etílico juicio, casi lapidadas.

En su lugar, mi cobarde curiosidad solo atinó a enviar un emisario para que preguntara con total desparpajo si las fotos eran de ellos. Nunca llegó a cumplir su misión. El enviado no comprendió mi pánico interior y en el camino torció su rumbo y encontró más animados motivos para charlar.

Así que me entregué a la cerveza gratis. Las fotos (las otras, las sociales) iban y venían, la cerveza también. De pronto, el otro gran momento. Mi amiga anunció la llegada del potencial pretendiente que tenía para mí. Me lo dijo cuando estaba de espalda a él. Así que me voltee de repente y literalmente me topé con un flaco, alto y pelado hombre de 45 años (mi mamá diría de mediana edad) con un par de mofletes alrededor de su sonriente boca. Era todo curvas… en la cabeza.

No hubo química, pero tampoco mucha conversación. Todo fue cortesía. Así continuamos un rato (¿minutos, horas?, yo seguía en mi torbellino) hasta que finalmente y para escapar, decidí retomar mi papel de ecologista e ir a ver a mis mariquitas en el sol resplandeciente de la corbata en la que las había visto la última vez. De pronto me olvidé de mis queridos amigos de los cuales tengo varias fotos pero ningún recuerdo de más de diez palabras cruzadas.

Cuando regresé al pasillo donde estaba la exposición, ya se había ido el olvidado conciliábulo alrededor de mis “polémicas” fotos. La gente se agrupaba ahora alrededor de los profesores, quienes con buen humor pretendían hacernos pasar por la vergüenza de recibir un diploma de participación, aplausos incluidos, en medio de toda la barahúnda. Por supuesto, salí rauda de ahí con el pretexto de ir a traer a mi club de fans que me vitorearían en la ceremonia.

Para cuando volví, la ‘manifestación’ se había disuelto y para mi tranquilidad el diploma me fue entregado sin estridencias pero también sin ninguna sonrisa.

Ya todo llegaba a su fin, todos se iban, las chicas de las cervezas recogían. Los que quedábamos subimos al ‘baño turco’ a continuar el ágape. Aunque no se sabía quien tenía más onda, si Pepe, otro de los profesores, con su nariz roja del resfriado que le progresaba cada minuto o las mariquitas inermes en la corbata del maestro huraño. Pese a todo, la energía alcanzó para dos botellas de vino más. Por supuesto, no faltó la escena vergonzosa de la debutante, arrodillada limpiando el vino derramado en el suelo.

Salimos del Centro en medio de la penumbra casi absoluta, siguiendo solo una luz al final del largo pasillo. Una imagen “nunca vista” que dio la estocada final a la lúgubre situación.

Así que, sin muchos preliminares, todos se dispersaron, la mayoría se despidió normalmente y Juan literalmente corrió para alejarse. Quedé con Luji, Ariel, Ada y Gabriel.

En papel de chaperona y rompiendo el cuarteto, nos fuimos a comer paella a un fonda española cercana. La noche fue divertida, no terminé condenada a la hoguera y a ninguna cama ajena.

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2 comentarios en “Imágenes de mariquitas y lápidas

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