El día que nevó en Buenos Aires

Nieve en Buenos AiresO el día que subió la temperatura en invierno.

Es 9 de julio y es feriado. Hoy los argentinos celebran 191 años de independencia. Pero para efectos prácticos quiere decir que no hay que ir a trabajar, ni aguantar los viajes en el subterráneo con su aire encerrado e irrespirable, o en colectivos asfixiantes porque nadie quiere sentir en su cara el fresco excesivo del aire. La calle, para los que se aventuren a enfrentar la ciudad, muestra su cara despojada y cansada, con los restos dispersos y sucios que quedó del brillo de la noche anterior.

Pero sobre todo es invierno. Un invierno con todas sus gélidas letras. Y hace frío como el que se debe sentir en el infierno cuando se castiga al diablo.

Fantasmas que semejan personas, caminan “enconchados” en sus camperas, sombreritos y bufandas hasta la nariz que se asoma colorada. En invierno, a los porteños parece que se les enfriara el alma, o la dejaran en casa.

Pero hoy, desde temprano, el frío no solo congeló almas. Nieve en San Luis, nieve en Córdoba capital, nieve en San Juan, nieve en Pergamino, y luego más cerca, nieve en San Isidro!! A 40 minutos tan solo, de esta ciudad donde dicen que Dios despacha.

Hasta que finalmente El o la naturaleza decidió que también por aquí después de 89 años, a los porteños se les congelaría algo más. Y entonces nevó.

Tímidas gotitas congeladas que se hacían agua mucho antes de llegar al suelo, al principio. Luego motitas más grandes y duraderas. Y ya en la noche, profusas cascadas de fino algodón blanco.

¿Un castigo?, ¿Una maravilla natural, el calentamiento global o una simple excepcionalidad de la naturaleza? El gobierno puede pensar en lo primero, un invierno tan crudo no se la hace fácil para sortear esta crisis energética que amenaza con aguar la fiesta electoral de octubre. Y los meteorólogos pueden quedarse con su fenómeno histórico, que técnicamente tiene su explicación en el aire polar que llegó desde el sur e irrumpió en los niveles medios de la atmósfera.

Pero en lo inmediato, lo que sucedió fue el milagro que calentó el alma de los porteños en uno de los días más fríos de año.

Los edificios que dan con sus balcones hacia la calle Corrientes se llenaron de curiosos y maravillados seres humanos que reían y exponían su cara al aire. La gente en las puertas, ventanas y balcones miraba sonriente como si pasara un desfile monumental por esta avenida que, de pronto, se llenó de autos que transitaban despacito como si disfrutaran del baño de espuma que inesperadamente les estaba cayendo.

Y entonces Buenos Aires se convirtió en un lugar de alegría. Las mejillas arreboladas de los caminantes se exponían sin pensar en el frío cortante de los dos grados bajo cero que llegaron a sentirse. Dedos casi amoratados sostenían los cientos de celulares que con la tan de moda cámara incorporada, sin cansancio registraban la maravilla que les eternizaba la sonrisa en los labios. Los ladridos no molestaron, los tropezones se toleraron con benignas miradas, los gritos se convirtieron en expresiones entusiastas que todos celebraron, las sonrisas cómplices se cruzaron entre extraños. La fiesta popular se tomó la calle con el disfrute propio de los carnavales.

Los niños jugaron con la nieve que se acumuló en rincones y en el pasto, las parejas se abrazaron y se tomaron fotos caminando por la plaza, los descampados y los árboles blancos fueron el escenario de cortos videos caseros con bebés en brazos, perros con abrigo corriendo y ladrando, autos estacionados temporalmente en la calle con las luces de parqueo encendidas, mientras sus pasajeros rápidamente se tomaban fotos con la plaza blanca de fondo.

Hay vida en esta ciudad!!

En el chico que abrazó con sus brazos cuanto copito caía, mirando al cielo.

En la viejita que, colocando una silla vieja en mitad de la calle, posó orgullosa para la posteridad ante una también vieja cámara de rollo desenterrada de una seguramente antigua cómoda de su casa.

En el nene que abrió la boca y trató de comerse la nieve.

En el grande que aprovecha y se hace el chico tirándole nieve a su hijo y en el hijo que se enoja a lo grande y lo persigue vengativo.

La tarde fue un recorrido por el calor de esta ciudad en invierno que por unas horas se encendió con cientos de flashes, gritos y risas. Ya en la noche, como marco para el contraste, la oscuridad luminosa de la nieve dejó adivinar el alma de los porteños siendo turistas en su propia ciudad.

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