Errores menores y metidas de pata

por AguijarroAnoche fue una noche difícil. No dura especialmente, pero sí una de esas en las que surgen esos momentos de balance preguntón. ¿Cuántos errores cometidos han determinado mi vida? ¿Mi vida ha torcido su camino por algún error nervudo? ¿De esos que siguen dejando restos entre los dientes?

Hay desaciertos, hay torpezas y hay disparates. Últimamente y como siempre, he cometido algunos. Me he equivocado con una palabra de más, con un juicio sobre algo, la torpeza ha hecho que me tropiece con pequeñas piedras y termine magullada y además, hice desaparecer del computador el trabajo de toda una tarde.

Pero diciembre, mes de recuentos y recuerdos, vino en auxilio de mi autoestima dolorida. Al menos para demostrarme que hubo embarradas peores. Porque hoy es 12 de diciembre…

Y mi achicharrado cerebro revoloteó hacia otro 12 de diciembre. … hace 10 años ya! Ese 12 de diciembre cuando comenzó todo …

Bogotá, 9 de la mañana. Ya no recuerdo si era lindo día. Con la suerte que se desató para mí a partir de entonces, seguro hacía sol en ese ciudad eternamente lluviosa. Dicen que la lluvia, en los días que deben ser especiales, es de buena suerte.

Me levanté muy nerviosa y ya agotada mentalmente. 15 días de tratar de mantener en equilibrio las bases de un castillo de naipes que igual se calló después, eran demasiado. Aguardientes dobles con cara de triple, como los pedía la gaviota, para soportar miradas inquisitivas y desconfiadas y algunos whiskies para sobrellevar dos viajes en avión en una misma semana. Ya el día no había comenzado como debía.

Sin siquiera un café y corriendo, salí hacia la pequeña tienda en la que tres días antes había dejado para ajustes de última hora – todo por esos días fue a última hora – un vestido sobrio, medio señoritero pero lindo, que dejó a todos contentos. Aún lo conservo y no se por qué no puedo deshacerme de él.

La diseñadora llegó tarde, así que cuando salí de allí con el vestido en la mano y con el arreglo como no era pero sin tiempo para corregirlo, ya eran las 11 de la mañana. Tomé un taxi y me fui al Centro Comercial en el que había pensado que podía encontrar una oferta aceptable de zapatos que le hicieran juego. El tiempo, o más bien la falta de él, decidió la elección de ese delicado modelo señorero y muy conservador que tuve que comprar. Mi “permisiva” concesión fue el largo de la falda y las medias de liguero. Una picardía que no se si disfruté y apreciaron, me parece que fue olvidable, ya no lo recuerdo.

Con un bolsa de traje y una caja de zapatos, otro taxi. Otra improvisación. Sentada frente al espejo y de espalda a una mirada zalamera pero dispuesta a hacer lo que le diera la gana con mi cabello, pedí mi último deseo con mirada suplicante antes de abandonarme:

– Algo sencillo, ni moños ni cabello recogido, el pelo suelto y con forma nada más…. ahhh, y rápido por favor, me caso a las 5.

Error groooooso.

– Hay no querida!!, tienes que estar divina. Ya verás como te vamos a dejar…

Me abandoné. Estaba cansada. Dos horas después y sin haber querido mirarme antes, arriesgué un atisbo al espejo. El personaje que me miraba tenía los ojos asombrados y a punto de llorar, ¿Sería probable que, bajo las pestañas postizas, los kilos de sombra y base y el cabello tieso, alguna vez volviera a ser yo? Creo que en ese momento comencé con la pesadilla de zafarme de tanta cubierta.

Otro taxi en una carrera aún más veloz, y queriendo que mi cabeza y toda mi historia se convirtiera en la de The Residents, un misterio que canta Living in vain.eyehat.jpg

Llegué directo al baño a tratar de arrancarme las pestañas. Sonó entonces el teléfono y me llegaron los ecos de las típicas peleas de mis padres:

– Su mamá… no se donde está… ya sabe cómo es ella. Sí, llegamos hace un rato y ya se fue, está con su tía.

– Ay, mami… es que ehh ave maría, su papá está con muy mal genio, nada le parece bien… y yo que no conozco esta ciudad, estaba buscando una peluquería.

– Está bien, nosotros llegamos derecho, nos encontramos allá.

Colgué y seguí con mi tarea desesperada de parecer yo. Aceleré, desenredé, cepillé, arranqué, corrí y volé tirando todo a mi paso. El caos del baño y de mi cuarto reflejaron mi día. Solo puse el freno cuando disfruté la sensación de la seda en mis piernas mientras estiraba las medias suavecito hacia arriba. Fue mi único placer concedido, la única pausa de lo que debió haber sido la jornada con la que sueñan las niñas. Además no fuera a ser que le ensartara una uña y terminara con pantimedias 50% lycra.

El último taxi. Milagrosamente llegué a las cinco en punto. En la notaría – ¿Podía haber sido más prosaico? – ya estaba mi real metida de pata y su familia. Enojado porque debí haber estado con tiempo de antelación.

Y luego la espera… 10 minutos, 15, media hora. El notario, al fin burócrata de la fe pública, sin mucho romanticismo decidió que no podíamos esperar más a mi familia. 45 minutos después y con un novio indignado y furioso, comenzó el acto. Cuando estábamos ya sentados frente al costeño con tirantes y pajarita, entraron mi mamá con la cara roja, mi papá con el ceño fruncido y una corte fúnebre detrás.

Suspiro y de frente. Comenzó la lectura de ese contrato que finalmente era lo que ibamos a firmar. Y casi desde el principio el remate de un día muy bizarro: La carcajada reprimida por el asunto ese de si nos declarábamos no enajenados mentales para asumir conscientemente las obligaciones estas del matrimonio, los anillos que se cayeron y casi no encontramos y el sollozo sorpresivo y muy ruidoso de mi papá.

En fin… creo que comienzo a sentirme mejor hoy, ¿qué puede significar un archivo menos en el ciberespacio y una palabra de más en este 12 de diciembre? Si estoy a 4.664 kilómetros de distancia y a 10 años del comienzo de la mayor embarrada de mi vida.fondo_vaca_lengua-en-blogblendnet.jpg

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4 comentarios en “Errores menores y metidas de pata

  1. No entiendo por qué a las novias siempre las dejan más feas que lo que entrar a arreglarse, ya sea a la peluquería o la maquilladora. El novio nunca debe entender por qué en el Civil o en la Iglesia entra esa mina que la noche anterior, en su cama y desnuda, lucía mucho más atractiva. Aun así, ponerle pestañas postizas a usted, Deb, qué despropósito. Y me guardo otro comentario para mejor oportunidad

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