La historia de Fanny

desplazados-por-la-violencia.jpgLas estadísticas siempre son útiles para tener una idea de la magnitud de una tragedia, para saber cuán afortunados somos los que estamos en el 15, 20 o 5% de la pirámide social y no en el 50 o 60 más bajo, para administrar la pobreza y la riqueza estatal, para saber cuántos pollos per cápita se consumió en el 2007 o para tener idea de cuál es la parte del cuerpo que las argentinas, colombianas, mexicanas o peruanas prefieren arreglarse para convertirse en la sensación de las playas y los centros nocturnos.

Pero a veces es más efectivo contar una historia. La estadística es inasible, las caras se borran y se atomiza el interés. Es fácil entonces decir ¡que terrible! o mira vos… e inmediatamente pasar a la siguiente sección del diario, sin respiro.

Pero si conocemos una historia y luego sí miramos los números, el asunto nos entra de otra manera. Y en ese país del sagrado corazón la realidad de Fanny se multiplica por 3 millones de desplazados internos, según los datos más conservadores. La realidad detrás de las estadísticas.

La historia está contenida en el artículo Los desplazados: los más pobre entre los pobres, escrita por el periodista César Paredes para la revista Semana:

Los días más felices de Fanny Rendón los vivió en su tierra natal. Su papá, Hernando Rendón, había adquirido una tierra a 15 minutos de Balboa, un corregimiento instalado en medio de Unguía y Acandí, en el departamento del Chocó. Allí creció a la orilla del Golfo de Urabá, entre la brisa y la humedad del Atlántico; tierra de tortugas, manatíes y garzas, pero también de explotaciones que han ido acabando con el bosque.

Una tarde de domingo, mientras vendía empanadas frente a la capilla, Hernando fue asesinado por la guerrilla. Tenía 52 años. Una sombra de muerte se cernió por la región. Al año y medio entró el Ejército a Balboa. Llegó inspeccionando las casas y haciendo preguntas. Por esos días, Juan Pablo Rendón, hermano de Fanny, había viajado a Turbo para averiguar los repuestos de un carro, pues su oficio era la mecánica automotriz. A los ocho días, cuando ya se había ido el Ejército, volvió la guerrilla y asesinó a Juan Pablo acusándolo de ser informante.

El aire de muerte, otra vez, golpeaba el corazón de Fanny que para entonces tenía 25 años. El temor rondaba la casa, los cultivos, parecía que en cualquier rincón de ese lugar paradisíaco podía encontrarse la muerte.

Eduardo Tabares, el esposo de Fanny con quien en ese momento tenía cuatro hijos, trabajaba con un comerciante, Darío Echeverry, que compraba víveres en Turbo y Apartadó y distribuía en los pueblitos. La mercancía debía llevarse hasta Titumate en chalupa, luego se transportaba en camión hasta Balboa. Eduardo era el conductor.

A comienzos de 2001 llegaron los paramilitares. Los primeros que cayeron asesinados fueron los que tenían algún negocio. Acusado de dotar a la guerrilla de víveres, a la entrada de Turbo, mataron a Echeverry. El rumor era que, lista en mano, matarían a todos los que trabajaban en el comercio con él.

Una tarde llegó una pareja de vecinos a la casa de Eduardo y Fanny. “¿Ustedes no se han ido? Ya mataron otro de los trabajadores de Don Darío. ¿Qué están esperando?”, comentó la vecina. Al atardecer, ese día, con la ropa que tenían puesta, con sus cuatro hijos y uno de tres meses en el vientre, la joven pareja decidió irse para Medellín.

Los primeros días fueron los más difíciles. El frío de la ciudad era algo para lo que no estaban preparados. Debajo de un puente tuvieron que organizar una suerte de cambuche. Al cabo de unos de unos días Stefani, la niña menor, con tres meses de edad, se enfermó de neumonía. Los médicos no la querían atender porque no tenían Sisbén. Logrado lo del Sisbén, la niña tuvo que permanecer casi un año hospitalizada.

“Aguantamos mucha hambre y frío debajo de un puente. Mi esposo no conseguía nada, a veces nos tocaba tomar aguadepanela y nada más”, comenta Fanny seis años después. Jhon Alexander, el hijo mayor con 12 años, se enfermó del estómago.

Tan pronto llegaron, la hostilidad del asfalto y el smoke, la dureza de la gente fue lacerando sus corazones. “Una vez salí debajo del puente, le pedí a una señora y me insultó tan feo: ‘Que trabajara, que yo estaba muy joven’. Yo le dije, si supiera a dónde ir a trabajar, yo no estaría aquí. La gente no entiende la situación de uno, y uno sin conocer a nadie tiene que sufrir mucho”, recuerda Fanny, mientras agacha la mirada. Ella es una mujer de 32 años de baja estatura y figura gruesa. Tiene los ojos pequeños, indígenas, y una tristeza que parece ancestral.

Fueron tres meses en la calle, hasta que supieron de un barrio de invasión que se estaba formando, en la Comuna 13. Loma Verde se llama el asentamiento, que aún no se ha registrado, ubicado en la zona occidental de Medellín. Fanny levantó una casa de madera. Al estilo de las construcciones en los pueblos de Urabá, ella compró tableta de madera y con la ayuda de unos vecinos levantó un rancho que poco a poco ha ido acondicionando para que sus hijos puedan vivir.

Stefani actualmente tiene siete años. Sufre de una enfermedad que los médicos dicen que es incurable, púrpura trombopénica aguda. Los síntomas son unos moretones que le aparcen en la piel y luego comienza a brotarle la sangre por los poros. “Yo no sé si eso fue de esa época, como a ella la alimentábamos tan mal”, explica Fanny. La dieta es especial para que la niña pueda mantener la suficiente cantidad de glóbulos rojos. Sin embargo, a veces, Fanny no le puede dar sino aguadepanela y arepa. Tuvo que poner una tutela, alentada por una vecina, para que el Sisbén le pudiera ayudar con la medicina.

Eduardo los abandonó hace un año. Desde entonces Fanny tiene que vender dulces en los buses o hacer aseo en casas ajenas. Con lo que consigue, a veces, les da dinero para los pasajes a sus dos hijos que están en el colegio.

Sólo una vez, hace año y medio, recibió una ayuda de la Unidad de Atención al Desplazado. “Yo no sabía que la Alcaldía daba ayudas, estaba novata en eso”. A Fanny, cada vez que habla de lo que le ha tocado sufrir, las lágrimas se le aflojan. “Uno ve la gente de la calle, los desplazados, y dice Dios mío ampáralos. Yo ya pasé por ahí. Eso es muy duro. No dejo de pedir por ellos”, dice.

La casa poco a poco la han ido dotando de lo necesario. Cosas que otras personas les han regalado. Adentro todo está limpio y en orden. Sentada en un sillón, Fanny responde las preguntas de la entrevista. Se disculpa por no poder ofrecerme nada de tomar: “Pero es que no hay nada”. La camiseta color mostaza que lleva puesta reza “Las fronteras no existen, los amores sí”. Pero ella sabe que eso no es verdad. Su tierra está abandonada, y allá no puede volver, a pesar de que, como dice ella: “allá la vida era muy buena. Uno cultivaba su tierrita y cocinaba lo que cultivaba, no tenía qué preocuparse por pasajes y gastos porque todo estaba ahí. Aquí la vida es muy cara y muy dura” .

* Algunos nombres fueron cambiados a petición de la fuente, por razones de seguridad. (el artículo completo aquí).

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