Esta insensata alegría

mapale-foto-de-cdveston-en-flickr.jpg Por razones que no vienen al caso mencionar, debo posponer un esperado viaje a Colombia. Iban a ser vacaciones, pero había acumulado tantas anotaciones de todo tipo acerca de lo que quería hacer cuando estuviera allá, que ya era más un viaje de revancha. Un ilusionado desquite de lo que he extrañado, de lo que nunca hice en toda mi vida y de pronto se me antojó indispensable, de lo que quería recuperar, de encuentros y de recorridos nuevos por viejos caminos.

Iba a comer, tomar, caminar, fotografiar, hablar, mirar, bailar, todo menos descansar. Iba a sorber colombianidad, a re – abastecerme.

Ahhhh, pero la vida no es justa, me dijeron alguna vez, queriendo teorizar sobre lo que la realidad me restriega en la cara una vez más.

En mi nostalgia, decidí cambiar un rato las esperanzas y desesperanzas de los secuestrados, la indignación por la parapolítica, la desazón por los desplazados y las posiciones políticas que tanto han dividido a ese país que comparto con otros 44 millones, por la música.

Y como frente a la tristeza lo nuestro no es la masoquista puñalada trapera, sino la insensata y abandonada alegría, danza-de-los-negros-de-santa-lucia-foto-de-katia-oliveros-c-en-el-blog-de-hugo-gonzalez-montalvo.jpg el asunto desencadenó en un baile tras otro al son de cumbia (la nuestra, claro), bullerengue, fandango, vallenato, salsa y gaita.

La nostalgia pasó de la evocación al movimiento. Y no hubo escapatoria, todos los sentidos estuvieron al servicio del cuerpo propio, que revivió con la música. En él se condensó todo, los recuerdos, la esperanzas, las alegrías por venir y las que se gozaron, la melancolía, algún desconsuelo y ese 50% de caribe que tengo.

No toda Colombia es caribeña, pero toda Colombia se contagia de la fiesta caribeña. Y justo esta semana estamos con la resaca de los carnavales colombianos. Esa fiesta que une a la América que recibió una inmensa herencia negra, costumbres cristianas y paganas, vida colonial de amos y esclavos y tradiciones europeas de carrozas y cortes. Esa pachanga que exhibe esa sabrosa mezcolanza que no solo se goza por estas épocas, sino que se revive cada vez que escuchamos a algún grande del caribe colombiano como Joe Arroyo (no todo es Shakira), en Yamulemau o en ese clásico de clásicos Rebelión.

Los Carnavales de Barranquilla que son los más famosos del país y parece que son también de los más convocantes del hemisferio después de los de Río de Janeiro, fueron declarados Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por la UNESCO. Sin embargo y pese a la comercialización del espectáculo que viene con los grandes rótulos, el carnaval sigue siendo una manifestación de cultura popular.

cumbiamba-foto-de-cdveston-en-flickr.jpgAntes que comience la rumba oficial con la Batalla de Flores, sus grandes carrozas llenas de color y de reinas y el Festival de Orquestas, los barrios, barriadas y las comunidades de la región viven las previas de su propio carnaval cada fin de semana. Esos lugares, casi clandestinos el resto del año, en los que el ron corre al ritmo de la cumbia, el chandé, el porro y otros ritmos de la tradición caribeña, celebran verbenas, eligen sus reinas y parrandean de lo lindo, porque gozar y bailar es la consigna.

Una semana antes se realiza la Guacherna, una sugestiva palabra que de un instrumento para la interpretación de la cumbia, se convirtió en sinónimo de un desfile nocturno al ritmo de tambores, cumbiamberos y comparseros, con la presencia de reinas que se mezclan con cuanto rumbero aparezca.

Todo termina con la muerte de Joselito Carnaval. El llanto, los funerales y las velas son numerosas y simbolizan los “recogidos” días que se vienen de cuaresma y abstinencia de carne. Bah! más fiesta.

En fin… Con la música me contagio de esa otra cara de Colombia que convive con la que nos muestran las noticias y que nos hacen sentir que estamos al borde del abismo.

En cierto sentido es así, pero la realidad es tan compleja que todavía nadie entiende porque los colombianos nos hemos declarado uno de los pueblos más felices en el mundo en varias encuestas y a pesar de la distancia sigamos empeñados en revivir esta insensata alegría a través de la nostalgia.

Como le escuché a alguien alguna vez, los locombianos podemos estar hablando de la peor de las tragedias en el día y en la noche disfrutar de la más bulliciosa de las parrandas.

carnaval-foto-de-johnny-olivares-en-elheraldocomco1.jpg

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