Ausencias

germano4.jpggermano3.jpgGustavo, Guillerno, Diego y Eduardo Germano.

Hace varios meses que no pasaba por el Centro Cultural Recoleta, un lugar de buenos recuerdos y de antiguas aventuras fotográficas.

Hoy regresé para ver la exposición Ausencias de Gustavo Germano.14 pares de fotos de personas desaparecidas durante la dictadura de 1976 a 1983. 30 años de Ausencia.

Me enteré de este trabajo y de la exposición por los blogs de Papipo y del Aguilucho. Ver algunas de esas imágenes en su página de internet y también el video sobre la producción de las fotos, había sido un golpe en el estómago. Sin embargo, esta vez fue una invasión de sensaciones que me recorrieron todita. El nudo en la garganta apareció desde la primera foto.

La tarde de un viernes con ‘amagues’ de lluvia había sido una buena opción para recorrer tranquilamente los pasillos del Centro Cultural, caminar entre los primeros puestos artesanales de la plaza y quizás tomar un café mirando la desprevenida tranquilidad de los turistas.

germano6.jpggermano7.jpgEn la primera foto Orlando René Mendez, Leticia Margarita Oliva con su hija Laura. En la segunda, Laura Méndez Oliva.

Después de las primeras fotos, vi el video de nuevo. Los surcos, las arrugas, las miradas, cargadas y vacías al mismo tiempo de quienes viven la ausencia, me dejaron sin aire. Mientras escuchaba Desaparecidos de Rubén Blades, de pronto me sentí usurpadora del dolor de otros.

Mis pérdidas no han sido ni cerca algo parecido, ni siquiera la dictadura fue un proceso que me haya tocado personalmente. Y sin embargo algo en esas miradas cansadas y resignadas se me contagió.

El señor que vigilaba la muestra me ofreció una silla para que mirara el video y de nuevo me sentí ladrona de algo que no me pertenecía. Era como si estuviera entrando en una intimidad a la que no tenía derecho y sin embargo, allí estaba para que la observara cuanto quisiera. No pude evitar las lágrimas. Pero ¿por qué? si no conocía a ninguno de ellos, ni siquiera viví la paranoia de que me pudiera ocurrir o a alguien cercano. De hecho, si hubieramos vivido aquí para la época, lo más seguro hubiera sido que mi familia se hubiera plegado al algo habrán hecho, dentro de la comodidad de esa clase media pro – autoritaria.

Cuándo salí del Centro me sentí hostil. Me insultó la despreocupada y feliz indiferencia de las chicas vestidas a la moda con bolsas de compras; vi con desagrado al elegante señor que sentado en una terraza muy “cool” daba instrucciones de negocios por su celular; y todos y todo el entorno se me antojaron parte de una misma pantomima.

germano1.jpggermano2.jpgOmar Darío Amestoy, acribillado junto a su familia. Su hermano Mario.

Cuando me senté en un locutorio para “vomitar” todo esto que me estaba rebasando, se sentaron a mi lado dos gringuitas, una a cada lado, y comenzaron a leerse mensajes por encima de mi cabeza. No entendía un carajo, pero en mi estado, hubiera puesto mis manos al fuego jurando que era una sarta de chismes tontos e intrascendentes. Me paré, pagué y odié al señor del locutorio por cobrarme tres veces la tarifa normal.

Evidentemente no estaba para amargarle la vida a nadie, así que cancelé todo lo que había pensado hacer y caminé y caminé. Y durante esas dos horas y medias de recorrer la ciudad me di cuenta que además sentía una soledad sin fondo. La soledad de tener que usar este medio para desahogar mis sensaciones porque lo que sentí es incomprensible, aún para mí. Y nadie quiere vivir o revivir solidariamente el dolor, aunque le sea ajeno.

germano5.jpgDe este grupo desaparecieron Victorio José Ramón Erbetta y Elsa Raquel Díaz.

P.D.1 La exposición estára en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires hasta el 28 de marzo.

P.D.2 Las fotos fueron tomadas del blog Fototeca de Cecilia Profético.

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7 comentarios en “Ausencias

  1. Gracias señora. Sé que esta muestra me va a originar sensaciones parecidas a las suyas, pero aun así voy a ir y voy a llevar a mis hijos, de 14 y 12 años. Gracias otra vez por transmitirnos sus sensaciones. Pero en algo se equivoca: el dolor no es ajeno, el dolor lo compartimos, es de todos quienes nos sublevamos contra esta mierda que pasó y que de alguna forma aun pasa. Su dolor, amiga, de alguna forma atenuó el dolor de otros. Entre muchos no es pesado, dicen, y si bien cuando uno sufre le parece que es el único que en ese momento lo hace, eso no es cierto, cuando uno está acompañado solidariamente sabe que la vida puede seguir y que da revancha. O justicia.

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  2. Concuerdo con Peralta. El dolor no es ajeno, o no debería ser ajeno; o si el dolor no le hubiera sido ajeno a gran parte de la población quizás la muestra Ausencias tendría que ser un proyecto de arte abstracto o en todo caso extranjero. Pero no, muchos vivieron la dictadura con alegre despreocupación, sintiendo que era problema de cualquiera menos de ellos. Así nos fue. Por eso hay ausencias.

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