Sentir

Cómo pasan los días!, las horas, los minutos, la vida. Y nos damos cuenta justo cuando sentimos que se pueden acabar. Un pequeño accidente, un gran susto. Extrañar lo que antes no estaba, cuidar las memorias, anhelar lo que no se tiene. Darnos cuenta que no todo se puede contener dentro y no todo puede solo dejarse pasar.

A veces las pequeñas cosas son verificación de las grandes que tenemos, o de las que no están. Y entonces el miedo no es suficiente para esconder la cabeza. En todo caso podríamos morir de un golpe en el estómago.

Y así transcurren los días, pensando en cómo ser fiel a la  cabeza sin traicionar el corazón. Porque al final de cuentas lo que hace que la vida sea precisamente vital son esos exabruptos guiados por él y no por ella. Aunque la comunidad científica quiera erosionar su papel diciendo que el cerebro es el que realmente nos hace sentir la pasión. No, yo sigo creyendo en el vuelco que da el corazón cuando me sorprenden, en las mariposas del estómago ante la expectativa y en el sudor frío en las manos por los nervios.

Esa deliciosa irracionalidad siempre gana. Que enorme placer abandonarse a ella, aunque tenga a veces ese sabor salado de las lágrimas. Aunque a veces el vacío parece que se extiende intemporalmente.

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