Una indiferencia deseada

Desde la semana pasada, la Argentina es un mejor país para vivir. Eso fue lo primero que pensé cuando el jueves me desperté con la noticia de la aprobación del matrimonio igualitario. El primer país en América Latina, el décimo en el mundo. De avanzada. Ayer se promulgó y hubo un acto en la Casa Rosada, pero la celebración es cotidiana. A mi juicio esto significa el comienzo de un cambio que supera por lejos el reconocimiento legal de derechos legales iguales para todos. Creo que el amparo de la ley dará visibilidad a situaciones de hecho, que de a poco se verán en la calle. Se incorporarán a la cotidianeidad. La deseada indiferencia llegará también para las parejas del mismo sexo, como escuché que era el deseo en una de las cartas que se leyeron en el Festival Sí, quiero. Esta será una sociedad en la que ya no se discutan las relaciones privadas en público.

Pero, aunque fue una sorpresa la aprobación en el Senado, incluso para militantes de la causa,  me parece que si un país de Latinoamérica debía llevar la batuta en esto, ese sin duda, debía ser la Argentina. En este país se respira indiferencia. En el mejor sentido. También en el peor, pero ese es otro asunto. Aunque pensándolo bien, debo circunscribir esto a la ciudad de Buenos Aires, que es el ámbito que conozco.

Hay, por supuesto, bolsones conservadores, que todavía mantienen a sus caballeros templarios en cruzadas mediáticas, y de otras que no confiesan. Pero su fracaso en este caso, fue un triunfo de una ciudadanía mayoritaria que confirman una teoría que comencé a formarme cuando llegué aquí hace años. La gente acá se relaciona con irreverencia, informalidad y una alta dosis de individualismo.  Y eso, que genera un caos formal, muchas veces indiferente a cualquier conducto regular y que provoca un irrespeto a las jerarquías y a las formas, está también en la base de una relación de igualdad de trato, de relación horizontal. Una relación en la que la circunstancia del otro me es indiferente y que a la larga, filtrada por algún criterio de análisis, se ha convertido en el reconocimiento de la diferencia.

Me parece a mí, qué se yo… los viajes en bus a veces son muy largos en esta ciudad.

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2 comentarios en “Una indiferencia deseada

    1. Tomáz, los conservadores jamás van a dejar que pase eso. No evolucionan, mientras más se mantengan los esquemas tradicionales mejor. Y para ejercer los derechos no hay que esperar que buenamente se nos concedan. Hay que lucharlos.
      Acá tampoco lo hubieran dejado pasar, pero la sociedad los rebasó y no se habían dado cuenta. En los hechos los esquemas ya eran otros. Sí, la aprobación del matrimonio igualitario fue el producto de años de militancia y concientización peleada en muchos ámbitos; pero sobre todo fue el reconocimiento de una realidad que ya existía socialmente. No se estaba peleando para cambiar la realidad de una sociedad, fue parte de una sociedad que peleaba por ser reconocida, por no sufrir las carencias que implicaban la marginación legal.

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