Apuntes prejuiciosos en un bar

Cambios. La otra noche me fui a un bar de jazz. Salí finalmente, contra todos los pretextos que me di para quedarme cómodamente en casa. Quería ver a una violinista que interpretaba gypsy jazz según decía el programa; era un buen augurio. Aunque que su referencia en el papel fuera ser discípula de otro que fue discípulo de alguien muy reputado, no ayudaba mucho. Pero allí estuve, y vi a la violinista suiza que hablaba un buen español aporteñado.También fui a ver gente. Llegué temprano y sin mucho más para hacer que esperar, me enfrenté a mis prejuicios.

Traté de marginarlos y no encasillar a nadie a priori. Por ejemplo, intenté no dejarme llevar por esos dreadlocks rubios y sombrerito bombín, que me hizo pensar en una puesta en escena para parecer muy cool. Debía fumar la hierba espirituosa, hablar de la paz superior que se logra en un viaje de meditación y no le debía interesar la política. En realidad no debía saber mucho de este mundo terrenal, salvo que lo necesitaba para solventar el costo de esos tenis Converse All Star…

No me debía dejar llevar por mis prejuicios. Por eso decidí ir a ese bar, aún sin compañía; y también para tratar de ganarle a mi inercial encierro. En un vistazo rápido no detecté a nadie de mi target.  Ya lo confesé antes, el último que me gustó exudaba testosterona y allí, no sobraba precisamente.

Supongo que conciliar todos mis gustos no va a ser fácil.

Uno de los mozos se parecía a alguien que apeó unos instantes en mi vida, hace un tiempo.  Rulos alborotados y una onda hippie chic. Debía estudiar antropología. No, eso pasó de moda. Ahora los contraculturales del stablishment estudian comunicación, diseño gráfico o teatro… y mientras, trabajan de mozos.

Pasó otro sombrerito. El anterior era bombín, ese era de esos de viejito, con un pliegue hacia adentro, como los que aparecen en las fotos de cúando mi abuelito era joven. Con el calor, ambos lo lucían tirado hacia atrás, dejando la frente despejada y los dos vestían camiseta con un amplísimo escote en V. Observaban juntos, comentaban juntos; eran habitués, se notaba. Cómo no encasillarlos!!

Y me dio sueño en la mitad del espectáculo. ¡Qué falta de calle la mía! Me sentí un poco extraña sola en la barra, aunque al parecer a nadie le llamó la atención; ni porque escribía desenfrenadamente.

Me preocupa esa tendencia que tuve a pensar que todos los que estaban a mi alrededor eran muy jóvenes. No me gustó que automaticamente la respuesta que se me ocurriera fuera que las chicas como yo ya “estaban en otra”.  La edad me pone un tanto nerviosa, pero entonces se me viene a la cabeza mi vida atípica. Y sonrío, pese a muchas cosas que no volvería a repetir.

Frente a mi había un flaquito, que parecía haberse ‘puesto’ el bigote. Ese par de flacas líneas negras sobre sus labios daban la sensación de artificio. Parecía como si antes de salir hubiera abierto el botiquín del baño y hubiera dicho… mmm, hoy me pongo bigote para salir con la chica de la pluma en la cabeza. Porque parecía que se habían puesto de acuerdo. El parecía un impecable señorito de los dorados 20’s y ella una alegre damisela con corte Bob y una pluma a un lado. Describir el vestidito negro sin entallar es casi una obviedad.

La violinista tenía oficio. Nada descollante, pero el  violín y el jazz siempre hacen un buen binomio.

Pero mis ojos se empijamaron sin mi permiso. Quería apartar mi vaso de fernet y Sprite, – un sacrilegio para algunos – estirar mi brazo a lo largo de la barra, recostar mi cabeza y cerrar los ojos.

La violinista agarraba pista mientras tanto y sonaba cada vez mejor. Pero la somnolencia rondaba y solo pensaba en yacer en algún lado. Reflexioné que ya no estaba para la conquista nocturna. Dos fernets y un solo sueño verdadero.

El del bigote y la de la pluma decidieron irse. Un caballero el señorito; le escondió la cuenta a su damisela. Ella, como digna representante de esa generación que se equiparaba con el hombre al menos en su apariencia, insistía en compartir la cuenta.

Yo creo que a la segunda, no se debe insitir más. Se nota que la pareja vintage comenzaba apenas a salir porque la realidad es que una chica nunca quiere pagar la cuenta. Sobre todo cuando se produce de esa manera. Feminismo mal entendido.

La sofisticación se me agotó de pronto. Me dio hambre, además de sueño.  Así que claudiqué ante mis deseos más primitivos y salí con algo de pesar… Parece que todavía faltaba lo mejor de Sophie Lüssi.

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