Recordé las ausencias

Hoy siento incomodidad y una especie de tristeza que me estorba en el pecho. No hay mejor sensación que la felicidad y la ligereza de sentir que todo esta bien. Pero hoy no está todo bien. Mejor dicho, no ha estado bien para mucha gente durante demasiado tiempo y hoy lo recordé. Recordé las ausencias. Me las recordó ese testimonio tremendo de Victoria Montenegro en el juicio que se lleva a cabo en Buenos Aires por apropiación de bebés. Ella fue una de esas bebés. Hija de desaparecidos, criada por su apropiador; un coronel que, según su propia confesión, asesinó al padre de Victoria.

La noticia hoy no era ella directamente. Era la complicidad y el encubrimiento de un fiscal, aún en ejercicio, que retardó que ella descubriera su identidad.  De esta historia me impresionó la amplísima red de complicidades y encubrimientos que, según se atisba en su testimonio, existe en ese poder que administra justicia. Aunque se sospecha, siempre impacta conocer cómo se opera desde ese lugar en el que se encuentran quienes  deberían velar por la legalidad y los derechos humanos y ciudadanos.  También me impresionó el adoctrinamiento al que fue sometida desde que era niña:

Yo lo que sabía era que en Argentina hubo una guerra, en ese momento yo consideraba a Herman como mi papá, para mí la subversión se estaba vengando de ellos que habían sido soldados; que los desaparecidos eran mentira. Pensaba que no eran personas físicas, sino un invento de las Abuelas”.

Tetzlaff le dijo que lo primero que hacía la subversión era dañar a la familia, núcleo vital de una sociedad sana. Que las Abuelas instaban las dudas para crear miedo. “Por eso para mí eran todas unas mentiras: yo era hija de él y estaba convencida de que todo era un invento.

“La causa no sé qué era exactamente, pero era una bandera celeste y blanca; ellos eran los buenos, había una causa nacional; era el olor a cuero, las botas, la familia cristiana, la misa, cenar afuera porque Mary no cocinaba, para mí ésa era la familia: los restaurantes llenos y Herman que terminaba las conversaciones con la 45 arriba de la mesa diciendo: ‘Yo siempre tengo razón, y más cuando no la tengo’”.

Ahora releyendo esto, me doy cuenta que esta sensación que no me deja tranquila hoy, es la misma que sentí cuando por primera vez me conmocionó “ver” las ausencias en esa exposición del fotógrafo Gustavo Germano.

Esa presencia permanente del que ya no está.

http://ausencias-gustavogermano.blogspot.com

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