Reflexión desencantanda con la esperanza de que no sea así

LLegué a la actividad gremial por instinto. Si me atengo a mi anterior entrada en este blog, no habría sido entonces por ser especialmente inteligente. Si mi racionalidad se hubiera impuesto, mi sentido práctico me hubiera dicho que no me metiera a defender causas colectivas; esas en donde la naturaleza humana muestra sus bondades, pero también desnuda sus miserias. Estaría más resguardada y mi columna también.

Digo que por instinto, porque lo único que me acompaña desde que tengo uso de razón y que me ha llevado en este camino es un extraño sentido de justicia. ‘Instinto’, ‘extraño sentido’… eufemismos para decir que mi vida jamás fue desafiada por tragedia alguna, y nunca tuve formación ni guía que justifique mi sorpresiva exposición en pos de derechos compartidos. Soy un típico producto de una cultura desabrida, apolítica y autoritaria, que todavía campea.

De cualquier manera, este inédito camino que comencé a transitar tarde (o no) y que todavía no se si quiero seguir (aunque no se si tengo opción), me ha dado pocos amigos. Descubrir las debilidades en los otros, debilidades en las cuales caemos todos aunque con distinta gravedad para el fin común, me alejan de personas con las cuales podría en otras circunstancias llegar a construir lazos permanentes. Mi desencanto puntual se convierte en roca infranqueable, cuando solo podría ser un suelo pedregoso que lastime pero que no detenga el paso.

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Un comentario en “Reflexión desencantanda con la esperanza de que no sea así

  1. Lamento leer esto. Sólo tengo para decir, si interesa, que mis mejores amigos me los dio la actividad política y gremial. Uno es una cabeza de alfiler para estos tipos que manejan el país y el mundo. Qué poco significamos para ellos!! Un sueldo nuestro se lo gastan en una noche de juerga o en pagar una puta cara. Eso valemos para ellos. Pero hay un momento, un solo momento, en que les preocupamos, y es cuando hacemos valer nuestros derechos. Ahí se olvidan de todo, porque les ponemos en riesgo su platita, y esa pelea siempre me pareció igual a la de David contra Goliat. Usted sabe que debo mi apodo, Peralta, a uno de esos tipos; porque ese mafioso se dignó a negociar en un conflicto porque le rompimos el culo con un piquete de una semana y pusimos en riesgo su negocio, y como ni siquiera sabía mi apellido porque me tenía en negro, o sea, para él no existía, me mandó Peralta. Y lo llevo con orgullo porque es sinónimo de lucha, no por la confusión de ese sorete. Pero bueno, son experiencias personales… de todas maneras, no todo está perdido. Usted tiene la esperanza de que no sea así. Es algo

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