Un sábado cualquiera, o sea, casi perfecto

Cómo me gusta la albahaca! Caminar por Rivadavia en una noche fría es estimulante, sobre todo si tienes la panza llena y el corazón contento. Dice el dicho.

Me siento en orden. En mi cabeza, en mi mente. Mi vida, sigue igual; pero he hecho lo que quiero, compré lo que necesité, nada más que eso, y hasta un ramito de flores me llevo a casa. Pregunté en la feria por un par de pantuflas multicolor con borlitas colgantes, miré libros, le coqueteé a un suéter que no compré por sensatez y por no sacarme las capas de ropa que tenía encima. El invierno hace bien a mis finanzas.

Caminé y miré gente. Toda demasiado envuelta en trapos para poder entrever su humor. Experimenté de nuevo la hosquedad propia del invierno, gente ensimismada o concentrada en el deporte citadino de la compra compulsiva y ajena a ese otro que cruza la misma calle y pisa el mismo adoquín suelto. Pero es sábado en la noche y la avenida está viva, en todo caso.  Bollitos caminantes que supongo infantes y caninos con variados abrigos le ponen risa y ladridos a la brisa helada. El alma se calienta.

– No te gusta?   – No. Es muy delgadita la masa.

Seguro la señora es de esas ‘tanas’ que comen pizza a la vieja usanza, gruesa, de queso chorreante y aroma encebollado. Aquí huele a albahaca. Pese a todo, el diente no se detiene y la charla en la mesa de al lado sigue muy animada entre los dos veteranos de las calles porteñas que se arriesgaron con una pizza ‘gourmet’.

Es temprano, por eso encontré mesa. Cenar a las 7:15 es una rareza. Salvo esos jóvenes veteranos que seguramente tienen costumbres añejas y cuerpos que necesitan pronto reposo, una familia que quiere comer junta antes de que la noche le presente mejores alternativas a los más ‘pollitos’, y yo que solo puedo argumentar a mi favor costumbres ajenas, apuramos una última cena casi a la hora del café para otros.

La moza es amable y me sonríe. Me explica que Macri prohibió el cerramiento en veredas sobre las avenidas y por eso no hay calefacción para las mesas de afuera. Clientes que se pierden.

– Cuando necesiten recaudar más, seguramente podremos volver a ponerlo –  remata, con algo de resignación y la seguridad paciente de algo inevitable.

El mundo no sonríe precisamente, pero es sábado y camino por Rivadavia, la avenida que parte la ciudad en dos; el corazón de la clase media porteña. Tiendas abiertas, comercios llenos, gente, mucha gente; autos, demasiados. Luces y vida por donde se mire. No es esta precisamente la Argentina en crisis.

Es delicioso el olor de la albahaca y es una noche de sábado casi perfecta. Solo falta una segunda copa de vino y estar enamorada.

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