Un café para recordar

Recordé ese inolvidable viaje a Nueva York antes que cayeran las torres. Ignoro como siguió la ciudad después de aquello, pero esa ciudad sigue despierta y alegre en mi mente. Las interminables caminatas con un eterno hot cocoa en mi mano, pequeñas librerías como alguna, creo que en el Soho, dedicada a literatura de izquierda y que en ese entonces acompañaba desde sus muros y vitrinas una campaña a favor de la liberación de un ciudadano de origen antillano condenado a muerte. Pero a la vez Barnes and Noble, en la que casi termino encima de un perro bull dog de ojos cansados que esperaba paciente al lado de su dueña que hojeaba una pila de libros en el suelo.
Las grandes tiendas, las calles estrechas, la quinta avenida, el Metropolitan, el Guggenheim, The Frick Collection en donde vi por primera y única vez un Vermeer. The Cloisters!!! O Los Claustros, anyway. Cómo me gustó ese lugar sobre una colina frente al Hudson. Un pequeño oasis al norte de esa isla en donde los gringos – solo ellos hacen aquello – reprodujeron enormes claustros y trajeron de tierras lejanísimas pedazos enteros de muros y arcos de piedras de auténticas construcciones medievales europeas, ¿de dónde más si no?
El decepcionante ‘Cascanueces’ en el Lincoln Center; El blanquísimo Central Park en invierno; La cerveza Paulener que solo volví a encontrar en este continente tantos años después, en bares porteños al otro lado del mundo. El lassi de los restaurantes hindúes; el restaurante que inauguró mis noches ‘nuyorkinas’, un local chino/dominicano en Broadway Avenue.

Y este café gringuísimo, al que vengo por primera en Buenos Aires, que ni el paso del tiempo ni los miles de kilómetros de distancia le sacan la impronta estadounidense; gente parecida con computadoras portátiles y celulares de alta gama al lado de un gran vaso de café con la conocida sirenita coronada. Algo tan poco autóctono que me trasladó a esa ciudad que, decían en aquella época, nunca dormía. Supongo que seguirá así, quizás por otros motivos. Ahora prefiero estos rumbos porteños y que cada tanto se me cuele en la memoria el recuerdo maravilloso de otra época.

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