Mi miedo a volar

(Hace unos días, a 10 mil metros de altura…)

Llevo 6 horas en un avión que realiza un vuelo que en teoría se ha desenvuelto con normalidad. Algunas turbulencias, casi programadas. Las azafatas dicen que ya se había anunciado que sobre Bolivia habría movimientos. Mala hora para ir al baño.

Un despegue esperado en un día argentino claro y soleado con el peso en el alma de dejar mi mundo. Mis perros, la ciudad de la que me he apropiado. La sensación de dejar mi lugar. Por una temporada corta, vacaciones, y por buenas razones, mi familia de sangre. La única que tengo.

No había despegado el avión y ya quería volver. Qué extraña sensación sobre todo si se tiene en cuenta que lo que echo de menos es básicamente una casa con vecinos insoportables y tres perros.

Pero me dolió partir. Y aquí voy, en un viaje interminable, de altibajos emocionales. Las primeras dos horas, la comida, el sueño, producto del cansancio de los preparativos del día anterior; no suficiente en todo caso para anular el miedo en las tripas que me provoca volar.

Estoy rodeada de niños con sus padres que se van de vacaciones. Algo ha cambiado en mí. Me simpatizan las patadas de una nena que viaja un poco fastidiada, en el asiento detrás de  mí.

Las segundas dos horas, el clímax de mis miedos. Estar sola, no poder apretar la mano de nadie, me duele el estómago y quiero ir al baño, pero no quiero molestar a mis vecinos de banca, quienes ya pagaron con mi antipatía todos los malos vecinos que han existido en mi vida. Así que me aguanto y agarro los auriculares como si fueran un rosario en manos de mi piadosa madre. Agua, quisiera ron, quisiera la pastilla de valeriana que en mal momento metí en el neceser que puse arriba en el guarda-maletas y ahora no alcanzo. No puedo decirle a mi vecino, que es más alto, que me lo alcance. ¡Con lo mala onda que fui cuando me senté!, me da vergüenza ahora.

Así que aguanto, y no rezo, pero casi. También me da vergüenza con Dios. Nunca voy a la iglesia, nunca rezo y justo ahora, en momentos extremos, lo busco… es oportunismo, no puedo. Así que no lo invoco, pero tengo la esperanza que me entienda y me atienda, de buena onda nada más.

Las terceras dos horas llegan junto con la calma y un ron. Voy por segunda vez al baño. Ya las turbulencias no me causan tanto trastorno. Todo parece más brillante y leo lo que quería leer desde que comenzó el viaje. Y escribo y observo lo que creo que es el río Amazonas, tan ancho, tan interminable. El vuelo se convierte en paseo. Así deberían ser los viajes, sobre todo por vacaciones. En donde la paranoia y el miedo sean opacados por las maravillas de ver una gran y tupida selva a miles de kilómetros abajo. Me hubiera gustado tener esta misma sensación al pasar por los interminables paisajes áridos, casi desérticos, que supongo eran en Bolivia. Montañas casi dibujadas, pliegues tan definidos que parecían artificiales y sin embargo eran naturaleza.

Igual, toda esta hermosa sensación de paseo es porque el avión casi no se mueve y las nubes son cúmulos a lo lejos y no amenazas que atravesamos. Pero aun así, todo estaría mejor si no viajara sola.

A eso se reduce el extremo de mi miedo. Un temor fácilmente olvidable si a mi lado hubiera alguna cabeza adormilada indiferente a mis turbulencias internas en este vuelo de minutos eternos.

La última hora y el segundo ron. Relax total e intercambio simpático con niños vecinos. No me reconozco. En un rato habrá momentos de espera en Panamá y una hora más a Medellín. Confío en el ron, mejor que la valeriana…

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