Un miércoles en la casa paterna

Tomado del blog de Andrés FornellsDon Olimpo toca el timbre. Es medio día. Espera el almuerzo que cada miércoles le dan en casa de mis padres. Beatriz, la señora que trabaja en casa, me dice que le diga por favor que espere, que hoy hay mucha gente. Mi primo y yo ya convertimos en una multitud la familia. Don Olimpo espera y mientras tanto conversa con don Pablo, el jardinero que también eventualmente almorzará aquí, cuando corte todo el pasto y desmalece los jardines; y también cuando Beatriz termine de atender a los dueños de casa. Y es que yo estoy de visita – mi primo también – , pero para todos los efectos, y después de 20 años, sigo conservando algunas prioridades, aunque don Olimpo y don Pablo sean más cotidianos y presten mejor servicio que yo, que simplemente soy hija. Una demasiado independiente y un tanto pagana, como me juzga la mirada involuntaria de mi mamá.
Don Olimpo se gana la vida caminando el barrio como vigilante; se acerca cuando mi papá o mi hermano sacan el carro del garaje, para que ningún ladrón o “viciosito” aproveche la oportunidad. Ya alguna vez, entrando, encañonaron a mi papá, le pidieron las llaves y de paso se llevaron la compra del supermercado del mes. Mi mamá siempre recuerda ese detalle con algo de pesar. Don Olimpo solo está armado con un bastón de mando de madera, aunque hace parte del servicio de seguridad que pagan los vecinos. Un señor de alrededor de 60 años y cara de abuelo que debería estar consintiendo nietos y no espantando malandros. Y don Olimpo come en la calle. No entra, se sienta en el muro del jardín del frente, con el plato metálico y lo que buenamente le dan en esta cristiana casa los miércoles, y en otras el resto de los días. A veces la comida está fría, como el desayuno de esta mañana. Sí, también desayuna aquí los miércoles. Hoy, cuando le sirvieron el café y el pan, no estaba, tenía que terminar su ronda. El alimento de la mañana quedó durante largos minutos a la intemperie; todo por la seguridad vecinal. Al igual que a la hora del almuerzo, Beatriz salió más tarde para entrar el pocillo y el plato, ya vacíos.

Don Pablo entra un rato más tarde al patio de la casa. Saluda, se queja de la gripa que le está dando a todo el mundo por el invierno. Acá las lluvias permanentes son el invierno y estos días llueve todas las tardes. Hay inundaciones en todo el país, las peores en décadas dicen los periódicos. Pero como todos los años, es previsible en dónde causan los mayores destrozos. Como siempre, las razones de la tragedia son conocidas, las víctimas son las de siempre y los responsables también.

Años de negligencia estatal y políticas de coyuntura. Ya los periódicos anunciaron que la emergencia invernal se comió el presupuesto anual destinado a mejoras en la infraestructura vial. Lo de siempre. El año próximo solo cambiarán los nombres de las víctimas, si es que alguien en alguna noticia quisiera identificar alguna. Seguramente así será; la nota de color siempre impacta más si se obvian las estadísticas y se hace de la miseria trágica de una persona, la realidad épica de una vida marcada por la adversidad.

Para la mayoría de los que leerán la novedad, en todo caso, la variación será de número y quizá del nombre de algún pueblo en donde la lluvia se ensañe con más fuerza en su frágil naturaleza y en la abandonada obra del hombre.

Alguna vez cerca a la casa de Beatriz, o de la de don Olimpo – ¿o sería de la de don Pablo? -, hubo un gran derrumbe con varios muertos. Ni idea cuántos. Pero es esa realidad a la que están acostumbrados. Ellos, siempre en el camino de la tragedia. La vida del pobre, dirán resignados cuándo se les menciona el tema.
Y acá, la nuestra. Reflejo lavado y lejano de esas inevitables consecuencias de vivir en este país tropical, que solo se manifiesta en el fastidio de estas tardes de encierro al que nos somete el invierno.

Don Pablo termina. Entra y almuerza cuando termina de cortar el pasto del jardín interior. Beatriz le sirve al lado de la mesa de planchar; y come, como don Olimpo, en un plato metálico que no se usa para otra cosa ni para nadie más en esta casa. Son porciones generosas, el trabajo es duro. Don Pablo está ahora más gordo que cuando lo conocí hace ya tantos años. Viene de siempre, ya no recuerdo cuántos años ha dedicado a recorrer el barrio, tocar timbres y ofrecer cortar el pasto de las casas de este barrio aún tan verde. Ya tiene la cabeza blanca, pero la energía parece la misma; no lo veo más cansado. En realidad creo que nunca lo vi antes.
Cuando termina, mi papá le paga, intercambian frases sobre las rosas que cada tanto se roban del jardín y se va.

Beatriz recién se sienta a comer cuando ha cumplido con los pedidos de cada miembro de este hogar ajeno. Come rápido para terminar pronto y poder irse a tiempo con todos los deberes cumplidos. La casa es grande; por eso llega a las 7:30 y a las 18 se va. Definitivamente más de las horas de ley, pero parece tomarlo con la naturalidad de una más de las condiciones de su vida precaria. Y todos callan; nadie reclama por el privilegio robado, nadie se queja por el derecho cedido.

Y yo, acusada de ser “de izquierda”, solo observo, algún trabajo le ahorro pero callo y me acomodo a este origen conservador de aspiraciones aristócratas. La semilla revolucionaria no echa raíces en la casa paterna.

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