Crónica de un comienzo o de un final

La estación de Once a las once. No parece que a poca distancia de donde espero el colectivo, hace menos de tres meses, 51 personas murieron en una de las mayores tragedias ferroviarias del país; y en el otro extremo de la plaza se siga haciendo culto a los 194 muertos del incendio en la discoteca Cromañón ocurrido en 2004. El sol y el aire frío se ponen de acuerdo y la mañana parece cristalina y ligera. Autobuses y personas parecen pasar por allí por casualidad, como si fuera lo mismo caminar por esta Plaza Miserere que por Corrientes y Cerrito. Y no es lo mismo. De Once se parte, o se llega. Se hace un quiebre, se cambia de transporte, se hace una pausa en el camino. Se busca algo, la otra vía, otro destino.

Yo espero media hora para salir. Llegar me tomó diez minutos. Partir siempre es más lento. Delante mío una señora voltea y me pregunta si ese bus va a Quilmes. Yo miro el letrero de la parada y le digo  que creo que sí. Es la primera vez que voy, así que más vale que así sea. Dice Quilmes.

Hora y media de camino en un bus interurbano, pero de cadencia porteña.  Llego para el almuerzo, un tamal prometido y guardado que quedó del cumpleaños de J., un agradecimiento eterno a lo poco que pude haber hecho alguna vez por ellos.

D. está sola con la más pequeñita de las niñas, ese aliento de vida que les llegó hace tres años cuando los conocí en esa misma casa. Menudita y tímida, con el rostro igual al de su hermana mayor, D. me explica que V. es casi un milagro; que el suyo fue un embarazo de riesgo, casi la pierde. Quizá haya ayudado que su cuerpo, más allá de esa vida errante que los mal trajo a través de cinco países, esté acostumbrado desde hace años a resguardar justamente vida. V. fue su noveno embarazo, es su novena hija.

Como con ganas, dos horas de viaje me abrieron el apetito. En la casa está otro J., el primo del marido de D., llegado hace poco, que se sienta a almorzar en silencio.  Mientras, D. me cuenta que su pequeño ejército se fue a la escuela con J. jr. que ya tiene su propia descendencia, De., un escuincle de menos de seis meses que ríe a la menor carantoña.  J.jr es el mayor de los hijos varones, él y A., la mayor, son los que más recuerdan ese periplo doloroso que los arrancó de su tierra y los tiene ahora ocupando una casa abandonada en Quilmes.

J.jr llega, saluda con algo de timidez y D. se carcajea mientras me enumera varias veces a sus hijos, para ver si alguna vez yo los puedo recitar en orden y sin olvidarme de ninguno.  A., J.jr, C., Ja., (…) G. y V.  Todavía no puedo. Hay tres, los del medio cuyos nombres aún no retengo. D., comprensiva, me dice que justo son los que nunca están cuando voy, que ya los retendré en mi mente.

En el momento en el que me explica que G, el penúltimo, apenas comenzó salita de cuatro hace poco y que todavía llora cuando ella lo deja, llega su marido con A., la mayor. Vienen de comprar materiales para su pequeña empresa de muebles artesanales, algunos tejidos con material sintético y otros de madera. Les está yendo bien “gracias a Dios”, me dice. J. acaba de comprar una camioneta para llevar los pedidos, “gracias a Dios” repite porque la moto la ponía muy nerviosa. “Es que aquí los carros no respetan a nadie” me aclara y me señala una moto desvencijada detrás de mi en la cocina.

J. entra preguntando en qué parte de la casa puede dejar los espejos. Cuando me ve, me saluda con efusividad y una sonrisa francota que no es de ocasión. Hasta sus innumerables anécdotas de su camino de exilio están impregnadas de pequeñas sonrisas cuando cualquier mínimo detalle les alegraba su larga penuria. Los abrazos que los sostenían, las palabras de aliento, las precarias ayudas, el hambre apenas paliado.

J. y A. se sientan y D. les sirve el almuerzo inmediatamente. Se sientan y hablamos de todo, la camioneta, los pedidos, los  niños, la nacionalización de YPF que debería ser del 100% enfatiza, la convocatoria al estadio de Vélez para el acto de la Presidenta, al que me dicen con lamento que no pudieron ir. La verán a la presidenta por televisión, se resignan.

Y con un café tras otro, servidos sin pausa por D., me cuentan del pico de estrés de J., su fiebre de 41 grados que los hizo correr una noche al hospital, el regaño de la médica a D. por no llevarlo antes y la escapada del hospital sin el alta. J. se ríe bajo la mirada entre divertida y enojada de D.

Todo, síntoma de los malos momentos que los hizo pasar J.jr hace un año, cuando se les gastó casi todo el ahorro y apareció con su novia embarazada, me confían con voz baja.  Por alguna parte le tenía que salir todo lo que padeció en Colombia les digo; y están de acuerdo, ya se los habían dicho.  “Pero ahora está juicioso” y la sonrisa abierta vuelve al rostro.  Le traen a De. y J. lo carga y le habla. Ya son abuelos y solo tienen 45 años.

Les digo que ya estoy leyendo el libro y que me impresionó el primer capítulo.  D. se ríe y mira a J. que halagado comienza a explicarme detalles de esos primeros recuerdos que plasmó en un gran relato de 1200 páginas para las que espera una editorial dispuesta a imprimir su memoria. La historia de su vida, la génesis del exilio.

El encuentro se acaba; J. y A. tienen que ir a llevar pedidos. Que si los espero, me preguntan. No puedo, pero prometo regresar y ellos me prometen un asado. Se van y D. me acompaña a esperar el bus de regreso.

De nuevo en Once, a esa lugar de tránsito, en una tarde de viernes, más pesada que la mañana. De regreso a una vida protegida, a un trascurrir ligero tan distinto a este sentimiento que me taladra la cabeza, llena de ellos, de ese optimismo contra corriente, de esas ganas de vivir tan desafiante, de esa burla a la tragedia que exhiben en sus miradas.

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