Su lago

Desde que lo llenaron, el lago fue su lugar favorito. Tan desprovisto de historias. Su artificio le atraía, le parecía que era el mejor lugar para descansar. Nada de recuerdos, nada que le acercara a otros, un lugar que podía moldear a sus anhelos, suyos nada más. La luna allí brillaba para ella, los fantasmas los creaba su mente, el susurro de árboles que aún no lo eran, su monstruos apenas nacían. El vacío de su cotidianidad se expandía sin más límites que ese cielo estrellado e infinito. Esa soledad profunda, esa certeza de que nadie más guiaba su propio destino.  Ahí el futuro era inasible porque no tenía pasado. Era el lugar en el que se abandonaba y la abandonaban.  En ese sendero, que la llevaba cada madrugada a esas aguas desoladas, dejaba todos los jirones de la fatal certeza de su destino, esa pesada carga irrenunciable. ¿Qué lo aligeraba? Nada, nada, le decía cada día esa extraña lucidez que no deseaba. Loca, loca, le hubiera gustado que la llamaran y así, esas buenas conciencias que dijeron amarla  solo la recordarían a través de esa primera leyenda que surgió de esas aguas que la bañaron esa última noche.

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