Crueldad

La abuela le había recomendado alguna vez echar sal en la herida para que no fuera visible la ampolla. Y así lo hizo, de nuevo. La ampolla fue reprimida pero la herida viva le carcomió la pierna durante 20 días en los que no pudo caminar por la infección. Y las aguas de ese lago sin historia tuvieron que esperarla para ser leyenda.

Metáfora real, consigna de abuela. La letra con sangre entra. Pero solo crueldad había en ello, rezagos de una dura enseñanza que la había cargado con una herencia indeseada y que aliviarían, lo sabía, esas aguas nuevas que solo esperaban por ella. Porque aguantar con estoicismo templa el carácter y endurece la voluntad le decía su madre, pero también seca el alma, había olvidado informarle.

Y el sueño le recordó ese dolor que gritaba y nadie escuchaba, y en el que su voz, ensordecida ante el pie asesino de su perro y la cruel mirada que desafiaba su alma, reventaba sin poder salir de su pecho. Un sueño intermitente, una realidad permanente.

La liberación la esperaba en ese eterno silencio bajo ese cielo sin pasado donde los árboles aún no susurraban. Solo debía tener paciencia para ese descanso infinito.

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