San Telmo prestado

Feria_SanTelmo

(En estos días volví y no me encontré nada muy diferente que esto que describí hace un par de años. Una zona histórica que se viste para el que no es de aquí.)

El domingo, San Telmo parece tierra de otros; de aquellos que llegan a buscar en esas calles estrechas la esencia del Buenos Aires de catálogo. Todo se ofrece en euros o en dólares. Fotógrafos, músicos, pintores, artesanos, coleccionistas dispuestos a vender su historia familiar. En la calle se escucha francés, inglés, alemán; español? Poco.

– Thank you, thank you. We’re going to take a break–

Sin traducción, el ‘flaco’ que toca el bandoneón anuncia una pausa. Junto a otros dos, con un contrabajo y un piano viejísimo, interpretaron una tanda de milongas y tangos.

El público arremolinado alrededor exhibe sombreros vaqueros de cuero, mejillas coloradas y bonachonas, muchas bolsas de compras, cámaras de todos los presupuestos, más grandes mientras más remoto parece el origen del personaje. El único argentino que aplaudió rabiosamente cada vez que terminaron una canción y que bailó con su pareja en mitad de la calle, exhibe tal amor filial por los intérpretes en el descanso que, con algo de desencanto, alguien alrededor dice: Ahh, era amigo de ellos.

Es que ‘los que juegan de locales’ son tan escasos en este San Telmo dominguero, que llaman la atención. Sobre todo los argentinos que aprovechan este auge turístico para disfrutar a Piazzolla sin que les cueste ‘un mango’. Algunos pasan, pocos se quedan.
Y a la mayoría de los se quedan los une una onda bohemia e intelectual, no importa si visten un jean Levi`s o una especie de bombacha gaucha hecha con los retazos de los tendidos de cama de ‘la nona’. La onda es tomar mate en la vereda, caminar con su prole para que vayan absorbiendo cultura, y quizás encontrar esa obra ‘hippie chic’ para su casa. Saben además que como son ‘del palo’ consiguen precio.

También están los que eligen venir con la familia a San Telmo, pero no consumir en San Telmo. Se comen el pancho antes de llegar a la ‘zona dura’ o entran a Mac Donalds, compran la cajita feliz para sus hijos y comienzan el recorrido. Y no es la fotografía, no es la joya del pasado, no es el compacto del músico callejero lo que buscan, es al turista. Sí, es esa muchedumbre exótica el objeto a observar. Se detienen y miran con diversión como el tanguero, con su mejor sonrisa gardeliana, le arranca unos cuantos euros al foráneo por una foto tomada con su propia cámara. Lo comentan, siguen, no se quedan.

Finalmente está aquel de Barrio Norte que sirve de guía a esos amigos que conoció cuando él mismo era extranjero. Orgulloso, se convierte en fuente inagotable del saber sobre la Argentina. De paso, les sirve de intermediario con el artista callejero, no vaya a ser que lo traten de estafar. – Dejá, dejá, que aquí nunca falta el vivo…
Esos se detienen un poco más pero tampoco se quedan.

Y entonces, la caída de la tarde es el filtro que decanta la argentinidad. Se escucha ahora la charla entre músicos y algún otro malabarista de la vida que se queda por allí. La señora cincuentona, que promocionó toda la tarde una galería de arte, ahora baila liberada al ritmo de una murga, que sigue tocando por placer para aquellos que no tienen que volver a sus hoteles. Y la estatua dorada, que nunca se llevó el viento, camina con prisa  y le grita al celular: – Cheee, ya terminé, me saco la pintura y voy, tenés birra?

Anochece, termina otro domingo y San Telmo deja de ser esa tierra de otros.

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