El cielo bohemio

Irusta ¿Agustín Irusta?, sí, lo tengo. Ya se lo pongo jefe – y corre al mostrador a buscar en la pila de cds  piratas que conforman la discoteca de ese pequeño bar.
ahhh, vos tenés mucha música, pero no sabés programar… – lo mira con los ojitos a medio cerrar que se adivinan juguetones, como el comentario.
Pero aquí viene y se le atiende como merece – responde desde el mostrador con la gran sonrisa que no se ha desdibujado desde que nos sentamos en una de las mesas que acaba de sacar a la terraza.
No me ‘lamboniés’ que no te voy a dar nada… – y ambos ríen a las carcajadas.

Son las 11 y la mañana comienza así, con esta mini tertulia, llena de nostalgia y cada vez más pasado repetido y sentido. Con tango y cerveza en un medio día cómplice, mi papá comparte uno de esos lugares a donde iba cuando nadie sabía en dónde se metía. Y es simplemente una tienda al borde de La 80, justo en donde se puede ver a la señora, a la niña y al jubilado que suben las escaleras que los lleva, a paso seguro, al otro lado de la avenida.

Hoy el sol celebra una mañana despejada con olor a tierra húmeda. Una brisa ligera diluye el olor citadino que acompaña al asfalto. Y la voz de un revivido cantor austral sale por los parlantes conectados a una vieja grabadora que todavía presume de casetera. La potente voz del rosarino llena los espacios abiertos del parquecito al lado del bar y de los cuatro metros de andén que hay hasta la calle.

Eso lo grabó aquí. No es una buena versión, le falta acompañamiento – reflexiona mientras apura un largo sorbo de Pilsen, la de siempre, la paisa.

Es para que luzca la voz, supongo – respondo por decir cualquier cosa  mientra tomo un trago de mi Club Colombia roja.

Sí, pero es solo un piano, es pobre – escucha con atención mientras mira a ninguna parte; siempre le gustaron las grandes orquestas, los acompañamientos sofisticados.

– Irusta se la pasaba mucho por acá, se mantenía por los cafés del barrio Colombia, lo conocían mucho -. Toma el segundo gran sorbo y casi termina la botella. La pone en la mesa y sonríe con placidez mientras las hojas del árbol hacen que los rayos de sol bailen sobre su cabeza blanca.

Sus 77 años y esa maldita enfermedad que va embotando su presente, lo hacen recrear cada vez con más emoción su pasado.

De pronto me mira con esos ojos pequeñitos ya de tiempo y cansancio y con su gran boca extendida hacia sus mejillas surcadas de históricas sonrisas repetidas, se complace:

Es que la vida bohemia es muy buena. Yo aspiro a llegar allá, al cielo bohemio.

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