Vida de cocina

Hay un campo santo en mi cocina. Allí ocurre, como mínimo, una masacre por día. Los cadáveres quedan en el lavaloza, en la mesada y hasta en la nevera. Aunque la enorme colonia de hormigas que la habita no acusa la evidente merma de sus miembros. Cada día aparecen renovadas caravanas que transitan senderos inventados a través de los resquicios, los fogones y cada rincón a dónde no llega el paño, el jabón o el desinfectante. Cada día hay un nuevo surco que las trae de sus hogares al mío, al que evidentemente consideran territorio de conquista.

Me levanto a hacer un café y ya han madrugado, porque claro, en la noche duermen bien; el insomnio es lo mío, no lo de ellas. Nunca las encuentro a mi paso en esas abandonadas madrugadas sin luna.

Regreso a media mañana y las hallo en la impecable tabla de cortar carne. Su pequeño tamaño convierte la superficie más pulcra en una diminuta romería alrededor de una zona de alimentos que yo no sabía que existía.

Uno de mis días debe ser un lustro para ellas, y yo debo aparecer como la previsible catástrofe natural que sucede cada temporada, el riesgo inherente que deben considerar al planear su expedición.

Dicen que la organización social de las hormigas es ejemplar y que por ello son la especie insectil más exitosa del planeta. Imagino grandes asambleas en las que debaten los nuevos hallazgos de alimentos más allá de su zonas seguras. Y en ellas deben elegir quién liderará la siguiente expedición, qué clase de alimento es prioritario y cuál será la estrategia a seguir.

Debe haber democracia en un sistema formícido – así se les conoce entre los estudiosos, especie a la que no me interesa pertenecer pese a mi atenta curiosidad por las invasoras -, aunque supongo que también una cierta jerarquía. Esa corpulenta y más larga que esta mañana flotó en la cacerola debió ser la líder de la última expedición; murió en la misión. Quizás se lleve a cabo, en este momento, una ceremonia en su honor.

La verdad es que no tuvo mucha opción de salvarse; la masacre de esta mañana fue una inundación, una especie de Tsunami que arrasó en segundos la tierra conquistada. Y allí murió junto a cientos de pequeñas seguidoras, disciplinados soldados, que jamás cuestionaron las decisiones de su jefa.

Los homenajes deben ser muy sentidos porque no hay cuerpos, solo almas flotantes de seres que murieron cumpliendo su deber. Alguna que salvó la cáscara habrá informado de la tragedia. Un duelo por quienes cayeron en la misión sin casi oponer resistencia porque se sabe, y lo dirán las sobrevivientes, no tuvieron mucho chance ante mis dedos enormes o el sorpresivo chorro de agua caliente.

Cada tanto se me enternece el alma y en vez de secos pañetazos o violentos tsunamis, golpeo la tabla contra la mesada y caen todas, que corren en desbandada y se salvan. Podrán contar entonces, y ser respaldadas por el testimonio de otras, qué forma tienen las garras de ese monstruo que periódicamente perpetra una masacre. Podrán dar fe de detalles que enriquecerán las estrategias para futuras incursiones en territorios inhóspitos pero necesarios para la supervivencia de la colonia. Podrán darle forma y contenido a la leyenda.

Legendarias deben ser, en su comunidad, estas peligrosas misiones para conseguir comida en esos lejanos paisajes metálicos y blancos. Escenarios que, sin embargo, encierran tesoros codiciados por los que casi todas están dispuestas a correr el riesgo de morir de manera infame y cruel. Su seguridad alimentaria versus mi vanidoso deseo de observar una bella, limpia y brillante cocina.

Habrán rumores, por supuesto, sobre si es un castigo de los grandes dioses (deben tenerlos, en su vida también influye la fe: no hay otra explicación para salir reiteradamente a dónde saben que existe un peligro comprobado) o son simples reglas de una naturaleza que aún no entienden desde su bi-dimensional visión del mundo.

Pero cabe la posibilidad de que no sea una misión casi militar y de necesidad; quizás solo represente una aventura de riesgo, una especie de deporte extremo, al estilo de un ‘reality’ en todo el sentido de la palabra – la muerte real es una opción – en dónde el encontrar comida solo sea un beneficio adicional. A lo mejor hay recompensa mayor para quienes asumen el riesgo de enfrentar a ese gran monstruo que les puede, en el mejor de los casos, mover el piso y en el peor de los escenarios, echarles agua hirviendo.

Si este fuera el caso, el premio debe ser descomunal porque la contrapartida es que ninguna sobreviva, ninguna veterana de mil expediciones que pueda contar lo que sucedió en la fallida incursión al exterior.

Pero creo más en el deber ser de la primera hipótesis porque la experiencia de las pocas que regresan no parece del todo inútil. En los últimos días observo que cuando la tabla con restos de manjares, tan apetitosos como peligrosos, se mueve aunque sea levemente, se percibe el afán de abandonar el terreno; muchas logran bajar e irse antes de la catástrofe, otras caen víctimas de su ambición y mueren allí convertidas en un amasijo de… ¿carne? ¿De qué están hechas las hormigas?

Hoy las encontré de nuevo en el plato de comer de Peralta, mi perro. En un primer momento vi a una más grande que cualquiera otra. ¿Quizás la hormiga reina? No, no sería coherente que hubiera una reina en una organización democrática que elige a sus misioneras en asamblea. Pero sí seguro era una hormiga jefa, supervisora quizás. En democracia, la burocracia a veces asume los privilegios que existen en los reinos.

Moví el plato y comenzaron a dispersarse; pero no vi de nuevo a la más grande y pensé que la cobardía disfrazada de jerarquía existe en todas las sociedades y los jefes se retiran ante la inminencia de una crisis. En esta caso y de acuerdo a la lógica hormigosa, la masiva base trabajadora puede ser considerada reemplazable; los jefes, los calificados, los que planean y piensan, son indispensables. A ella quizás la sacaron escoltada rápidamente ante la posibilidad de la tragedia.

Pero este monstruo se mostró magnánimo de nuevo: volteé el plato y lo sacudí. Cientos bajaron y comenzaron a recorrer el camino que ya estaba trazado y por dónde algunas más cautas habían comenzado a regresar.

Pero quedaron otras, las glotonas, las que desafiaron la inminencia del fin, las que no les importó morir bajo el tsunami que cayó en el lavaloza. Decenas de hormigas de las cuales no se sabrá nunca más.

¿A dónde irán las desaparecidas? Muchas de ellas se irán por el sumidero, otras caerán al suelo y serán barridas para terminar a kilómetros de su hogar, en un distante relleno sanitario; algunas más no abandonarán nunca esos rincones oscuros de la cocina a dónde no llega la escoba.

Las que sobrevivieron, las cautas, las que cuidaron su cáscara, llorarán en homenajes a sus finadas predecesoras que descansan, creen ellas, en este campo santo que es mi cocina.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s