Cuestión de pelos

Algo debe suceder en una sociedad en la que se pone de moda un corte de pelo militar para los hombres. Me refiero a ese horrible estilo a ras del cuero cabelludo en casi todo el cráneo menos en la coronilla, en donde el pelo crece como carpeta de crochet o pasto recién podado según la cabellera del cliente, que además lo mantiene erguido a punta de gel.

Algunos lo sofistican y alargan ese tejido enredado o ese rígida hierba hasta la nuca y convierten su cabeza en un híbrido despliegue militar y punkero a la vez. Entonces ya no solo es desagradable a la vista sino además carente de personalidad y definición. Ante tamaño despropósito visual cotidiano, mis prejuicios no aceptan el corsé con el que los mantengo a raya y se filtran por cada rendija de mi mente que en el fondo está cargada de fobias.

No imagino buen gusto ni ningún comentario inteligente de alguien que lleve ese corte; quien lo luce debe ser de los que escriben “¿k ase?” en lugar del correcto “¿Qué haces?” para saludar en una conversación virtual; debe morir por tener el magnetismo de Romeo Santos y conquistar chicas con canciones de Ricardo Arjona. Si miro con detalle su indumentaria, mínimo hay una marquilla lo suficientemente visible para que antes de acercarnos a un metro sepamos que compró prendas de marca en El Hueco, ese carísimo polo del comercio ramplón que vive de la fama de ser epicentro del ‘gangazo’. Probablemente pase sus horas y días, en realidad su vida, enchufado a través de unos auriculares a un celular inteligente – ese sí y sin ironías – mientras el mundo cae a su alrededor.

¿Cómo hemos llegado a esta tendencia fatal? ¿Cuándo se jodió el mundo? Pienso parodiando esa pregunta, ya lugar común de los descreídos. ¿Qué nos llevó a esa decadente tendencia a reflejar una personalidad fofa en superfluas demostraciones de mal gusto, que además se reproduce en cada esquina de esta ciudad sin distingo de edad?

Sin embargo algo de ecuanimidad rescato de mi cordura; respiro profundo, reconozco mi prejuicio y trato de pensar bien. Hago alarde de correcta voluntad, indago y escucho. La pluralidad ante todo. Medito y decido que el mote de ‘zurda’ que me he ganado se debe llenar de contenido y le de a la causa un margen de crédito y alinee mi conciencia y mi observación.

Un espécimen orgulloso de su mollera con una meticulosa y discreta carpeta de crochet coronando la testa me dijo, entre otras cosas, que usa un gel muy popular para domar esa cabellera hirsuta: el Moco de Gorila… Callo, respiro, lo miro sin decir nada y solo pienso que ésta es, de antemano, una causa perdida.

Trato de entender, así que reflexiono que no podía ser de otra manera. El uso de algo que se llame Moco de Gorila, de textura viscosa y que se pegotea al tacto es absolutamente coherente con el ser que elige un corte de pelo medio ‘milico’, medio ‘punketo’. La chabacanería de un rebelde autoritario; el moco de esta humanidad; el deshilache de una moda.

Y bueno, sigo sin entender esta sociedad que necesita domar algo más que unos pocos pelos. Aunque ahora tengo la certeza de que algo pasa en ella y no soy yo, mosca en leche en todo caso. O ¿cómo se explica, si no, que muchos decidan comprar Moco de Gorila para mantener el control?

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