El sueño de enseñar

Cuando era niña yo quería ser profesora. Me gustaban los tableros, las sillas con brazos para escribir, las tizas, los cuadernos y supongo que disfrutaba esa sensación de saber más y guiar a los más pequeños. Jugaba con niñas más chicas a enseñarles, a hablarles de cosas que ellas no sabían y les daba ‘reglazos’ en la mano si hacían algo mal y yo siempre imaginaba que alguna hacía algo mal. Un poco de perversión infantil e imitación. Supongo que tuve profesoras que me corregían con dolor, el mío claro está.

No tengo presente cuándo dejé que mi sueño se esfumara. Solo se que hacía ya bastante había desaparecido de mi panorama vocacional cuando tuve que elegir qué hacer con mi vida. Una mezcla de rebeldía, aspiraciones intelectuales y prejuicios me encaminaron por otros rumbos. El sueño infantil tal y como lo imaginaba quedó relegado a un pasado irreal y sin evolución.

Enseñar fue siempre esa actividad primaria en escuelas básicas y precarias. Como la que funcionaba en esa maravillosa casona de San Pelayo y que pertenecía a esa profesora de pueblo que fue mi tía Carmen, una señora que siempre recuerdo ya vieja, vestida con una fresca bata blanca y meciéndose bajo el quiosco de palma en medio de un gran patio. El mismo patio que en época escolar albergaba a la escuela primaria – ignoro si era la única – del pueblo, pero que en las visitas de vacaciones era mi escenario de fantasía, un lugar real para imaginar mis sueños.

Y ahí se quedaron, mis sueños: en esos días entreverados en la vida real, la de la ciudad, en la que era alumna juiciosa, estudiante sosa, aprendiz aburrida.

Mi papá fue profesor años más tarde. Amaba la universidad pero su verdad era demasiado tajante y su saber ajeno. Tampoco resurgió con él ese deseo infantil olvidado. Enseñar en ese momento era poder, control y algo de conflicto. Yo ya no quería dar ‘reglazos’ a quien hacía las cosas mal y las niñas a las que quería enseñar habían desaparecido en mi mente adolescente.

La docencia, tal y como la caracterizó un historiador costeño, no fue el camino para volver a enseñar; yo no quise nunca ejercerla como un rol profesional. Salvo en mis fantasías infantiles, nunca más me vi con una tiza frente a un tablero, hablando frente a otros sobre saberes repetidos en el tiempo.

Quise sí, ser periodista, ejercer periodismo, pensar el periodismo, aportar con el periodismo. Y sin querer, cuando me tracé ese camino, regresó mi sueño infantil.

Descubrí que mi profesión, mi tarea, mi trabajo tenía todo que ver con ser educadora. Que ese espacio social que había elegido como mi mundo coincidía con mi inquietud infantil que siempre rodeó mi fantasía: que lo que hiciera con mi vida tenía que “servir para algo”. Eso dejaba por fuera cualquier actividad “inútil”, palabra que ya en ese momento, y sin ser consciente, sabía que implicaba cualquiera otra que solo buscara el provecho privado. Lo mío, sin reconocerlo aún, era la público en su sentido más básico: lo que es para todos, accesible a todos, abierto para que cualquiera se beneficie. Había una vocación que muy ladinamente se abría paso dentro de mí y me iba llevando a ser “profe”.

Y así llegó esta coincidencia feliz. Ser periodista y tratar de enseñar a serlo, convertir mi experiencia en saber que pueda transmitir; crear conciencia para vivir en comunidad, para compartir y entender, para saber ser ciudadano.

Aún así, me di cuenta que ser “profe” no era solo hablar de la experiencia vivida, sistematizar el conocimiento que me dejó el errar y acertar durante años o el pensar mi profesión. El ser “profe” me volvió a colocar también en el lugar de aprendiz aplicada, de contraparte de los que se sientan frente a mi y espera que les hable, para interpelar, preguntar, rebatir, dudar. Enseñar, estoy aprendiendo, es también repensar lo pensado como lo escribió Paulo Freire.

En cada semestre aprendo cómo ofrecer lo que puedo ofrecer. Enseñar me exige escuchar, dudar de mi propia experiencia, replantear mis certezas, confirmarme en otras.

Enseñar, como sigo aprendiendo, es un intercambio alejado de la autoritaria imagen de mi sueño infantil y me ha recuperado como alumna entusiasta dispuesta a absorber la vitalidad de lo nuevo.

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