Leo, escucho, miro…  No, no encajo en este mundillo.

¡Y que desazón! que lo que me da la conciencia de ello es lo que me repele: pertenecer a esta especie dañina y auto-destructiva.

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Des-pa-ci-to

Hoy me entregué.

Decidí que le haría frente a esa marea planetaria que me robo el placer anónimo de uno de los diminutivos que más uso: despacito; es casi una muletilla en mi expresión diaria.

Sí, decidí que vería el vídeo más visto en la historia de youtube: ¡¡más de 3 mil millones de entradas!! Poco menos de la mitad de la humanidad.

Después de todo, mi pelea para no dejar que mi mente se aliene con ese ritmo pegajoso no ha tenido éxito: cada vez que llamo la atención de mi perra para que no tire de su correa y le digo ‘despacito, con calma’, inmediatamente comienza en mi mente una infructuosa lucha por no seguir tarareando pasito a pasito, suave, suavecito… 

Y eso pasa cada mañana y cada noche de mis plácidos días.

Así que hoy me abandoné a las imágenes y al ritmo de des – pa – ci – to/ quiero respirar tu cuello despacito… 

Y admiré la figura divina de esa mujer que nadie es en esta vida – me refiero a la modelo del vídeo-, ¡tienen que verla!

Disfruté – sí, disfruté – la sensual sordidez de esos lugares en los que se abandonan sin sudor a ese baile tan caribeño como provocador. Esos cuerpos atléticos, delgados, tan rítmicos, tan perfectos.

Y me maravillé con los paisajes de sueño de ese Puerto Rico bello, esas playas impecables casi vírgenes y esos lugareños simpáticos, despreocupados y alejados de los turbulentos problemas de la humanidad – ¿De verdad el mundo está tan mal? -.

¡Y canté! Dejé salir todo esas notas reprimidas que inconscientemente había ya aprendido sin darme cuenta y repetía en mi mente. Moví mi cabeza y mis hombros. Y seguí con mis brazos esos movimientos raperos que con tanta gracia realizan Daddy Yankee y Luis Fonsi: des pa ci to.

Terminé con la sensación que no estaba tan mal, que algo había ahí que arrastraba a tantos millones de personas y yo lo había experimentado. Hasta algunas frases de la letra me parecieron digamos que ‘trabajadas’; quiero decir se ‘cranearon’ frases como Firmo en las paredes de tu laberinto/ Y hacer de tu cuerpo todo un manuscrito.

Claro, después le metían  un Nos vamos pegando, poquito a poquito/ Y es que esa belleza es un rompecabezas/ Pero pa’ montarlo aquí tengo la pieza.

Y no se bien como sería eso de la malicia con delicadeza   o sobrepasar tus zonas de peligro hasta provocar tus gritos y que olvides tu apellido.

Pero esas son sutilezas, o ¿alguien esperaba poesía? Bueno, algún gobernante por ahí sí. Pero esto es diversión llana y simple, el disfrute corto de los sentidos. La ausencia de la dificultad y la complejidad. Es música e imagen que provoca un “me gusta” y ya, que se agota en la sensación de un <<Wow>> como lo explica Byung-Chul Han uno de los filósofos de moda en uno de sus ensayos: “lo único que quiere es agradar y no derrumbar” (1).

Una estética “anestética”, aquella “que se opone diametralmente a aquella experiencia negativa de la sacudida, del verse derribado (…) Donde se impone abriéndose paso el agrado, el ‘me gusta’, se paraliza la experiencia, la cual no es posible sin negatividad (2)”.

Y aquí no hay espacio para ello. Y es la idea. No hay pretensiones de trasgredir, de ‘hacer pensar’, de tocar fibras desconocidas o de profundizar en sensaciones que puedan incomodar. Es el goce por el goce en sí, desprovisto de cualquier molestia que enturbie esa burbuja de felicidad contemporánea que quieren – y lo quieren así – transmitirnos.

Eso implica un disfrute acorde. ¿Para qué resistirse?  ¿No queremos de vez en cuando distraer nuestra mente y que nos saque de esas honduras lúcidas que pueden ser dolorosas?

A ver a dónde nos lleva esta ola; ya nadaremos de regreso después. Eso sí, hay que regresar. ¡Faltaba más!

Me dejo llevar entonces, con la esperanza de que comience el exorcismo.

Y quizás, solo quizás, algún día ya no evoque más, en mis paseos perrunos,  el pasito a pasito, suave suavecito/ Nos vamos pegando, poquito a poquito (ehh ehhh).

 

(1) Han, Byung-Chul. La salvación de lo bello. Editorial Herder, 2015. Barcelona.
(2) Ibidem.

Esta ciudad no me contiene
No es su culpa
No es la mía
Su espíritu no me cubre
El mío vuela loco.

 

Mi realidad

Esta piel que no revela la edad y el deseo
Estos dolientes surcos
La vida que sucede
Las ganas inconscientes
La locura de extrañar lo que no ha sido
El amor acumulado
Apeñuscado
La risa que evade la sonrisa
El desencanto escondido
Los caminos ciegos
El honor olvidado
La caída sin gloria
Un goteo de esperanza
Esta sinrazón de intentar vivir
La luz imaginada
La tristeza que no cuaja
La soledad deseada
Encontrada
El universo de nadie
El motivo de pocos
El centro de todo

Desapego

No siento apego a costumbre alguna.

Mis amores han sido, no siempre pacientemente, construidos; no adquiridos ni heredados.

Mi lugar no es en el que nací, tampoco en el que me vi obligada a crecer. Mi lugar fue ganando espacio a medida que mis pasos lo recorrían y mis rodillas sufrían sus asperezas.

Mis afectos fueron decantándose de las deslumbrantes promesas amorosas que se apagaron en el camino.

Mi mundo es tan pequeño como los restos brillantes de una vida horadada por la entelequia de las tradiciones.

No necesito nada más, no quiero menos que eso.

Mi viejis

PascualOKHoy adelantaste una cuota vital de esa pérdida tremenda que presentí cuando me dijeron que no despertabas. Hoy partiste.

Vislumbré el fin de algo esencial al verte dormir eternamente. Tan tranquilo, tan en paz que en un primer instante solo sonreí al pensar en tu hermosa vida, en tus ganas de disfrutar hasta el final. Rememoré el último paseo, las ganas aún de correr y olfatear cada arbusto, de explorar cada charco de esas lluvias que te eran indiferente frente a la posibilidad de caminar por milésima  vez las calles que recorriste durante casi 15 años.

Pero ahora caigo poco a poco en ese letargo triste de lo irremediable. Porque ahora te recuerdo como ese compañero sin fisuras que acompañó a mi padre todos estos años, aun cuando en los últimos tiempos él ya no te reconocía. Tanto tiempo compartido, que experimentaron al mismo tiempo los cambios propios de la edad, sufrieron las mismas dolencias y así transitaban juntos hacia el final de todo.

Te adelantaste y de pronto me muestras un camino del cual no puedo desviarme; llega entonces la angustia de lo irremontable, de un futuro sin escape: la vida sin mi padre.

Sí, hoy hiciste que mi corazón doliera por este ciclo que termina. Con tu partida comienzo a enfrentarme al fin de una etapa.

Ay mi Pascual, ay mi viejis.

La página en blanco

No hay miedo ante la página en blanco; es un río de posibilidades que parece fluir tranquilo pero tiembla enfebrecido en sus honduras.

En ella se perciben mil rutas; se presienten dolores, amores, rencores, curiosidades, presencias, fantasmas. Alguna se construye, otras se posponen, aunque siempre habrá una  página virgen para ellas.

Esa es la emoción, la infinita limpieza de miles, la certeza de su existencia.

Y entonces, la libertad. Esa desprendida oportunidad de equivocarnos al romperla, llorarla, acariciarla, odiarla, avergonzarla, quererla… abandonarla.