El caso Amigorena y la humanidad

Siempre me ha sorprendido la dureza con la que algunas personas que se caracterizan por su defensa de los derechos humanos, ciudadanos y sociales, juzgan a quien muestran flaquezas, propias de su naturaleza humana precisamente. Siempre les acredito de antemano un concepto superior del ser humano, una comprensión mayor de humanidad y del reconocimiento de lo excepcional de cada uno de los miembros de esta especie a la que pertenecemos y que hace que cada uno sea titular de todos los derechos.

Esa humanidad que automáticamente les escatimo en mi apreciación a aquellas personas que defienden modelos que niegan derechos a unos muchos para privilegio de otros pocos; a quienes actúan con frialdad, egoismo y maldad y se hunden en el pantano del delito y la destrucción. No es este el caso.

Quizás yo misma peque de lo que ahora critico. Porque reconocer que todos tenemos fortalezas y debilidades implica reconocerles aspectos rasposos a quienes son esencialmente generosos y valerosos, y brindarles un atisbo de piedad a quienes no pueden superar sus miedos y se muestran temerosos ante el poder que, creen, pueden destruirlos.

¿El actor Mike Amigorena fue débil, se dejó ‘apretar’, lo pensó mejor? Que importa, solo sabemos que desde su arte -actuar – no es incondicional en la defensa por la justicia social, por la reparación de los delitos contra la humanidad o por la defensa de la universalidad en los derechos humanos. No contamos con él para eso.  ¿Hace falta defenestrarlo comparando su supuesta muestra de debilidad con el sacrificio de muchos y la valentía de otros? ¿No es injusto y precisamente ir contra esa complejidad humana, tratar de que todos respondan ante el mismo compromiso de, por ejemplo, “los compañeros caídos en lucha”? ¿No es precisamente negar que cada uno elige su propio camino y algunos no son el nuestro? ¿No es en eso en lo que debe basarse nuestra percepción superior del ser humano? No de tolerar, sino de aceptar a quien no comparte la prioridad en nuestro rumbo elegido?

A mi juicio, Amigorena cometió un error; aceptar el papel que le ofrecieron sin ponderar lo que significaba una serie como ‘El Pacto’  en una realidad política de una abierta y muy encarnizada confrontación del gobierno nacional y una parte de la sociedad con el Grupo Clarín. Un  choque que ya lleva más de tres años y cuyo capítulo alrededor de Papel Prensa no solo es quizás el más siniestro, sino que se encuentra en plena gestación en varios tribunales judiciales.

Renunció, atrasó el proyecto, esa son las consecuencias y los riesgos de sus decisión profesional. Lo otro, es simplemente la reacción de un ser humano que no midió consecuencias y que, como cualquiera, no vive en soledad y responde con distinta calidad a los desafíos de la vida que asumió vivir.

Ojalá todos le diéramos la misma prioridad a la lucha por los derechos humanos y colectivos; el camino no sería tan largo y tan tortuoso. Es más, no sería una lucha, solo sería una realidad.

Qué periodismo hacemos – a propósito de Sarlo –

Esta semana leí y escuché mil y una refutaciones y críticas a los argumentos de la intelectual Beatriz Sarlo en su participación en el programa de opinión 678 del canal público argentino. Todas bastante convincentes y con fundamentos basados en datos concretos. La nota del periodista Horacio Verbitsky de hoy es una buena muestra. El análisis de otros invitados al mismo programa como el historiador Norberto Galasso (minuto 37:05) el sociólogo Alberto Quevedo (ver minuto 39:25), la misma periodistaNora Veiras (minuto 42:06) o el fiscal federal Félix Crous (minuto44:22) también dan muestra de una lectura juiciosa de su intervención.

Un poco cansada en todo caso de tanta reiteración en aras de desmenuzar sus palabras y demostrar que no fue tan contundente como la quieren mostrar, me pregunté ¿por qué si estuvo tan floja de papeles en sus argumentos y obviedades, afirmaciones ligeras sin sustento fáctico, produjo tanta hilaridad y triunfalismo entre sus seguidores y opositores al gobierno nacional?

No creo que sea la única respuesta pero algo me quedó claro, y es que uno de los grandes defectos de los programas periodísticos en la actualidad es la falta de preparación para ejercerlo y de auto crítica. Y es que para mí, Sarlo fue exhibida como ganadora simplemente porque se paró en la seguridad de su discurso; sabía que desde su palabra académica podía revestir de rigurosa su crítica visceral al kirchnerismo. Tenía el entrenamiento, y los miembros del panel le fueron funcionales.

Sabía, por ejemplo, que podía hablar de estudios que dicen que el 70 por ciento de los argentinos no hablan de política jamás, porque nadie en el panel estaba en condiciones de rebatirle en los mismos términos el dato y que la respuesta, como fue, se la iban a dar desde la militancia. Con los días aparecieron mil preguntas, cuestionamientos y refutaciones calificadas,  pero en ese momento no. Nadie tenía el sustento de una formación en opinión pública. Peor aún, ninguno le preguntó lo obvio, ¿cuáles son los estudios que arrojan esos datos?. La repregunta, una cuestión de periodismo básico, tan ausente aquí como en los programas del grupo Clarín cuando se entrevista a un personaje opositor al gobierno.

Hablar del proyecto nacional y popular, sus logros  y repetir el discurso militante es responder en un canal distinto que no reconocen y que adjudican a un periodismo adicto, el que, según el auto-denominado”periodismo independiente”, hace 678. O sea, era más de lo mismo frente a un desafío que no estuvo a su altura, el que les imponía una “intelectual crítica”.

Lo cierto es que la seguridad con la que Sarlo retóricamente ‘ganó’ el debate, tuvo su correlato en la falta de preparación de parte de sus anfitriones. Solo uno de los invitados y un panelista hablaron con el antecedente de haber leído su libro La audacia y el cálculo, su visión de Néstor Kirchner y el kirchnerismo. Uno de los panelistas, llegó incluso a reconocer no haberlo leído y solo conocer su pensamiento a partir de columnas de opinión. Una falta de preparación un poco soberbia. No se, ¿no era necesario empaparse de la obra de una invitada, que además iba a hablar críticamente de lo que defienden programa tras programa? ¿Bastaba con ser unos convencidos “del modelo” y tener un discurso armado? Otra falencia de periodismo básico.

Lo cierto es que el debate sobre el debate, también ha sido sesgado. Los defensores del gobierno nacional han cargado las tintas contra las imprecisiones y el relato amañado de Sarlo, pero poco o nada han dicho sobre las carencias de un panel un poco autocomplaciente y de discurso monocorde.  Y los feroces opositores al gobierno nacional, se regodean en enaltecer a una intelectual del palo, sin detenerse a examinar las profundidades y las certezas en el discurso de una persona que se vanagloria de su rigurosidad intelectual.

En ambas veredas solo hubo ejercicio del periodismo sin cuestionar su propio rol y en defensa de intereses, en un caso ideológicos, en otros, más oscuros, corporativos.

Recordé las ausencias

Hoy siento incomodidad y una especie de tristeza que me estorba en el pecho. No hay mejor sensación que la felicidad y la ligereza de sentir que todo esta bien. Pero hoy no está todo bien. Mejor dicho, no ha estado bien para mucha gente durante demasiado tiempo y hoy lo recordé. Recordé las ausencias. Me las recordó ese testimonio tremendo de Victoria Montenegro en el juicio que se lleva a cabo en Buenos Aires por apropiación de bebés. Ella fue una de esas bebés. Hija de desaparecidos, criada por su apropiador; un coronel que, según su propia confesión, asesinó al padre de Victoria.

La noticia hoy no era ella directamente. Era la complicidad y el encubrimiento de un fiscal, aún en ejercicio, que retardó que ella descubriera su identidad.  De esta historia me impresionó la amplísima red de complicidades y encubrimientos que, según se atisba en su testimonio, existe en ese poder que administra justicia. Aunque se sospecha, siempre impacta conocer cómo se opera desde ese lugar en el que se encuentran quienes  deberían velar por la legalidad y los derechos humanos y ciudadanos.  También me impresionó el adoctrinamiento al que fue sometida desde que era niña:

Yo lo que sabía era que en Argentina hubo una guerra, en ese momento yo consideraba a Herman como mi papá, para mí la subversión se estaba vengando de ellos que habían sido soldados; que los desaparecidos eran mentira. Pensaba que no eran personas físicas, sino un invento de las Abuelas”.

Tetzlaff le dijo que lo primero que hacía la subversión era dañar a la familia, núcleo vital de una sociedad sana. Que las Abuelas instaban las dudas para crear miedo. “Por eso para mí eran todas unas mentiras: yo era hija de él y estaba convencida de que todo era un invento.

“La causa no sé qué era exactamente, pero era una bandera celeste y blanca; ellos eran los buenos, había una causa nacional; era el olor a cuero, las botas, la familia cristiana, la misa, cenar afuera porque Mary no cocinaba, para mí ésa era la familia: los restaurantes llenos y Herman que terminaba las conversaciones con la 45 arriba de la mesa diciendo: ‘Yo siempre tengo razón, y más cuando no la tengo’”.

Ahora releyendo esto, me doy cuenta que esta sensación que no me deja tranquila hoy, es la misma que sentí cuando por primera vez me conmocionó “ver” las ausencias en esa exposición del fotógrafo Gustavo Germano.

Esa presencia permanente del que ya no está.

http://ausencias-gustavogermano.blogspot.com

La noble Argentina

Esta imagen impensada hace un par de años habla de que algo está cambiando en esta Argentina. Por suerte.

Cuando llegué a este país, ese librito blanco de letras rojas era una rareza, no circulaba, no se vendía. Estaba casi proscrito. Me lo mencionaban y era una especie de leyenda, como su autor.

Conocí algo de la historia de Pablo Llonto por gente que lo conocía cuando trabajó precisamente en ‘el gran diario argentino’. Una historia de lucha solidaria y sobre todo de coherencia y fidelidad consigo mismo. Llonto matuvo una larga pelea judicial contra el diario por su despido cuando era representante gremial. Todo esto y seguramente la publicación del libro lo llevó a ser considerado casi mala palabra, no solo en Clarín sino en muchos medios que por identificación corporativa vetaban su nombre (y de paso su libro) solo por no enemistarse con el diario de La Noble Ernestina.

Mi admiración tuvo un primer contacto directo cuando leí una crónica que escribió sobre los Pumas, la selección de rugby de este país. Me gustó esa tendencia a derribar ídolos y a cuestionar las construcciones mediáticas alrededor de verdades aparentemente incuestionables. Iba contra la corriente. Después supe de su lucha por los Derechos Humanos y su participación como abogado en causas de desaparecidos durante la dictadura.

En fin, este no pretendía ser un post de homenaje, de exaltación ni nada por el estilo. Solo me causó una gratísima impresión encontrar su libro en una de las librerías más comerciales de la ciudad, exhibido al lado de uno de los escritores que más vende… Una visibilidad que se merecía, aunque no se si al lado de Andahazi…

Un poder, otrora intocable, al fin cuestionado.

Una indiferencia deseada

Desde la semana pasada, la Argentina es un mejor país para vivir. Eso fue lo primero que pensé cuando el jueves me desperté con la noticia de la aprobación del matrimonio igualitario. El primer país en América Latina, el décimo en el mundo. De avanzada. Ayer se promulgó y hubo un acto en la Casa Rosada, pero la celebración es cotidiana. A mi juicio esto significa el comienzo de un cambio que supera por lejos el reconocimiento legal de derechos legales iguales para todos. Creo que el amparo de la ley dará visibilidad a situaciones de hecho, que de a poco se verán en la calle. Se incorporarán a la cotidianeidad. La deseada indiferencia llegará también para las parejas del mismo sexo, como escuché que era el deseo en una de las cartas que se leyeron en el Festival Sí, quiero. Esta será una sociedad en la que ya no se discutan las relaciones privadas en público.

Pero, aunque fue una sorpresa la aprobación en el Senado, incluso para militantes de la causa,  me parece que si un país de Latinoamérica debía llevar la batuta en esto, ese sin duda, debía ser la Argentina. En este país se respira indiferencia. En el mejor sentido. También en el peor, pero ese es otro asunto. Aunque pensándolo bien, debo circunscribir esto a la ciudad de Buenos Aires, que es el ámbito que conozco.

Hay, por supuesto, bolsones conservadores, que todavía mantienen a sus caballeros templarios en cruzadas mediáticas, y de otras que no confiesan. Pero su fracaso en este caso, fue un triunfo de una ciudadanía mayoritaria que confirman una teoría que comencé a formarme cuando llegué aquí hace años. La gente acá se relaciona con irreverencia, informalidad y una alta dosis de individualismo.  Y eso, que genera un caos formal, muchas veces indiferente a cualquier conducto regular y que provoca un irrespeto a las jerarquías y a las formas, está también en la base de una relación de igualdad de trato, de relación horizontal. Una relación en la que la circunstancia del otro me es indiferente y que a la larga, filtrada por algún criterio de análisis, se ha convertido en el reconocimiento de la diferencia.

Me parece a mí, qué se yo… los viajes en bus a veces son muy largos en esta ciudad.

Un cinturón de La Rioja

– ¿Contenta en este país? ¿Te gusta?

– Sí, me gusta vivir en Buenos Aires. Como en todas partes hay cosas que son mejores aquí y otras que no…

Pura formalidad. No quería ahondar en lo que llevo casi ocho años repitiendo a quien no entiende qué diablos hago aquí ‘si tengo el Caribe’ que en realidad no importa mucho, podría ser el mar Egeo o el desierto del Sahara…

– Yo te voy a decir cuál es la característica de este país, que a mi modo de ver es negativo…

Mi interlocutor tenía ganas de romper el hielo. Supongo que sabía que yo no era la periodista que quería mostrar su mejor cara.

– Hay básicamente dos argentinas, la del litoral y la del interior. La primera es la más europeizada, gente que vino a trabajar. La del interior mezcla la tradición indígena y la herencia hispánica… bueno, nosotros tomamos lo peor de ambas culturas.

Y así comenzó el abogado, muy distinguido él, en una larga disquisición sobre la terrible herencia argentina.

Décimo piso en plena avenida principal. Ubicación estratégica. Alfombra mullida, madera oscura, páneles de vidrio esmerilado, muebles de líneas rectas de un muy lustroso y grueso cuero color café. Estantes repletos de libros uniformes, pero de lomos gastados por el uso. Se nota que había intelectuales que no perdían la forma allí.

– Aunque no lo creas en este estudio todavía nos queda ética. En este país se ha perdido todo.  Mirá, en todas las sociedades existe la corrupción, en mayor o menor grado. Pero acá es general, en lo cotidiano. La sociedad es corrupta. Y sobre todo la clase media; aunque yo soy de clase media. Acá el grado de corrupción lo limita la oportunidad. Nada más.

Lo decía todo con tanta lógica razonada, sin apasionamiento, que parecía diseccionando analíticamente las causas del comportamiento social de los habitantes de Bora Bora. Entre un sorbo de café y uno de agua, la descripción aséptica solo causaba en mí movimentos de cabeza de amable escucha y una que otra sonrisa. Era un señor tan amable…

-Yo la verdad, no se lo que hago en este país, si todo lo que quiero está afuera.

– …

– Mi hijo y mis nietos están en Estados Unidos. Lo únicoque me queda en este país es un cuñado que no quiero ver… y mi mujer – sonríe.

Sonrío yo también, dándole a entender que entiendo el chiste. Siempre es bueno celebrar las típicas bromas de los hombres sobre la presencia de una mujer como ese destino inexorable que les tocó en suerte.

– En realidad, lo único que tengo argentino, es este cinturón que compré en La Rioja – me señala su cintura.

Siguió un buen rato con su argumentación anti – país, pero yo me quedé con su cinturón de La Rioja. Me hubiera gustado examinarlo, un objeto exótico en ese entorno…

– Bueno, te dejo para que leas tranquila y tomes las notas que necesites… ¿Cuándo sale?

Mañana.

Creo que era mi décimo sexta palabra después de casi dos horas…

Ahh bueno, porque me voy pasado mañana por 15 días para Europa. Viajo cada vez que puedo.

Un muy buen rato después, cuando desperté del letargo que me produjo la altura de ese décimo piso, desde donde se contemplaba una ciudad majestuosa; sobre todo porque sus moradores se consideran algo así como la aristrocracia criolla (sí, criolla a pesar de ellos), pensé que está bueno eso de considerarse de clase media y poder irse para Europa por antojo. Y me dije: a esto se deben referir quienes tantas loas le dedican a la gran clase media argentina… Con razón, pensé.