Re visita

colisiónSalí de casa con mi antiguo ejemplar Cantiga de José Manuel Arango en la mano. Los 25 minutos que demoré hasta llegar al Planetario me fueron suficientes para repasar, después de un par de décadas, los poemas de quien sería exaltado durante un par de horas en medio de estrellas y planetas virtuales. No recordaba sus palabras; tuve una sensación sombría, cruda, casi triste y me replanteé entrar a ese domo que tampoco visitaba hace más de veinte años. Pero logré llegar entre cansados trabajadores y estudiantes excitados por el fin de semana que, a esa hora, atropellan en el metro.

Todo se calmó en ese espacio reverencial que nos enfrenta con nuestra insignificancia universal, incluso el cansancio de los otros y la fiesta de los más jóvenes. El domo del Planetario es infinito, es un cielo redondo que parece comenzar donde se cree que termina y donde los pensamientos y las palabras parecen todo. “Hazla ver la estrellas” le aconsejó una madre a un hijo ansioso en su primera cita. La llevó al planetario y la penumbra interminable fue felicidad.

Dos pequeñas mesas que se iluminaron en medio de estrellas y planetas traen de nuevo al poeta y entonces me reencuentro con esa niña de 20 años, pero no con esta mujer que soy. Y me sorprende sentir que la Medellín que evocan a través de él ya no está; se le rinde homenaje al personaje de entonces con algunas voces de antaño pero sobre todo con el oído de quien escucha el pasado.

Y aquí estoy, intentando recuperar un poco de esa ciudad que conocí en ésta nueva que, para sorpresa que no debiera ser, ya no conozco. O quizás solo era la efímera ilusión de la que quise que fuera. Quizás nunca existió ese lugar. Por más que me esmero no veo en estas caras la vieja familiaridad de los conocidos, no huelo en este ambiente el aroma de lo afín, la cómoda sensación de estar en el lugar que me debería ser natural. No me encuentro con esos desconocidos de muchas tardes. Veo miradas ajenas sin la amable sonrisa a esta extraña de siempre.

Hace 40 años, dicen los presentadores, el poeta de esos comienzos interrumpidos publicó sus primeros poemas en ‘En este lugar de la noche’. Después de varias lecturas, remembranzas y una solemnidad que parece que rodeara a la poesía – ¿o al homenaje a los muertos? ¿es solemne la poesía? – encuentro lo justo en esas palabras re-visitadas:

no hay huellas: todo
pudo no haber sido
el mar repite su sílaba redonda

y solo queda la piedra
que soportó las migraciones de las aves
los giros del viento

desnuda
en la roja mañana
a la que el jaguar despierta

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El cielo bohemio

Irusta ¿Agustín Irusta?, sí, lo tengo. Ya se lo pongo jefe – y corre al mostrador a buscar en la pila de cds  piratas que conforman la discoteca de ese pequeño bar.
ahhh, vos tenés mucha música, pero no sabés programar… – lo mira con los ojitos a medio cerrar que se adivinan juguetones, como el comentario.
Pero aquí viene y se le atiende como merece – responde desde el mostrador con la gran sonrisa que no se ha desdibujado desde que nos sentamos en una de las mesas que acaba de sacar a la terraza.
No me ‘lamboniés’ que no te voy a dar nada… – y ambos ríen a las carcajadas.

Son las 11 y la mañana comienza así, con esta mini tertulia, llena de nostalgia y cada vez más pasado repetido y sentido. Con tango y cerveza en un medio día cómplice, mi papá comparte uno de esos lugares a donde iba cuando nadie sabía en dónde se metía. Y es simplemente una tienda al borde de La 80, justo en donde se puede ver a la señora, a la niña y al jubilado que suben las escaleras que los lleva, a paso seguro, al otro lado de la avenida.

Hoy el sol celebra una mañana despejada con olor a tierra húmeda. Una brisa ligera diluye el olor citadino que acompaña al asfalto. Y la voz de un revivido cantor austral sale por los parlantes conectados a una vieja grabadora que todavía presume de casetera. La potente voz del rosarino llena los espacios abiertos del parquecito al lado del bar y de los cuatro metros de andén que hay hasta la calle.

Eso lo grabó aquí. No es una buena versión, le falta acompañamiento – reflexiona mientras apura un largo sorbo de Pilsen, la de siempre, la paisa.

Es para que luzca la voz, supongo – respondo por decir cualquier cosa  mientra tomo un trago de mi Club Colombia roja.

Sí, pero es solo un piano, es pobre – escucha con atención mientras mira a ninguna parte; siempre le gustaron las grandes orquestas, los acompañamientos sofisticados.

– Irusta se la pasaba mucho por acá, se mantenía por los cafés del barrio Colombia, lo conocían mucho -. Toma el segundo gran sorbo y casi termina la botella. La pone en la mesa y sonríe con placidez mientras las hojas del árbol hacen que los rayos de sol bailen sobre su cabeza blanca.

Sus 77 años y esa maldita enfermedad que va embotando su presente, lo hacen recrear cada vez con más emoción su pasado.

De pronto me mira con esos ojos pequeñitos ya de tiempo y cansancio y con su gran boca extendida hacia sus mejillas surcadas de históricas sonrisas repetidas, se complace:

Es que la vida bohemia es muy buena. Yo aspiro a llegar allá, al cielo bohemio.

Papas fritas

Con la noche tan fría, mis ojos iban clavados en la vereda tratando de equilibrar entre mantener la correcta dirección de mis pasos y proteger mi rostro de las afiladas corrientes de aire húmedo. Frené un poco cuando me topé con un par de botas de un pantalón rayado, de esos que se compran en una feria americana. A su lado unas gruesas medias de lana, que enfundaban unas gruesas pantorrillas, evitaban que pudiera sobrepasar a la pareja que se reía y caminaba como en la más cálidas de las noches primaverales que todavía resisten el calendario oficial.

El andén era estrecho y en la calle pasaban los autos, así que tuve que acompasar mis pasos a los de la alegre pareja; y entonces los escuché.

– …no podían creerlo (risa ahogada) me miraban como a un bicho raro.

La chica de las pantorrillas solo reía.

– Me encantó escandalizar a esos burgueses. Imaginate comer papas fritas de bolsa caminando por Cabildo y Juramento. Porque allá sí comés papas en la calle, pero Pringles, no fritas de asado…

La chica a la que aventuré observar lo miraba con ojos risueños y adoradores, mientras seguía sonriendo.

– Me encanta ir a escandalizar en esos barrios burgueses!! – concluyó satisfecho el hippie cool que seguramente debía tener un tatuaje del Che o de Bob Marley y una gran imagen de ganja o del padre Mujica en la cabecera de su cama, en una habitación de Caballito, ese barrio que, 10 años tarde, me vengo a enterar es un reducto de la lucha popular.

Y la chica reía cada vez más sonoramente. Y yo entonces me arriesgué con los autos.

El dolor de esa familia. Y yo. La culpa no da tregua. Ese duelo que no es mío. Deambulo sin creer que no puedo hacer nada. No puedo hacer nada. Ya no están y todavía siento ese calor sin vida. No hay mayor soledad, no hay descanso.

Ponga la basura en su lugar

Según la ONG Greenpeace, el gobierno de Mauricio Macri no ha implementado la Ley 1854 o de Basura Cero, sancionada para la ciudad de Buenos Aires desde noviembre de 2005, reglamentada en el 2007. Al contrario, la quiere enterrar y culpa de su fracaso a los vecinos de la ciudad. La ley prevee una reducción de residuos del 30% para 2010 y 50% para 2012, tomando como base lo que se había enviado a los rellenos durante el 2004. También se beneficiarían los cartoneros, pues de acuerdo a la ley tendrían prioridad en el proceso de recolección de los residuos secos, y en las actividades de los Centros de Selección.

Según autoridades de la ONG en el nuevo proyecto de licitación que el gobierno de la ciudad enviará a la legislatura, “Macri propone volver al viejo sistema de recolección de pago por tonelada… (y será) el negocio de las empresas recolectoras que cobrarán cuanta más basura se genere”.

Actualmente la ciudad de Buenos Aires produce alrededor de 5 mil toneladas diarias de basura que son llevadas a rellenos sanitarios en la provincia de Buenos Aires, que además se están saturando. Y ya hemos escuchado y leído sobre las consecuencias y las protestas que produce la creación de nuevos rellenos.

Como la ley de Basura Cero propone como principio la separación primaria de residuos, yo ya me compré una segunda caneca de basura. Hay que empezar por casa…