Un milagro para Diógenes

Un cura sin parroquia, un padre a pulmón

(Texto original del artículo publicado en el periódico mensual Universo Centro)

Diógenes es sacerdote y tiene un hijo. Un milagro los ensambló como la única familia que han conocido. Al menos, así lo cree este cura sin parroquia que no tiene otra explicación para sus vidas, la de él y la de Joseph, dos sobrevivientes de una sociedad intolerante que condena a inocentes.

“A veces sueño. Sueño muchas veces con tomates. Entonces pienso que llevaban tomates en un camión de Urrao y que me monté en uno que iba para el mercado de Abastos y resulté allá”. Y allá es la calle del Cartucho en Bogotá, esa zona de miseria que durante 40 años fue tierra arrasada a solo dos cuadras de la Casa de Nariño, donde niños y adolescentes difícilmente superaban la existencia a punta de aspirar pegante ‘bóxer’ y cocinol, fue el escenario de los primeros recuerdos que el padre Diógenes tiene de su niñez

“Yo no tengo recuerdos de mi niñez, de esos tres años y medio lo que te puedo decir es que era adicto al ‘bóxer’. No me acuerdo si marihuana o esas cosas, no me acuerdo de nada de eso. Sé que tomaba bóxer y cocinol. Aspirábamos eso y eso lo trababa a uno, así aguantábamos el hambre y el frío”.

El ‘paisita’, como le decían cuando llegó a Bogotá, debió tener escasos cuatro años cuando emprendió su viaje a ese inframundo en el imaginado camión de tomates desde el puerto de Bolombolo en el suroeste antioqueño. Allí lo había dejado una señora a la que le habían pagado para que lo cuidara desde que nació en el municipio vecino de Ciudad Bolívar. “Con el tiempo le dejaron de pagar. La señora era de edad, de demasiada edad. Y ella me llevó llena de achaques y de enfermedades y me dejó ahí, junto al puente. No sé cuántos años tendría yo. De eso me enteré después.”

Lo que sí recuerda el sacerdote son los dos balazos que se ganó cuando tenía 6 o 7 años y trataba de palear el frío bogotano debajo del puente de la 26. Ahí lo alcanzó otra realidad nacional, un movimiento de limpieza social autodenominado ‘muerte a indigentes’ que por la época, 1978, lo hizo blanco de su política de exterminio. “Esa época difícil cuando mataban a los indigentes porque estaban proliferando”, explica con un tono diáfano como si no estuviera hablando de su propia sentencia de muerte de la que le salvó el Dios que aún no había encontrado.

La misma locura de muerte que le arrebató la familia a Joseph en el Urabá antioqueño en el 2005 y lo empujó literalmente a los brazos del padre Diógenes. Porque fueron tres meses en los que el sacerdote tuvo a un Joseph enfermo y débil entre sus brazos y aferrado a su pecho y a la vida. ‘Cangurearlo’ dice, era la única posibilidad para que ese bebé, de menos de dos meses con hipotermia, sobreviviera;  no podían dejarlo en una incubadora que otros con más esperanza de vida necesitaban. Eso le explicaron en el Hospital San Vicente de Paul cuando fue convocado de emergencia una noche para que lo bautizara y el bebé no muriera como NN. Joseph era huérfano de una masacre y además sufría de Leucemia Linfoide Aguda Congénita.

En el 2005 hubo una matanza en Urabá donde los  paramilitares asesinaron a 39 miembros de una familia. Solo un bebé sobrevivió, explica. El padre prefiere no entrar en detalles sobre su hallazgo “porque es parte de la historia de mi hijo y es parte de las circunstancias que debo callar por su seguridad”. Lo que sí detalla es que el Ejército encontró al niño y lo trajo al San Vicente de Paul cuando todavía no había cumplido dos meses, le faltaban seis o siete días.

“Llegué alrededor de las nueve de la noche en una moto desde Guarne. Cuando fui a bautizarlo, estaban también unos señores de Bienestar Familiar y me dijeron: Padre, el niño ya se va a morir, no queremos que quede como NN, póngale un nombre y póngale unos apellidos. Le puse Joseph, que significa ‘Dios proveerá’; yo siempre he admirado a San José.” El padre Diógenes se permite entonces, en medio del crudo relato, una humorada religiosa, “San José es el santo más noble y justo, es el único que ha levantado a los hijos de los demás y no chista para nada”, y ríe con ganas.

Sigue explicando la razón del nombre y con entusiasmo casi infantil explica que además del motivo religioso también le gustaba por Joseph Blatter, el presidente de la FIFA. Y aún en la urgencia, sucumbió a esa costumbre tan colombiana de rendir homenaje a los ídolos: “Me fascinaba Michael Joseph Jackson, me encantaba Karol Józef Wojtyła, y de casualidad el papa era Joseph Ratzinger”.

Así que lo bautizó Joseph, le puso sus propios apellidos y sin intención lo convirtió legalmente en su hijo. Cuando regresó al día siguiente Joseph había sobrevivido, seguía en estado crítico y lo iban a sacar de la incubadora de cualquier manera. Sin guardar mucho las formas decidió entonces darle una oportunidad de vida y se lo llevó a la Fundación que dirigía en ese momento, dedicada a darle un hogar de paso a niños con leucemia. “Me lo dejaron llevar porque se iba a morir. Lo tuve tres meses en el pecho. Además hubo una persona muy especial que tuvo un bebé al que nunca le gustó la leche materna y toda la disfrutó Joseph.”

Sin querer, el sacerdote repetía su propia historia. Casi treinta años atrás, otro sacerdote, el jesuita Bernardo Díez le dio al ‘paisita’ de la calle del Cartucho la posibilidad de dejar ese mundo de hambre y miseria y se convirtió en la única figura paterna que Diógenes conoció. El ‘paisita’ que ya debía tener siete u ocho años y llevaba más de tres en la calle, fue recogido por la policía en una de las típicas ‘batidas’. Lo llevaron a una estación de policía, “no recuerdo bien si era la cuarta o la quinta, una que quedaba al pie de Monserrate, nos pusieron debajo de esos chorros de agua, nos bañaron con jabón Rey y nos motilaron. Yo estaba muerto de frío tomándome un chocolate caliente cuando él apareció.”

El ‘paisita’ no sabía su nombre, no tenía idea cómo había llegado a Bogotá y de dónde era, pero tenía claro que no quería seguir viviendo en la calle. “Nos dijo que si queríamos tener una casa, que si queríamos tener alguna comodidad. Y yo pienso que cuando no naces para estar en la calle, no estás en la calle. ¿Si me entiendes?, y yo no quería estar en la calle, me fui con él.”

El padre Díez no solo le dio techo y comida en un orfanato manejado por monjas, también le devolvió su identidad.

Aunque Diógenes no recuerda con alegría a las religiosas, “porque son las personas más horribles del mundo. Son las comunidades que más dinero tienen y las que más te humillan. Y allá era una humillación tras humillación, tras humillación, tras humillación…”, sí comenzó a decirle papá a Díez, el hombre que, como él haría años después con Joseph, le dio un nombre y una historia. Y por él, dice, soportó el maltrato: “yo no quería volver a la calle”.

A través de sus huellas digitales, el jesuita averiguó los registros de ese niño que una vez apareció en Bolombolo abandonado al lado del puente. Así supo que fue hijo ilegítimo de dos personas que provenían de familias muy ricas. “Mi mamá era una persona casada que se encontró con un hombre casado y de esa relación en el 71 ella quedó en embarazo; ese fue el problema más horrible en Envigado.” Cuando pudo reconstruir su historia y su condición de sacerdote le abrió las puertas para poder revisar archivos y hablar con gente clave, supo que a su mamá la habían mandado a un pueblo que se llama Ciudad Bolívar. “Allí nací y le pagaban a una señora para que me tuviera, porque mi mamá ‘nunca estuvo en embarazo’, se le podía dañar el matrimonio; aunque después se le dañó igual”, relata con una sonrisa un tanto amarga.

Su nombre y sus apellidos, dice, son los que estaban en el registro que encontraron en Ciudad Bolívar y que insólitamente eran los de sus padres verdaderos. El padre Diógenes no se lo explica, pero tampoco demuestra gran curiosidad por develar ese misterio, como si su historia quedara saldada con el consuelo que le dejó, años después, saber que su madre lamentó siempre su pérdida porque había sido obligada a abandonarlo.

Con el apoyo y el aval del Padre Díez, el jovencito Diógenes estudió. Vivió también una difícil adolescencia en el barrio Las Cruces, pero como quería estudiar, aguantó y terminó el bachillerato. Quiso ser médico, se ganó una beca para estudiar ingeniería industrial, pero su situación precaria lo llevó de manera práctica a decidirse por el Seminario. Su único capital era el apoyo de ‘su papá’, el sacerdote Bernardo Díez, y aunque en ese momento no sentía vocación sacerdotal fue la única respuesta que encontró a la pregunta “¿Cuál es el lugar en donde te dan estudio, te ayudan y te dan comida?”.

Pero aunque la calle había quedado atrás, sus secuelas lo siguieron. Secuelas sociales como el estigma de su procedencia; secuelas físicas como la Leucemia Linfoide crónica que le descubrieron cuando ya ejercía como sacerdote; y secuelas en su carácter, pues su falta de sumisión hizo que lo expulsaran de cuatro seminarios y que su ordenación haya sido casi un milagro.

“Papá me avalaba para ingresar en los seminarios, pero cometía un error y era que siempre contaba mi historia, mi procedencia”, explica. Así que al aspirante a sacerdote que solo quería estudiar filosofía lo ponían siempre a hacer los peores trabajos. “Como eres de la calle, tienes que trabajar más duro. Hay que domar el espíritu”, le replicaban cuando se quejaba. Y entonces mandaba a sus superiores a domar a sus respectivas madres. El padre Diógenes se sonríe cuando lo recuerda, como quien rememora una acción épica.

En el último claustro que estuvo además llegó a golpear a su Director, en la actualidad un reconocido arzobispo de quien prefiere mantener en reserva el nombre, no tanto para protegerlo como para no seguir sufriendo la marginación a la que lo condenó tras haberle puesto los dos ojos morados.

“Recuerdo que papá me llevó a uno, me presentó al rector, le dijo lo mismo que decía siempre. El rector me acogió con mucho cariño, fue una persona espectacular durante dos o tres meses, me daba ropa. Y algún día se me metió al cuarto y quiso abusar de mí. En el forcejeo y en la pelea, pues obvio yo ya estaba grandecito, le puse los ojos negros, le saqué una tabla a la cama y le di una ‘maderiada’. Al otro día hubo consejo en el Seminario y a mí me expulsaron porque el rector era una persona idónea y yo era un muchacho que venía de la calle con muchos problemas y mentiroso.”

El padre Díez nunca le creyó pero tampoco lo juzgó y siguió respaldándolo aunque las puertas del sacerdocio parecían cerrársele cada vez más, al menos en Colombia. En medio de su periplo, el joven Diógenes había visto literalmente la luz de su vocación y había decidido que sí quería ser sacerdote. “Hubo un momento, cuando todavía estaba estudiando filosofía, eso lo llamamos el toque de Dios. Alguna vez, con los ojos abiertos, a las 8 de la noche de un martes, en un lugar en dónde estaba escampando cuando iba para un seminario, una mujer muy hermosa me habló, me dijo que siguiera adelante que ella quería verme como su sacerdote. Al principio no entendí quién era, fue difícil para mí entenderlo. Pero siempre fui devoto de María auxiliadora y sé que fue ella la que me habló. Me dijo que iba a tener muchos tropiezos. Fue extraño. Era una mujer que no se mojaba en medio de ese aguacero. Una luz muy hermosa, divina. Y me dijo ‘sigue adelante no te desesperes’.”

Así que, sintiéndose renovado, la siguió peleando. Vagó entonces por algunos países vecinos en busca de seminarios que lo aceptaran y así se topó con un sacerdote puertorriqueño, Héctor Alejandro Rey González, que aceptó ordenarlo. Finalmente lo logró en 1994. Por primera vez consiguió un empleo como cura y fue enviado a Venezuela.

Pero “algo tenía que tener después de tantos años de aguantar hambre y tantas cosas”, dice sin asomo de autocompasión. En el país vecino recogería la herencia que le había dejado el ‘paisita’ y comenzaría a transitar el camino que lo uniría a Joseph; le diagnosticaron Leucemia linfoide crónica.

Y como quien relata una vida ajena, el padre cuenta que con una dispensa pero sin dinero “porque la diócesis a la que pertenecía era muy humilde”, viajó a Medellín para “ver que podía hacer”.  Después de los años pasados y sin el “amigo obispo” en la ciudad, tal y como llama al rector que alguna vez quiso abusar de él, logró que un cura amigo le ayudara y pudiera acceder a seguridad social y a las quimioterapias que necesitaba a través de la ‘incardinación’, una figura del derecho canónico que permite que un sacerdote ordenado en una Iglesia pase a servir a otra.

Finalmente en 1999 el tratamiento dio sus frutos, la leucemia desapareció y pudo volver al ejercicio pleno. Lo destinaron entonces al municipio de Peque, en el noroccidente antioqueño, como párroco y misionero. Pero su destino ya había sido marcado en Venezuela. Volvió a Medellín y logró que en el cercano municipio de Guarne le adjudicara en comodato una casa para un hogar de paso para niños de bajos recursos con leucemia que tuvieran que viajar para su tratamiento y no tuvieran donde quedarse. Hizo su capilla ahí y se dedicó a la obra. “Les dábamos comida, dormida y ropa. Casi me volví abogado porque nos la pasábamos poniendo tutelas”.

“Hasta que llegó el 2005” evoca. “Llegó el regalo de mi vida. Mucha gente dice que fue la piedra en el zapato, pero fue el regalo de mi vida”, sonríe pleno al regresar a la historia de Joseph, su hijo, quien ahora tiene 8 años, está en tercero y disfruta tanto como su padre de disfrazarse de Superman, Batman y el enmascarado de plata. “Quizás porque como yo nunca tuve la oportunidad me paso disfrazándolo, yo también lo hago”, dice mientras exhibe sonriendo cientos de fotos compartidas que guarda en riguroso orden cronológico.

Después que adoptó a Joseph, mantuvo el hogar en Guarne cinco años más. Pero comenzaron a aparecer denuncias ante Bienestar Familiar e incluso acusaciones judiciales que lo señalaban como un falso sacerdote. El tiro de gracia fueron las amenazas que comenzaron a llegar para que desocupara la casa, a pesar de que la concesión en comodato había sido renovada. “Yo no temía por mí, pero cuando vos tenés un hijo las cosas cambian. Ya me daba miedo que me pasara algo y el niño…”

Así que entregó la casa en Guarne, y con ella la posibilidad de ejercer el sacerdocio dentro de la institución. La Arquidiócesis de Medellín no volvió a asignarlo a ninguna parroquia. Y explica que esto lo convirtió, de acuerdo al derecho canónico, en un “sacerdote válido pero no lícito”. O sea, que aunque no lo despojaron de su investidura, en los hechos no tiene su aval para desempeñarse como cura.

El padre Diógenes vive ahora de consultas informales, asesorías de familia, oraciones de sanación, misas y ceremonias religiosas que tienen que ser registradas por sacerdotes amigos porque a él no se le permite. No cobra por ello y sus ingresos dependen de la buena voluntad de quienes reciben sus servicios. Sabe que no puede cobrar porque para eso sí necesitaría el permiso de la Arquidiócesis, “pero como no me acogen, ¿a quién le pido permiso? Yo le pido permiso a Dios. Lucho por mi niño. Nunca me volvieron a llamar para celebrar misa en las parroquias, no me dejan. Pero yo soy sacerdote de aquí a donde vaya, tengo los papeles”, dice con énfasis y no puede disimular el dolor mientras señala varios diplomas enmarcados en una pared que registran tanto su ordenación como el título de sicólogo que obtuvo después.

El ‘paisita’ no quiere sin embargo darles el gusto de echarlo. “Quien me puede quitar a mi ser sacerdote, nadie. Creo en lo que hago, amo el sacerdocio y quisiera poder hablar con el papa Francisco para algún día poder tener un permiso y que no me molesten la vida, no ya para que me asignen una parroquia. Una parroquia me limitaría para seguir ayudando como lo hago”.

¿La leucemia de Joseph? La pregunta sobre su hijo le devuelve la sonrisa amplia de otros momentos. “El niño se curó, está muy bien. Hace tres meses se hizo los últimos exámenes y no aparece nada, solamente plaquetas bajas. Su cuerpo no asimila el hierro, por eso hay que ponerle la inyección de Complejo B. Es lo único. ¿Cómo te explico yo que es un milagro…?”

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El cielo bohemio

Irusta ¿Agustín Irusta?, sí, lo tengo. Ya se lo pongo jefe – y corre al mostrador a buscar en la pila de cds  piratas que conforman la discoteca de ese pequeño bar.
ahhh, vos tenés mucha música, pero no sabés programar… – lo mira con los ojitos a medio cerrar que se adivinan juguetones, como el comentario.
Pero aquí viene y se le atiende como merece – responde desde el mostrador con la gran sonrisa que no se ha desdibujado desde que nos sentamos en una de las mesas que acaba de sacar a la terraza.
No me ‘lamboniés’ que no te voy a dar nada… – y ambos ríen a las carcajadas.

Son las 11 y la mañana comienza así, con esta mini tertulia, llena de nostalgia y cada vez más pasado repetido y sentido. Con tango y cerveza en un medio día cómplice, mi papá comparte uno de esos lugares a donde iba cuando nadie sabía en dónde se metía. Y es simplemente una tienda al borde de La 80, justo en donde se puede ver a la señora, a la niña y al jubilado que suben las escaleras que los lleva, a paso seguro, al otro lado de la avenida.

Hoy el sol celebra una mañana despejada con olor a tierra húmeda. Una brisa ligera diluye el olor citadino que acompaña al asfalto. Y la voz de un revivido cantor austral sale por los parlantes conectados a una vieja grabadora que todavía presume de casetera. La potente voz del rosarino llena los espacios abiertos del parquecito al lado del bar y de los cuatro metros de andén que hay hasta la calle.

Eso lo grabó aquí. No es una buena versión, le falta acompañamiento – reflexiona mientras apura un largo sorbo de Pilsen, la de siempre, la paisa.

Es para que luzca la voz, supongo – respondo por decir cualquier cosa  mientra tomo un trago de mi Club Colombia roja.

Sí, pero es solo un piano, es pobre – escucha con atención mientras mira a ninguna parte; siempre le gustaron las grandes orquestas, los acompañamientos sofisticados.

– Irusta se la pasaba mucho por acá, se mantenía por los cafés del barrio Colombia, lo conocían mucho -. Toma el segundo gran sorbo y casi termina la botella. La pone en la mesa y sonríe con placidez mientras las hojas del árbol hacen que los rayos de sol bailen sobre su cabeza blanca.

Sus 77 años y esa maldita enfermedad que va embotando su presente, lo hacen recrear cada vez con más emoción su pasado.

De pronto me mira con esos ojos pequeñitos ya de tiempo y cansancio y con su gran boca extendida hacia sus mejillas surcadas de históricas sonrisas repetidas, se complace:

Es que la vida bohemia es muy buena. Yo aspiro a llegar allá, al cielo bohemio.

Un miércoles en la casa paterna

Tomado del blog de Andrés FornellsDon Olimpo toca el timbre. Es medio día. Espera el almuerzo que cada miércoles le dan en casa de mis padres. Beatriz, la señora que trabaja en casa, me dice que le diga por favor que espere, que hoy hay mucha gente. Mi primo y yo ya convertimos en una multitud la familia. Don Olimpo espera y mientras tanto conversa con don Pablo, el jardinero que también eventualmente almorzará aquí, cuando corte todo el pasto y desmalece los jardines; y también cuando Beatriz termine de atender a los dueños de casa. Y es que yo estoy de visita – mi primo también – , pero para todos los efectos, y después de 20 años, sigo conservando algunas prioridades, aunque don Olimpo y don Pablo sean más cotidianos y presten mejor servicio que yo, que simplemente soy hija. Una demasiado independiente y un tanto pagana, como me juzga la mirada involuntaria de mi mamá.
Don Olimpo se gana la vida caminando el barrio como vigilante; se acerca cuando mi papá o mi hermano sacan el carro del garaje, para que ningún ladrón o “viciosito” aproveche la oportunidad. Ya alguna vez, entrando, encañonaron a mi papá, le pidieron las llaves y de paso se llevaron la compra del supermercado del mes. Mi mamá siempre recuerda ese detalle con algo de pesar. Don Olimpo solo está armado con un bastón de mando de madera, aunque hace parte del servicio de seguridad que pagan los vecinos. Un señor de alrededor de 60 años y cara de abuelo que debería estar consintiendo nietos y no espantando malandros. Y don Olimpo come en la calle. No entra, se sienta en el muro del jardín del frente, con el plato metálico y lo que buenamente le dan en esta cristiana casa los miércoles, y en otras el resto de los días. A veces la comida está fría, como el desayuno de esta mañana. Sí, también desayuna aquí los miércoles. Hoy, cuando le sirvieron el café y el pan, no estaba, tenía que terminar su ronda. El alimento de la mañana quedó durante largos minutos a la intemperie; todo por la seguridad vecinal. Al igual que a la hora del almuerzo, Beatriz salió más tarde para entrar el pocillo y el plato, ya vacíos.

Don Pablo entra un rato más tarde al patio de la casa. Saluda, se queja de la gripa que le está dando a todo el mundo por el invierno. Acá las lluvias permanentes son el invierno y estos días llueve todas las tardes. Hay inundaciones en todo el país, las peores en décadas dicen los periódicos. Pero como todos los años, es previsible en dónde causan los mayores destrozos. Como siempre, las razones de la tragedia son conocidas, las víctimas son las de siempre y los responsables también.

Años de negligencia estatal y políticas de coyuntura. Ya los periódicos anunciaron que la emergencia invernal se comió el presupuesto anual destinado a mejoras en la infraestructura vial. Lo de siempre. El año próximo solo cambiarán los nombres de las víctimas, si es que alguien en alguna noticia quisiera identificar alguna. Seguramente así será; la nota de color siempre impacta más si se obvian las estadísticas y se hace de la miseria trágica de una persona, la realidad épica de una vida marcada por la adversidad.

Para la mayoría de los que leerán la novedad, en todo caso, la variación será de número y quizá del nombre de algún pueblo en donde la lluvia se ensañe con más fuerza en su frágil naturaleza y en la abandonada obra del hombre.

Alguna vez cerca a la casa de Beatriz, o de la de don Olimpo – ¿o sería de la de don Pablo? -, hubo un gran derrumbe con varios muertos. Ni idea cuántos. Pero es esa realidad a la que están acostumbrados. Ellos, siempre en el camino de la tragedia. La vida del pobre, dirán resignados cuándo se les menciona el tema.
Y acá, la nuestra. Reflejo lavado y lejano de esas inevitables consecuencias de vivir en este país tropical, que solo se manifiesta en el fastidio de estas tardes de encierro al que nos somete el invierno.

Don Pablo termina. Entra y almuerza cuando termina de cortar el pasto del jardín interior. Beatriz le sirve al lado de la mesa de planchar; y come, como don Olimpo, en un plato metálico que no se usa para otra cosa ni para nadie más en esta casa. Son porciones generosas, el trabajo es duro. Don Pablo está ahora más gordo que cuando lo conocí hace ya tantos años. Viene de siempre, ya no recuerdo cuántos años ha dedicado a recorrer el barrio, tocar timbres y ofrecer cortar el pasto de las casas de este barrio aún tan verde. Ya tiene la cabeza blanca, pero la energía parece la misma; no lo veo más cansado. En realidad creo que nunca lo vi antes.
Cuando termina, mi papá le paga, intercambian frases sobre las rosas que cada tanto se roban del jardín y se va.

Beatriz recién se sienta a comer cuando ha cumplido con los pedidos de cada miembro de este hogar ajeno. Come rápido para terminar pronto y poder irse a tiempo con todos los deberes cumplidos. La casa es grande; por eso llega a las 7:30 y a las 18 se va. Definitivamente más de las horas de ley, pero parece tomarlo con la naturalidad de una más de las condiciones de su vida precaria. Y todos callan; nadie reclama por el privilegio robado, nadie se queja por el derecho cedido.

Y yo, acusada de ser “de izquierda”, solo observo, algún trabajo le ahorro pero callo y me acomodo a este origen conservador de aspiraciones aristócratas. La semilla revolucionaria no echa raíces en la casa paterna.

Sobre fútbol

Recomiendo esta entrevista en El País de Madrid al preparador físico de la selección argentina, Fernando Signorini; y algunos párrafos:

(Antes) Se lesionaban menos porque entrenaban menos. ¿Por qué antiguamente no había tantos lesionados? La pubalgia es una enfermedad nueva que ha llenado de dinero a los traumatólogos. Es la locura del entrenamiento. ¿Por qué hay que entrenar? Hay que entrenar desde la racionalidad. Cada vez corren más en la montaña y en el mar con el agua hasta las rodillas. Un día va a aparecer un tiburón y se va a comer a alguno.

Somos un continente en permanente lucha por una sociedad más justa y me gusta incentivar a los jugadores para que no piensen que el fútbol es lo único que tienen en la vida. Porque si es así van a ser muy pobres por más que tengan mucho dinero. Dante Panzieri decía que antes la formación de los chicos estaba a cargo de maestros que tenían muchas verdades y poca cultura. Después los maestros fueron reemplazados por los preparadores físicos, mucho más ricos en cuanto a la dialéctica pero ignorantes de toda verdad en cuanto al juego.

(El fútbol) Es un misterio. ¿Cuándo se va a dilucidar? No lo sé. Por ahora es un misterio. ¿Por qué salen tantos talentos naturales debajo de cuatro chapas y cuatro cartones? Primero no los ayuda nadie. Y cuando trascienden todo el mundo les exige: que hablen bien, que no se coman las eses, que sean políticamente correctos, que no hablen en contra del dogma ni religioso, ni social, ni político, y sobre todo, que no hagan trastabillar el privilegio de los privilegiados del sistema. Es todo un asco. Y de eso me gusta hablar con los jugadores. Porque ellos son un símbolo para muchos millones de chicos desprovistos de información que no creen en la clase política. ¿Por qué no van a creer en estos nuevos profetas que no tienen una cruz ni un libro sagrado pero tienen una pelota? Si la pelota sirve para abrir la mente de los chicos y que sepan las verdades desde el principio, bienvenidos sean.

La vida interior de la selección bulle como una colmena. No por el orden sino por la dinámica. No somos Suiza. Entonces hasta el último día no supimos ni en qué avión volaríamos a Suráfrica, ni qué día, ni a qué hora. Pero una cosa era segura: volaríamos.



Estuve en la marcha

marcha-en-bogota-en-argentinaindymediaorg.jpg  La de ayer 6 de marzo, sí.

Y me sentí triste, porque no fue como en la foto.

Había pensado asistir en la mañana solamente. Me pasé por la plaza San Martín y había unos pocos colombianos, los organizadores. Aquellos que como yo, piensan que no hay que medir con distinta vara a las víctimas de la violencia según venga de guerrillas o de paramilitares y agente cómplices del Estado. Y que además hay que denunciar la flagrante facilidad con la que NO aparecen ante el gran público, no solo los desaparecidos y los desplazados, sino además las atrocidades y los atropellos del indecente proceso de negociación de penas que está llevando a cabo el gobierno con los paramilitares confesos. Que no son todos ni se han acabado como lo anunció con gran bombo el presidente Uribe ante las Naciones Unidas.

El acto fuerte era a las cinco en el Obelisco, me dijeron. Así que después de charlar unos momentos, decidí hacer algunas cosas y regresar a esa hora.

Quería estar, caminar por todas las víctimas, por los que sufren el fuego cruzado, por Fanny y los otros 3 millones de desplazados, por los desaparecidos, por los secuestrados y no solo los canjeables. En fin, ‘hacer bulto’ para que vean y escuchen que Colombia no solo es un gobierno de derecha alineado al gran ‘coco’ mundial, sino que es, sobre todo, escenario de una inmensa tragedia humanitaria, causada por múltiples fuerzas legales e ilegales.

A las cinco, mientras me acercaba por la 9 de julio, comencé a ver banderas argentinas y rojas y negras, ninguna colombiana. Por un momento pensé que no era la manifestación correcta. Quizás no había habido coordinación. Pero cuando llegué a los pies del Obelisco pude por fin ver algunas pancartas, fotos y leyendas que indicaban que era la marcha correcta.

Todavía no empezaba nada. Había prensa, fotógrafos por todos lados y móviles de televisión. La lluvia empapó a más de uno pero nadie se fue, todos esperábamos. Saludé a los que conocí en la mañana y vi unas cuantas caras conocidas más.

Evidentemente había habido un llamado entre asambleas, movimientos sociales y partidos de izquierda porque lo que más se veía eran este tipo de organizaciones movilizadas con banderas y pancartas identificatorias, gritando consignas contra Uribe.

Todavía los colombianos sin partido ni rótulo éramos los menos. Pero todos teníamos derecho a solidarizarnos, a estar ahí.

Cuando la lluvia paró, comenzaron a llenarse las veredas, en la 9 de julio empezó a cortarse el tráfico, las pancartas y las banderas se multiplicaron, aunque debo decir que las colombianas seguían siendo bastante pocas.

En las consignas nadie mencionaba a las víctimas. Los acarreados eran obvios. Un periodista colombiano que estaba por allí me dijo que había preguntando entre las personas que conformaban los distintos grupos y los que portaban banderas y pancartas. Casi nadie sabía qué hacía allí. Pregúntele a él, es el que sabe, respondían.

Mientras los punteros ordenaban a la gente cortando la 9 de Julio, embebidos en su propia lógica e indiferentes a la organización del meollo del acto, comenzaron los discursos.

Los representantes del Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado – MOVICE – expusieron los motivos de la marcha. Otro grupo de colombianos agrupados para solidarizarse con las víctimas también leyó su mensaje. Comisiones de verdad, justicia y derechos humanos manifestaron su solidaridad también.

Y también hablaron los partidos. Los discursos habían virado ya hacia el ataque a la política estadounidense en el mundo. Se mencionaron a Gaza, Afganistán, Irak, Israel. Todavía no se había mencionado a ninguno de aquellos cuyas fotografías en blanco y negro aparecían en las pancartas. Nuestros muertos y desaparecidos.

La frutilla del postre fue cuando el que representaba al Partido Socialista comenzó con una reivindicación del “compañero” Raúl Reyes y a hablar de solidaridad con los “compañeros” de las FARC.

Fue indignante! Y ahí claramente se vieron las pocas voces que realmente estábamos allí para marchar por las víctimas.

Muy pocos comenzamos a decir No, No. Las dos chicas -parte de los bien intencionados organizadores- que estában con banderas colombianas y pancartas a espaldas del orador, dieron la espalda y gritaban No a las FARC! No a la guerra! Por las víctimas!

Era por las víctimas y lo estaban convirtiendo en otra cosa.

El asunto me dio un poco de miedo cuando en ese mismo momento tres hombres con pinta de patoteros alquilados se acercaron a ellas y les gritaban casi en la cara y con las manos en los bolsillos una consigna que decía algo así como Uribe paraco asesino, peón del imperio, pero en rima.

Sí. Miedo, la verdad. Y mucha tristeza.

Uno de los colombianos tomó la palabra y trató de encausar el evento. Después leyeron la historia de algunas víctimas y vocearon algunas consignas, pero la mayoría de los miles de congregados no estaban allí por eso y no escuchaban.

La marcha comenzó por la calle Carlos Pellegrini hacia la Embajada de Colombia. Hace rato estaban ya alineados los movimientos piqueteros, las Asambleas barriales, el Partido Comunista, el Partido Obrero y otros muchos grupos que no pude identificar. Hasta una chica hipermaquillada que no pasaba de los 18 años, con pantalón camuflado y boina a lo ‘Che’ encabezaba un grupo que llevaba la bandera colombiana con un escudo de las FARC y que llamativamente iba acompañaba de muchas señoras mayores con fotos de Raúl Reyes y letreros que decían Uribe narco asesino.

En fin, en ese momento decidí irme. No era mi marcha, no estaba allí por eso. Mi motivo lo expresó ayer Susana López, familiar de una víctima del paramilitarismo, en la marcha en Bogotá:

“Duelen los secuestrados de las Farc, pero también duelen nuestros familiares, sepultados en fosas y en el olvido”.

Ausencias

germano4.jpggermano3.jpgGustavo, Guillerno, Diego y Eduardo Germano.

Hace varios meses que no pasaba por el Centro Cultural Recoleta, un lugar de buenos recuerdos y de antiguas aventuras fotográficas.

Hoy regresé para ver la exposición Ausencias de Gustavo Germano.14 pares de fotos de personas desaparecidas durante la dictadura de 1976 a 1983. 30 años de Ausencia.

Me enteré de este trabajo y de la exposición por los blogs de Papipo y del Aguilucho. Ver algunas de esas imágenes en su página de internet y también el video sobre la producción de las fotos, había sido un golpe en el estómago. Sin embargo, esta vez fue una invasión de sensaciones que me recorrieron todita. El nudo en la garganta apareció desde la primera foto.

La tarde de un viernes con ‘amagues’ de lluvia había sido una buena opción para recorrer tranquilamente los pasillos del Centro Cultural, caminar entre los primeros puestos artesanales de la plaza y quizás tomar un café mirando la desprevenida tranquilidad de los turistas.

germano6.jpggermano7.jpgEn la primera foto Orlando René Mendez, Leticia Margarita Oliva con su hija Laura. En la segunda, Laura Méndez Oliva.

Después de las primeras fotos, vi el video de nuevo. Los surcos, las arrugas, las miradas, cargadas y vacías al mismo tiempo de quienes viven la ausencia, me dejaron sin aire. Mientras escuchaba Desaparecidos de Rubén Blades, de pronto me sentí usurpadora del dolor de otros.

Mis pérdidas no han sido ni cerca algo parecido, ni siquiera la dictadura fue un proceso que me haya tocado personalmente. Y sin embargo algo en esas miradas cansadas y resignadas se me contagió.

El señor que vigilaba la muestra me ofreció una silla para que mirara el video y de nuevo me sentí ladrona de algo que no me pertenecía. Era como si estuviera entrando en una intimidad a la que no tenía derecho y sin embargo, allí estaba para que la observara cuanto quisiera. No pude evitar las lágrimas. Pero ¿por qué? si no conocía a ninguno de ellos, ni siquiera viví la paranoia de que me pudiera ocurrir o a alguien cercano. De hecho, si hubieramos vivido aquí para la época, lo más seguro hubiera sido que mi familia se hubiera plegado al algo habrán hecho, dentro de la comodidad de esa clase media pro – autoritaria.

Cuándo salí del Centro me sentí hostil. Me insultó la despreocupada y feliz indiferencia de las chicas vestidas a la moda con bolsas de compras; vi con desagrado al elegante señor que sentado en una terraza muy “cool” daba instrucciones de negocios por su celular; y todos y todo el entorno se me antojaron parte de una misma pantomima.

germano1.jpggermano2.jpgOmar Darío Amestoy, acribillado junto a su familia. Su hermano Mario.

Cuando me senté en un locutorio para “vomitar” todo esto que me estaba rebasando, se sentaron a mi lado dos gringuitas, una a cada lado, y comenzaron a leerse mensajes por encima de mi cabeza. No entendía un carajo, pero en mi estado, hubiera puesto mis manos al fuego jurando que era una sarta de chismes tontos e intrascendentes. Me paré, pagué y odié al señor del locutorio por cobrarme tres veces la tarifa normal.

Evidentemente no estaba para amargarle la vida a nadie, así que cancelé todo lo que había pensado hacer y caminé y caminé. Y durante esas dos horas y medias de recorrer la ciudad me di cuenta que además sentía una soledad sin fondo. La soledad de tener que usar este medio para desahogar mis sensaciones porque lo que sentí es incomprensible, aún para mí. Y nadie quiere vivir o revivir solidariamente el dolor, aunque le sea ajeno.

germano5.jpgDe este grupo desaparecieron Victorio José Ramón Erbetta y Elsa Raquel Díaz.

P.D.1 La exposición estára en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires hasta el 28 de marzo.

P.D.2 Las fotos fueron tomadas del blog Fototeca de Cecilia Profético.

Tarde de perros o la guerra de los sexos

teo.jpgDe regreso con todo! En estas tarde de perros…

(advierto a los lectores que quienes sean especialmente alérgicos a excesos feministas, quizás vayan a sentirse un tanto irritados…

…soldado avisado…)

Resulta que ese heterogéneo grupo del que hago parte, el Club del Can, se reunió para pasar una plácida tarde citadina de verano. Algunos ya llegaron de sus vacaciones y exhiben un lindo dorado san clementino (of Tuyú, por supuesto) otros aún muy pálidos, esperan todavía su temporada geselliana… o simplemente de ocio.

No hubo asado. La mayoría llegamos muy tarde para toda la previa. Así que las botellas de vino acompañaron unos tranquilos sandwiches de milanesa y varias pizzas ugi’s – algunos se resistieron a tan populachera compra gatronómica y seguro nunca confesarán que las saborearon con gran placer-. Pero la verdad, para el precio, ¡¡fueron una delicatessen!!

Lo mejor llegó, por supuesto, ya entonados con los grados que nos proporcionó la bebida espirituosa. Bajo una carpa o gazebo como llaman aquí, y alrededor de una mesa con todas las mascotas alrededor, comenzó una ronda de lo que parece ser una de las tradiciones más arraigadas en cualquier reunión ociosa argentina, jugar al “truco”.

En este vivaracho juego de naipes de origen español, según me han dicho hay que tener malicia y saber mentir, tanto que el contrincante sabe que lo están tratando de engañar y aún así cae, o no. Justamente en eso reside su gracia.

Y parece que en eso las mujeres llevamos ventaja. Al menos eso concluyo, dada la aplastante seguidilla de triunfos femeninos de la serie, que comenzó ya hace algunas semanas.

Con cartas españolas que parecían especialmente adaptadas a este club de beodossalud-por-el-truco.jpg, el asunto, desde la primera oportunidad, se planteó como una confrontación de hombres contra mujeres; o huevos contra género, como se llenaron la boca algunos (hombres, por supuesto) en el grupo.

Yyy… hasta ahora los huevos no han podido reivindicar su popular fama. De hecho, los huevos no han dado pie con bola.

La verdad es que el género a veces la tiene fácil para desnudar de manera cruda la farsa aquella “de que hay que tener huevos…” frente a aquellos que lo argumentan – obviamente hombres – como una muy gráfica parábola de valentía o bravura. Clarísimo ha quedado en este pequeño pero representativo grupo humano.

Los que cargan con esas dos sobrevaloradas piezas anatómicas no solo han demostrado una y otra vez su papel de machos un tanto desteñidos, pues la mayoría confiesa – contra su voluntad, debo decir – la prevalencia de la voluntad femenina en lo fundamental y cotidiano de sus vidas, sino que además este domingo asistieron impotentes – y no es una indirecta – a la triunfal y bulliciosa manifestación femenina al grito de génerooooo géneroooo…

Y no es para menos. Con argumentos como:

Nooo, no se preocupen, yo ya lo conozco, éste gasta toda la munición en la primera, pero después no sale con nada…

Las chicas hemos puesto al descubierto la real dimensión de lo que es eso de tener huevos y de paso hemos arrasado con ellos cuatro veces en… cuatro partidas de truco!!

Yo juego desde la platea, por supuesto. Con mis cinco años a orillas del Río de la Plata, aún no alcanzo a traspirar tan intimamente la camiseta de la argentinidad. Pero mi solidaridad es universal. ¡¡La lucha de una es la justificación de todas!!

Al final la cara colorada del precoz aludido y las desoladas expresiones masculinas no pudieron remontar la innegable superioridad de la dictadura del ovario, como alguna vez escuché que nos etiquetaba algún hombrecillo… seguro con muchos huevos.

Así que en una brillante y educativa tarde de sol, relajo y argentinidad, los gritos futboleros al son de huevoooo huevoooo, sucumbieron al ritmo de pluma pluma gay, pluma pluma gay… o para ser más constructivas: ¡Las mujeres arriba!