Bach para esta noche

Comienza a llover. Me apaciguo.

Dejo de esforzarme.

Sus continuas y rítmicas gotas lavan la inconsciente necesidad de estar ahí.

Me separan del mundo. Ese, hostil.

Y este espacio vacío se vuelve real. Refugio literal.

El universo entero emana de lo escrito, de lo visto, de lo escuchado.

Y elijo entonces lo que me pacifica, lo que consuela el alma.

Sin altibajos salvo las de mis emociones, sin sorpresas, sin dolores inesperados, sin decepciones salvo las que trae mi extendida ignorancia.

Y la lluvia también cae aquí. Pero estas saladas gotas son contrarias, me unen de nuevo a ese mundo exterior. Yo,  irredenta, no puedo salvar mi espíritu.

Bach quizás…

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En el origen fue Joan Baez

No tengo memoria de la edad que tenía cuando en medio de la variopinta colección de LPs que tenía mi papá, en las que me sumergía sin orden ni criterio, descubrí esta canción. No sabía quien era Joan Baez, solo me gustaba escuchar su voz poderosa cuando alargaba las palabras que reflejaban esa historia dramática, ese dolor amoroso, ese ímpetu ardoroso, esa tempestad desatada y reprimida.
Se me clavaba tan en la mente y en el corazón que, de pronto, ya no la escuchaba; no me escuchaba mientras frenéticamente la seguía con mi voz infantil. Sentía algo profundo que ni siquiera identificaba; pero no me importaba saber qué era, solo me abandonaba a ella, a eso, a lo que fuera que hacía que el resto del mundo no existiera.
No lo supe entonces, y ahora no tengo claro cómo, pero ella y esa canción son la síntesis perfecta de lo que siguió en mi camino desde entonces.

Madrugada

insomnioNo es esta ciudad que me regaló esa primera noche en vela. Ni la siguiente que conformó el escenario de mis mayores dolores, mis grandes alegrías y grandes decepciones. Ni la otra que me acogió forzada y nunca ha terminado de perdonarme. Mi universo va conmigo. Mi paz no conseguida y mis mares tempestuosos arremeten siempre en el tiempo presente aunque ya hayan ocurrido y aunque todavía me acechen. Nunca en un recuerdo, nunca en inminencia. Siempre un ahora.

No, no hay ciudad que se salve. Yo tampoco.

Pavaditas de una noche

Mañana será otro día e iré de nuevo. Una oportunidad más para la historia. Mi historia.

Semana de tiempo primaveral, al fin. Días productivos. Varios proyectos largamente dejados para después concluyeron. Se acaban etapas, finalizan procesos. Las ‘cuchas’ de los perros. La tabla decorada de espejitos y venecitas. El escritorio, la habitación. Todo tuvo su tiempo. Las mariposas también y el documento de identidad. Falta. Pero ya no son planes pospuestos para mejor momento, son inminentes realizaciones.

Pascual se acurruca a mi lado. Marino a mis pies. Fiona no está, duerme afuera. Se quedó allí después de tomar agua. Agua con flores de Bach, para que baje su electricidad, casi literal, sufre ataques de epilepsia. A veces creo que yo también debería tomar. La serenidad no es natural, se consigue, se ayuda.

Marino está profundo. Pascual ya casi. Buenas noches.

La última carta a Mago

Como pocas noches, se sentó frente a su pequeño escritorio, antes de bajar al lago.  En los últimos días no había tenido paz. No era mucho lo que había hecho, pero su angustia había sido tal que ni el momento más inútil le había traído sosiego. Estaba cansada y cómo explicarle a Mago tanto y nada al mismo tiempo, si desde esas alegres costas solo percibía los brillos difusos que irradiaba su vida soñada en la aristocrática hacienda.

Querida Mago:

Me alegra tu alegría, me alegran tus palabras. Aunque lamento las circunstancias en las que tuviste que recibir a esa pequeñita que ahora es tu felicidad y la de tu hija tan amada. Dale mi abrazo eterno.  Sabes que este lugar lejano y caluroso es en cualquier circunstancia otro hogar para ti y para ella, y ahora también para ese pedacito de vida iluminada. Considera en serio una temporada por estas tierras calientes.

Es sorprendente como a veces quienes esperan tu fuerza te la recriminen cuando la exhibes. Ojalá pudiera enviarte algo de la mía, que viajaría por ese río larguísimo que podría llevarme a ti con solo arrojarme a él. Cuánto lo deseo.

Pero mi fuerza está agotada, incluso para nadar con la corriente. Y esta fortaleza con la que parezco enfrentar este doble tamiz por donde transcurre mi vida, es solo el inexorable camino del que no me puedo apartar. No me queda más que enfrentarla con la distancia suficiente para que no se note la inevitable caída de estos pequeñísimos trozos que paulatinamente diezman mi espíritu.

José Luis esta de viaje, como es usual; ya casi no para en casa. Aunque a veces lo prefiero lejos, porque me escribe esas cartas tan llenas de amor apasionado, pero también tan repletas de culpa. Se que su sufrimiento por no poder estar conmigo lo lleva lejos y lo acerca a todas y a ninguna. Esas todas me lastiman y esa ninguna lo regresa a mi, frío y distante. Mi amor imposible, y sin embargo estoy casada con él. Esa es mi tragedia.

Bernardo sigue por aquí, ronda y ataca despiadado, como siempre, como desde el principio. Y me odio por esas pasiones fugaces que, a pesar de todo, despiertan furiosa a la mujer que quiero ser. Esa también es mi tragedia.

Así que, mi querida Mago, que triunfo el tuyo, no debe haber sino orgullo en el amor único que le transmitiste a tu hija. Ese que le permitió ser plena y compartir con un mismo hombre la ternura y el arrojo suficiente. Aunque ahora, y mientras esta sociedad hipócrita busca otra ocupación, tengan que esconder el maravilloso resultado de ese enorme coraje.

Toda mi solidaridad, mi casa y mi cariño incondicional.

Lía.

Papas fritas

Con la noche tan fría, mis ojos iban clavados en la vereda tratando de equilibrar entre mantener la correcta dirección de mis pasos y proteger mi rostro de las afiladas corrientes de aire húmedo. Frené un poco cuando me topé con un par de botas de un pantalón rayado, de esos que se compran en una feria americana. A su lado unas gruesas medias de lana, que enfundaban unas gruesas pantorrillas, evitaban que pudiera sobrepasar a la pareja que se reía y caminaba como en la más cálidas de las noches primaverales que todavía resisten el calendario oficial.

El andén era estrecho y en la calle pasaban los autos, así que tuve que acompasar mis pasos a los de la alegre pareja; y entonces los escuché.

– …no podían creerlo (risa ahogada) me miraban como a un bicho raro.

La chica de las pantorrillas solo reía.

– Me encantó escandalizar a esos burgueses. Imaginate comer papas fritas de bolsa caminando por Cabildo y Juramento. Porque allá sí comés papas en la calle, pero Pringles, no fritas de asado…

La chica a la que aventuré observar lo miraba con ojos risueños y adoradores, mientras seguía sonriendo.

– Me encanta ir a escandalizar en esos barrios burgueses!! – concluyó satisfecho el hippie cool que seguramente debía tener un tatuaje del Che o de Bob Marley y una gran imagen de ganja o del padre Mujica en la cabecera de su cama, en una habitación de Caballito, ese barrio que, 10 años tarde, me vengo a enterar es un reducto de la lucha popular.

Y la chica reía cada vez más sonoramente. Y yo entonces me arriesgué con los autos.

Crueldad

La abuela le había recomendado alguna vez echar sal en la herida para que no fuera visible la ampolla. Y así lo hizo, de nuevo. La ampolla fue reprimida pero la herida viva le carcomió la pierna durante 20 días en los que no pudo caminar por la infección. Y las aguas de ese lago sin historia tuvieron que esperarla para ser leyenda.

Metáfora real, consigna de abuela. La letra con sangre entra. Pero solo crueldad había en ello, rezagos de una dura enseñanza que la había cargado con una herencia indeseada y que aliviarían, lo sabía, esas aguas nuevas que solo esperaban por ella. Porque aguantar con estoicismo templa el carácter y endurece la voluntad le decía su madre, pero también seca el alma, había olvidado informarle.

Y el sueño le recordó ese dolor que gritaba y nadie escuchaba, y en el que su voz, ensordecida ante el pie asesino de su perro y la cruel mirada que desafiaba su alma, reventaba sin poder salir de su pecho. Un sueño intermitente, una realidad permanente.

La liberación la esperaba en ese eterno silencio bajo ese cielo sin pasado donde los árboles aún no susurraban. Solo debía tener paciencia para ese descanso infinito.