Momentos

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@Robert Mapplethorpe

Han transcurridos varios meses de zozobra, vacíos, emociones inéditas, resurgimiento de viejos fantasmas y apertura de heridas no sanadas. Errores, carencias y excesos. Mi esencia menos amable ha aparecido de nuevo, esa que, desde hace un tiempo transita un camino invisible de curación pero que de vez en cuando se sorprende con un bache tras la repentina neblina de un dolor intenso.

Y he regresado a los brazos del miedo y de la opaca humareda que se disfraza de esa nada que detiene el agotador aliento de la vida. Los he recibido casi agradecida de volver a contar con su presencia, porque me reencuentran con ese ser tan íntimo y cómodo que encontró por años su refugio en mi espíritu, ese que se escondió en la culpa de los otros para evitar el cansancio del amor y su némesis, el dolor.

Esa familiar presencia me ha saludado descaradamente como a una vieja amiga. Pero descubrí que ese ser es cada día más pequeño, y aunque sigue luchando ya no está tan cómodo y sufre de un desespero existencial.

Seres hermosos, conocidos, desconocidos, no tan desconocidos y amigos, me han mostrado su generosidad, han hecho poco caso a mi dramatismo, me han abrazado sin importarles mis lágrimas, me han escuchado sin cansancio, me han leído con amabilísima empatía, han comprendido mi trance aunque no entiendan su origen y han perdonado sin decirlo ese rabioso dolor que no he logrado poner en palabras justas.

La crisis es oportunidad, dicen. No la deseo y no quisiera estarla transitando, pero aquí ésta y es la tierra fértil, no de esas exquisitas flores enfermizas que dedicó Baudelaire, sino de esas otras más sencillas que alguna canción popular dice que crecen más hermosas en el barro. Siéntanse aludidos. Gracias.

Un traspiés en la vida

colision-galaxias– Sonó como un coco. Me asusté en serio – me dijo. Sonreí ante la todavía asombrada cara de mi profesora de natación, dos días después de mi traspiés.

Un traspiés que sonó efectivamente como un coco, cuando mi cabeza se estrelló contra el muro de cemento. Ni un rasguño en otra parte del cuerpo, todo el peso sobre mi sien. El momento fue extraño, la lluvia ligera pero molesta, los ojos irritados por el cloro, la rampa, la rejilla mal puesta que no  vi, un tropezón, de pronto un sonido cercano y contundente, el ¡ay dios mío! distante de Patricia, mi profesora, y yo sentada en el suelo absolutamente aturdida, aunque sin dolor.

Pero mi cerebro continuó funcionando y por mi mente comenzaron a pasar las certezas de esta vida que podía acabar con un traspiés. Lo no hecho, lo pendiente y de pronto el miedo de que efectivamente me pudiera llegar un final prematuro. Mientras los que escucharon el coco contra el cemento (nadie me vio caer) me rodeaban y pedían con voz urgida y angustiosa por la enfermera de la piscina, yo solo atiné a preguntar: –  sonó duro, ¿no? con una media sonrisa al piso. No me atrevía a mirar a nadie por temor a que explicitara en su mirada lo que no me atrevía a pensar abiertamente. Mi mano palpaba la evidente hinchazón mientras el dolor llegaba de a poco.

Las manos en mis hombros y las piernas como apoyo  en mi espalda de una persona que recién había conocido hacía una hora, fueron el calor que me tranquilizó. Sí, en esos instantes cuando los gritos son sordos y mudos la persona más inesperada se convierte en tu cómplice más íntimo, en la fortaleza que quisiste para tu vida entera.  Tanto buscar y en la inminencia de ese momento final esa persona resulta ser una desconocida.

Pero el momento pasó de largo. Quizás esté cercano o, por un designio que ahora me parece extraordinario, todavía demore un tiempo. Y este tiempo que comienza de nuevo se ofrece impostergable. No más futuro, quiero presente.

Amores perros

cropped-los-tres21.jpgLos amores perros son suaves, son tersos, son terciopelo.
Ellos saltan y exaltan, celebran la vida.
Desprevenidos siguen el humor humano.
Pero solo contagian la risa.
 
Están, siempre están.
Con sus magulladuras amorosas; con sus babosas caricias.
Con la paciencia animal de la irreflexión. Con el celo de la lealtad incondicional.
Y esa intuición certera de lo no pensado.
 
Mis amores perros.
El sostén de un pedazo de mi vida.

La ira matutina de un gato

gatos1El gato se eriza. El perro ladra. Yo me asusto.
La adrenalina se siente. Los pelos se paran. No hay control. 
Huyo. El perro huye y sigue ladrando.
El gato reaparece de frente, inflado. Erizado de ira. 
Retrocedo y arrastro a mi perro, que ladra. Emprendo otra huida.  
El gato no cede. Le doy la espalda, el perro no. Sigue ladrando pero me sigue.
El gato iracundo avanza impulsivo. El perro lo ve, yo no.
Tarde, un dolor agudo me avisa de la ira explosiva del gato. 
Doy vuelta y miro con asombro el exceso, la ira sin contener, la sangre derramada y el perro loco sin control.
Un grueso hilo de sangre comienza a rodar por mi pierna.

Pavaditas de una noche

Mañana será otro día e iré de nuevo. Una oportunidad más para la historia. Mi historia.

Semana de tiempo primaveral, al fin. Días productivos. Varios proyectos largamente dejados para después concluyeron. Se acaban etapas, finalizan procesos. Las ‘cuchas’ de los perros. La tabla decorada de espejitos y venecitas. El escritorio, la habitación. Todo tuvo su tiempo. Las mariposas también y el documento de identidad. Falta. Pero ya no son planes pospuestos para mejor momento, son inminentes realizaciones.

Pascual se acurruca a mi lado. Marino a mis pies. Fiona no está, duerme afuera. Se quedó allí después de tomar agua. Agua con flores de Bach, para que baje su electricidad, casi literal, sufre ataques de epilepsia. A veces creo que yo también debería tomar. La serenidad no es natural, se consigue, se ayuda.

Marino está profundo. Pascual ya casi. Buenas noches.

Pura vida dominical

Llueve de nuevo en Buenos Aires y es una noche cansada. Pero no puedo olvidar que el domingo fue divino, y salimos…

Todos listos para el paseo matinal con viento y sol a favor.

Disfrutamos de sabrosos centros gastronómicos,

nadamos en cristalinos manantiales urbanos,

 

 

recorrimos surtidos centros de compras atendido por sus dueños,

 

 

 

 

 

frondosos jardines naturales,

Visitamos amigables vecinos,

 

 

y el paisaje urbano nos sorprendía en cada cuadra…

 

finalmente rematamos en el pulmón verde del barrio

 

y ya hambrientos  estuvimos listos para el regreso. 

El dolor de esa familia. Y yo. La culpa no da tregua. Ese duelo que no es mío. Deambulo sin creer que no puedo hacer nada. No puedo hacer nada. Ya no están y todavía siento ese calor sin vida. No hay mayor soledad, no hay descanso.