El dolor

papá con floresEse hombre, en otros tiempos autoritario y distante, es este viejo que sintió mi dolor y cuyas lágrimas se unieron a las mías.
Mientras mi dedo sangraba, sus lágrimas brotaban. Lloramos juntos allí sentados, indiferentes a los curiosos.
Ese dolor que pensé solo mío fue también suyo. Siempre lo fue.  
Ese hombre que es otro, pero sigue siendo mi padre, me dio su mano como siempre, me la apretó como nunca.
Fue mi confort como nunca y volvió a ser mi seguridad como siempre.
 
Pero ahora nuestro tiempo está terminando.
 
 
 

En el origen fue Joan Baez

No tengo memoria de la edad que tenía cuando en medio de la variopinta colección de LPs que tenía mi papá, en las que me sumergía sin orden ni criterio, descubrí esta canción. No sabía quien era Joan Baez, solo me gustaba escuchar su voz poderosa cuando alargaba las palabras que reflejaban esa historia dramática, ese dolor amoroso, ese ímpetu ardoroso, esa tempestad desatada y reprimida.
Se me clavaba tan en la mente y en el corazón que, de pronto, ya no la escuchaba; no me escuchaba mientras frenéticamente la seguía con mi voz infantil. Sentía algo profundo que ni siquiera identificaba; pero no me importaba saber qué era, solo me abandonaba a ella, a eso, a lo que fuera que hacía que el resto del mundo no existiera.
No lo supe entonces, y ahora no tengo claro cómo, pero ella y esa canción son la síntesis perfecta de lo que siguió en mi camino desde entonces.

El pasado que es

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Lo reconocí al instante.  Caminaba con la tranquilidad de hace veinticinco años. Solo su cabello, con sus canas prematuras, detuvo por un momento mis recuerdos. Un momento nada más.

Su espalda era la misma que tantas veces había rodeado esas noches cuando el mundo no tenía fin, y en la que mi rostro descansó tantas veces mientras él conducía la moto con la que nos sentíamos eternos.

Sus manos en los bolsillos seguían mostrando ese paciente desenfado que no me pudo contener.

El recorrido cotidiano que ahora hacía, y yo seguía, me mostró la  vida que no tuve, el compañero que dejé ir por respirar aires más mundanos.

Se que vive en la casa que fue la de sus padres, ahora con su propia familia. En esa casa en la que me sorprendieron los primeros encuentros amorosos, escenario de una felicidad que aún no deseaba. La casa de esos padres tan sorprendentemente enamorados después de 30 años de casados. Una casa que he mirado de lejos tantas veces. Una casa con el aura del buen amor que no quise.

Caminé detrás de él unas cuadras más. No intenté alcanzarlo, el no se detuvo. Doblé en una esquina y nuestros caminos se alejaron de nuevo, veinticinco años después.

Crueldad

La abuela le había recomendado alguna vez echar sal en la herida para que no fuera visible la ampolla. Y así lo hizo, de nuevo. La ampolla fue reprimida pero la herida viva le carcomió la pierna durante 20 días en los que no pudo caminar por la infección. Y las aguas de ese lago sin historia tuvieron que esperarla para ser leyenda.

Metáfora real, consigna de abuela. La letra con sangre entra. Pero solo crueldad había en ello, rezagos de una dura enseñanza que la había cargado con una herencia indeseada y que aliviarían, lo sabía, esas aguas nuevas que solo esperaban por ella. Porque aguantar con estoicismo templa el carácter y endurece la voluntad le decía su madre, pero también seca el alma, había olvidado informarle.

Y el sueño le recordó ese dolor que gritaba y nadie escuchaba, y en el que su voz, ensordecida ante el pie asesino de su perro y la cruel mirada que desafiaba su alma, reventaba sin poder salir de su pecho. Un sueño intermitente, una realidad permanente.

La liberación la esperaba en ese eterno silencio bajo ese cielo sin pasado donde los árboles aún no susurraban. Solo debía tener paciencia para ese descanso infinito.

Gracias

Gracias por sostenerte en mi vida, a pesar de mi. Gracias por ese oasis que generosamente me ofreciste. Tu presencia, mi amiga bonita,  emerge esperanzadora. Porque eres historia, pero también presente y futuro. Mis días serán mejores, mi mundo tiene más aliento.

Su lago

Desde que lo llenaron, el lago fue su lugar favorito. Tan desprovisto de historias. Su artificio le atraía, le parecía que era el mejor lugar para descansar. Nada de recuerdos, nada que le acercara a otros, un lugar que podía moldear a sus anhelos, suyos nada más. La luna allí brillaba para ella, los fantasmas los creaba su mente, el susurro de árboles que aún no lo eran, su monstruos apenas nacían. El vacío de su cotidianidad se expandía sin más límites que ese cielo estrellado e infinito. Esa soledad profunda, esa certeza de que nadie más guiaba su propio destino.  Ahí el futuro era inasible porque no tenía pasado. Era el lugar en el que se abandonaba y la abandonaban.  En ese sendero, que la llevaba cada madrugada a esas aguas desoladas, dejaba todos los jirones de la fatal certeza de su destino, esa pesada carga irrenunciable. ¿Qué lo aligeraba? Nada, nada, le decía cada día esa extraña lucidez que no deseaba. Loca, loca, le hubiera gustado que la llamaran y así, esas buenas conciencias que dijeron amarla  solo la recordarían a través de esa primera leyenda que surgió de esas aguas que la bañaron esa última noche.