Debe ser difícil ser mujer en Medellín

Hace un par de días tomé un taxi hacia mi casa y por una manifestación tuvimos que desviarnos por una vía alternativa. Pasamos por una calle del centro de la ciudad con mucho comercio de insumos eléctricos, bares, talleres de motos y moteles baratos, esos lugares de amores transitorios que nacen con aliento a alcohol y necesidad apremiante.

– Todavía me acuerdo cuando en esta calle solo habían bares y mujeres malas…- me dijo el conductor entre risas y miradas que buscaban complicidad a través del espejo retrovisor – a usted no le tocó.

Sonreí tratando de no parecer antipática y miré hacia afuera. Observé varias de esas mujeres que pasean su curvas mal ataviadas, sus cabellos cansados de tintura y rostros guerreros. Me pregunté por qué esas mujeres eran las malas. ¿Malas porque utilizan su cuerpo para sortear la necesidad? ¿Malas porque atraen al buenazo del hombre y lo incitan al pecado? ¿Es malo ser mujer y pobre en esta ciudad donde todo se consume, incluido el amor? ¿Y cuáles son las mujeres buenas? ¿Las afortunadas que se casan y solo tienen sexo en su matrimonio? ¿Las que disimulan y lo tienen además en hoteles y moteles costosos? ¿Las que no cobran pero hipotecan su vida por una piscina en Miami?

Un par de días antes, en una de esas charlas de peluquería, escuchaba una conversación cruzada entre lo terrible que podía ser tener un hijo gay y las anécdotas de la hija de una de las clientas que apenas iba a cumplir tres años y ya había tenido sus primeras incursiones en un “salón de belleza”, para “cultivar” su esencia femenina porque ¡ay! no le fuera a salir lesbiana.

– ¿vos que harías si te saliera un hijo así?

– Pues no se, claro que lo apoyaría. Gracias a Dios ahora eso ya es más normal.

– Si, pero en todo caso yo cada tanto la traigo y le hacen la manicure y la peinan. Quiero fomentarle esas cosas desde chiquita.

– Está muy bien, porque eso va en la educación.

Debe ser difícil ser mujer en Medellín, me repito.

 

 

 

 

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Esta larga despedida de caminos inacabados

Este dejarnos tan fragmentado

Ese pasado que sigue siendo la piedra que pisamos

Ese futuro que será un adiós gastado.

El buen amor

Se me ocurrió ayer que lo que quiero en mi vida es el buen amor, que no necesariamente es el más tempestuoso, el más loco, el más aventurero, el más…

A medida que pasan los años lo identifico con un encuentro suave, sabio y generoso, no exento de intensidad pero sí de prisa. Esa totalidad juvenil comprimida en el tiempo que rodeaba cualquier acto amoroso quedó anclada en el recuerdo y en los desencantos progresivos de una vida golpeada por vacíos intermitentes.

El buen amor tiene que ser otra cosa – me digo – no ese amor de cuento, el que dibuja un imaginaria felicidad que termina cuando se logra. Un amor loco y buscado como si fuera el culmen.

Y de ahí la nada, porque entonces la historia se paraliza y se convierte en una foto que solo tenemos que mirar una y otra vez para vivir felices para siempre. Un amor estático que ya no conmueve más.

No, el buen amor tiene que ser otra cosa.

Quizás el trasegar, ese continuo encuentro con las vicisitudes de un recorrido irregular, puede ser también parte del buen amor. No solo los momentos hilarantes de entusiasmo ciego; puede ser también la sorpresa de lo inesperado, la desilusión de una falsa expectativa, la construcción pausada de la serenidad, la caída que hace dirigir la mirada hacia las huellas de quien ya recorrió esa vía, el encuentro de las sombras a la vera, la conciencia de que se acabará y hay que afinar el paso.

Se me hace que el buen amor es la vida misma; y es, además, ese otro que acompaña mientras recorre también su propio trasegar.

<<Digamos entonces que el amor es una aventura obstinada>> Alain Badiou

 

Reflexión sin moraleja

Hace unos años en una olvidada charla con una amiga circunstancial hablábamos de alguna intrascendencia que me llevó a caer en cuenta que ese día cumpliría un aniversario más de casada… si no me hubiera separado. Era solo un detalle de color en una conversación superflua.

-Me casé en 1997.

-¡Yo también! – replicó ella, celebrando la coincidencia. Sin embargo inmediatamente aclaró con aire triunfante – Pero yo sigo casada -.

No contesté nada. Su tono, su aire suficiente y victorioso, su punto final a lo que en un instante planteó como una competencia en la que yo evidentemente había fracasado, me dejó perpleja e hizo que mi memoria grabara el momento.

Cada tanto se me vienen a la mente sus palabras, en las cuales había evitado ahondar. Pero ahora no solo pienso en ellas, sino que me pregunto por qué han permanecido impávidas en el mar de acontecimientos que ha invadido mi vida después.

A propósito repito hoy el ejercicio y me sorprendo con que este año cumpliría 19 años de casada. Otra vida hubiera vivido, otra yo estaría ahora ocupando mi lugar y estoy segura que no sería mejor.

¿Qué me dejó perpleja? ¿Qué me incomodó que me hizo callar ese día?

Separarme fue lo mejor que pude hacer en ese momento y hoy me sigue pareciendo la mejor decisión. Pero muy en el fondo creo que sentí culpa durante mucho tiempo por hacer lo que quise y no lo que se esperaba de mí.

Sentí culpa por ser coherente con mi deseo, por no ser una mujer resignada, dispuesta a disfrazar la felicidad propia con una felicidad social. Porque fracasar frente a los demás ha sido siempre peor que fracasar ante uno mismo. Nadie percibe el descalabro íntimo; la mirada de los otros, en cambio, evidencia la incompetencia. Aún así, todavía recuerdo lo inconcebible que me resultaba pensar en no separarme.

Las mujeres que se quedan solas o, lo que es lo mismo, sin un hombre que “les de estabilidad”, tienen una falla, el entorno social es sutilmente cruel para hacerlo notar. Y como mi amiga me lo demostró, las mujeres somos el catalizador más eficiente para expresar la carga social que implica un abandono del estado ideal: el de “formar un hogar”. Un mandato que implica la realización femenina en esta sociedad tan posmoderna como arcaica.

– ¿No te has vuelto a casar?- preguntan con sorpresa. – No tienes hijos ¿cierto? – tratan de confirmar con cierto pesar al saber que tengo perros. – ¿No quieres? – continúan indagando con el asombro de estar viendo a un ser desviado. – Tu no sabes de eso – aclaran con desdén cuando doy mi opinión sobre algún niño malcriado.

Lo rara que soy, lo quedada que estoy…

¿Y lo que he compartido – y comparto – con amigos, amantes, familiares, colegas y compañeros? ¿Lo que he leído? ¿Lo que he escrito? ¿Lo que he ganado y perdido? ¿El dinero que no he ahorrado? ¿Mis logros y mis frustraciones? ¿Lo que enseño y lo que aprendo? ¿Mis convicciones y mis dudas? ¿Lo que he amado? ¿Mi lucha por mantenerme saludable? ¿Mis sonrisas y mi llanto? ¿Mis dolores? ¿La música que me emociona? ¿La ira que he sentido? ¿La felicidad que impulsa mis pasos? ¿Mi casa? ¿Mis libros?

¿Es esa una vida mientras tanto? Demasiado para una transición pienso ahora. ¡Que loca he sido!

Replicamos – y me incluyo, porque hasta me he creído eso de que el deseo social es mi anhelo – lugares comunes y prejuicios. ¿Por qué otra razón, tantos años después, recuerdo con recóndita molestia el comentario de esa amiga?

Porque hasta en los círculos más liberales reaccionan con más o menos sofisticadas armas a la desfachatez femenina: el chiste flojo, el menosprecio de la causa justa disfrazado de igualdad, generalizaciones que suprimen la diferencia, acusaciones de extremismo y nuevos motes que solo esconden resentimiento ante la evidencia de una moral tan anquilosada como invisible. Hasta nosotras, las raras, a veces sin mucha conciencia continuamos buscando remendar el roto, enderezar la vara.

Pero la memoria por suerte nos trae estos pequeños escozores que alivianan el rumbo.

Fantasía

Los lazos que no existen jamás se atarán.

No hay nudo que desanudar, no hay hilo para tejer.

La historia que no vivimos enreda la memoria.

El pasado es la nada.

El futuro llega sin antecedente:

 La vida inédita.

 

 

 

 

El sueño de enseñar

Cuando era niña yo quería ser profesora. Me gustaban los tableros, las sillas con brazos para escribir, las tizas, los cuadernos y supongo que disfrutaba esa sensación de saber más y guiar a los más pequeños. Jugaba con niñas más chicas a enseñarles, a hablarles de cosas que ellas no sabían y les daba ‘reglazos’ en la mano si hacían algo mal y yo siempre imaginaba que alguna hacía algo mal. Un poco de perversión infantil e imitación. Supongo que tuve profesoras que me corregían con dolor, el mío claro está.

No tengo presente cuándo dejé que mi sueño se esfumara. Solo se que hacía ya bastante había desaparecido de mi panorama vocacional cuando tuve que elegir qué hacer con mi vida. Una mezcla de rebeldía, aspiraciones intelectuales y prejuicios me encaminaron por otros rumbos. El sueño infantil tal y como lo imaginaba quedó relegado a un pasado irreal y sin evolución.

Enseñar fue siempre esa actividad primaria en escuelas básicas y precarias. Como la que funcionaba en esa maravillosa casona de San Pelayo y que pertenecía a esa profesora de pueblo que fue mi tía Carmen, una señora que siempre recuerdo ya vieja, vestida con una fresca bata blanca y meciéndose bajo el quiosco de palma en medio de un gran patio. El mismo patio que en época escolar albergaba a la escuela primaria – ignoro si era la única – del pueblo, pero que en las visitas de vacaciones era mi escenario de fantasía, un lugar real para imaginar mis sueños.

Y ahí se quedaron, mis sueños: en esos días entreverados en la vida real, la de la ciudad, en la que era alumna juiciosa, estudiante sosa, aprendiz aburrida.

Mi papá fue profesor años más tarde. Amaba la universidad pero su verdad era demasiado tajante y su saber ajeno. Tampoco resurgió con él ese deseo infantil olvidado. Enseñar en ese momento era poder, control y algo de conflicto. Yo ya no quería dar ‘reglazos’ a quien hacía las cosas mal y las niñas a las que quería enseñar habían desaparecido en mi mente adolescente.

La docencia, tal y como la caracterizó un historiador costeño, no fue el camino para volver a enseñar; yo no quise nunca ejercerla como un rol profesional. Salvo en mis fantasías infantiles, nunca más me vi con una tiza frente a un tablero, hablando frente a otros sobre saberes repetidos en el tiempo.

Quise sí, ser periodista, ejercer periodismo, pensar el periodismo, aportar con el periodismo. Y sin querer, cuando me tracé ese camino, regresó mi sueño infantil.

Descubrí que mi profesión, mi tarea, mi trabajo tenía todo que ver con ser educadora. Que ese espacio social que había elegido como mi mundo coincidía con mi inquietud infantil que siempre rodeó mi fantasía: que lo que hiciera con mi vida tenía que “servir para algo”. Eso dejaba por fuera cualquier actividad “inútil”, palabra que ya en ese momento, y sin ser consciente, sabía que implicaba cualquiera otra que solo buscara el provecho privado. Lo mío, sin reconocerlo aún, era la público en su sentido más básico: lo que es para todos, accesible a todos, abierto para que cualquiera se beneficie. Había una vocación que muy ladinamente se abría paso dentro de mí y me iba llevando a ser “profe”.

Y así llegó esta coincidencia feliz. Ser periodista y tratar de enseñar a serlo, convertir mi experiencia en saber que pueda transmitir; crear conciencia para vivir en comunidad, para compartir y entender, para saber ser ciudadano.

Aún así, me di cuenta que ser “profe” no era solo hablar de la experiencia vivida, sistematizar el conocimiento que me dejó el errar y acertar durante años o el pensar mi profesión. El ser “profe” me volvió a colocar también en el lugar de aprendiz aplicada, de contraparte de los que se sientan frente a mi y espera que les hable, para interpelar, preguntar, rebatir, dudar. Enseñar, estoy aprendiendo, es también repensar lo pensado como lo escribió Paulo Freire.

En cada semestre aprendo cómo ofrecer lo que puedo ofrecer. Enseñar me exige escuchar, dudar de mi propia experiencia, replantear mis certezas, confirmarme en otras.

Enseñar, como sigo aprendiendo, es un intercambio alejado de la autoritaria imagen de mi sueño infantil y me ha recuperado como alumna entusiasta dispuesta a absorber la vitalidad de lo nuevo.

El fantasma en ella

Su sonrisa se congeló cuando abrió la puerta y lo vio salir de la cocina en posición de acecho y sonriendo. Un frío casi helado invadió su cabeza mientras lo veía acercarse y sus ojos delataban la locura que había vuelto a apoderarse de él; una locura que brotaba cada vez que agotaba hasta la última gota de alcohol que podía encontrar. Pero el parecía alegre, feliz de verla; y mientras ella arrastraba, ya sin entusiasmo, su primer árbol de navidad hacia la sala, una sonrisa intentaba ocultar el miedo en la piel.

Sus palabras, anunciándole que había hecho un gran almuerzo para recibirla, no la calmaron.  Trató, en todo caso, de moverse con normalidad y dejar el pino, que había elegido en el gran bosque en donde los cultivan especialmente para esa época, en el rincón que había destinado para las grandes sorpresas de fin de año. El la siguió con pasos sinuosos y palabras juguetonas. Ella caminaba simulando que estaba ocupándose de cosas que no podía dilatar, mientras intentaba tranquilizar su respiración y pensar al mismo tiempo. Sabía lo que vendría.

En todo caso la sorprendió su grito: ¡Un pino real para navidad!, ¡como los gringos!, penetración cultural, ¡inadmisible!.

Así comenzó todo de nuevo: Esa inconexa discusión con un enemigo que nadie más que él conocía y que veía en ella cuando lo desdoblaba el licor. Y entonces llegó la lucha, que fue física; esa necesidad de doblegar al enemigo que con cada minuto transcurrido lo ofendía más y le imprimía fuerzas adicionales a su ánimo combativo.

Detestaba a ese fantasma que ahora tomaba forma y podía tocar. Y en ese momento de turbia conciencia pretendió eliminarlo, atraparlo contra la cama, asfixiar su palabra indeseada y apretarle el cuello hasta que dejara de acusarlo con su mirada. Pero un resbalón de último momento hizo que ese diablo volara libre. ¡Maldito!

De nuevo la ardua tarea de atraparlo. Lo logró en el sofá, pero esta vez se aseguraría de controlarlo bien. Dobló su brazo y con su rodilla lo mantuvo inmóvil. Con la mueca del desprecio celebró que su enemigo aceptara su derrota y que algo parecido a la humillación rodara por ese rostro ajeno pero conocido. Ya no se movía.

Pero el momento sublime cedió a una ordinaria necesidad fisiológica. Fue al baño y prometió volver.

¿Volvió? Quizás. Ni ella ni el fantasma que la habitaba se quedaron para saberlo. Solo les llegó la versión que los buscó desesperado por las callejones vecinos y los pasillos del edificio, hasta que agotado cayó en medio del remolino de su conciencia embotada.

Su marido regresó al otro día y nunca recordó nada.