Padre

Te veo enjuto, como describías tu mismo a todo aquel que se veía agarrotado por la edad. Caminas sin motivo, sin la conciencia de un rumbo, sin una meta a la que llegar; perseguiste muchas y de prisa durante años, no sé si alcanzaste alguna, solo supe que en algún momento detuviste la marcha.

Ahora solo caminas, encorvado, inseguro, con esos ojos vacíos clavados en el piso, con esos cortos pasos de ritmo monótono, con esos brazos extendidos buscando el siguiente apoyo para seguir el recorrido sin fin.

Te detienes de pronto, alzas la mirada y por un segundo creo que me reconoces porque sonríes, y te devuelvo el amor que todavía quiero ver en ese rostro apergaminado. Pero vuelves a la no expresión, a la nada, y continúas tu camino; regresas al sin sentido de tus pasos.

Has perdido estatura, ahora veo fácil tu incipiente calvicie. En los últimos tiempos me mirabas de frente y eso me gustaba; te sentía cómplice por primera vez en tantas décadas. Me sorprendiste con tu aceptación, con esas preguntas generosas, con esa ausencia inquisitiva y esa presencia solidaria. Y el lazo herrumbroso que nunca se rompió, sacó su lustre y desnudó su fuerza.

Y ahí sigue, entre nosotros, aunque tu ya no seas tu. Aunque esa carcasa consumida ya no contenga ese carácter recio que escondía un miedo que yo no conocía, ni ese cerebro metódico, exigente y rígido que encorsetaba tan bien la fragilidad que evidenciaste alguna vez con tus escasas lágrimas.

Cuántas veces te miré de abajo, adorándote, alejándote, odiándote, necesitándote; cuántos años con tu mirada en mi cuello, cuánto camino marcaste a contra corriente, contra mi corriente y a pesar mío.

Podría haber sido una artista, pero tu lo quisiste y no lo fui. Pude dedicarme a curar heridas más profundas y más vitales que las mías, pero tu lo quisiste y lo descarté. Y sin embargo, nada hacía sin que pasara por el filtro de esa mirada invisible, omnipresente, que indagaba mis razones. Te sentía a mi lado, nunca de mi lado; pero lo estuviste.

Y construí caminos aún con el peso de tu presencia, o quizás justamente por tu eterna presencia. No lo se y ya no me interesa saberlo; simplemente estuviste y no concibo mi vida sin que hubieras estado en ella, cualquiera que sea el resultado que soy en este momento.

Ahora yo te ayudo, guío tus pasos y alivio tu cansancio. Y, contra toda evidencia, espero de nuevo esa expresión amorosa que me demuestre que sigues ahí, que estás para impulsar mis esfuerzos y contener mis dolores.

Pero te observo tenue e inseguro, con esa mirada cruzada por el vacío,  y se que ya no eres y que esa sonrisa solo es el acto reflejo de viejas memorias que viven de vez en cuando en la superficie de tu rostro.

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Momentos

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@Robert Mapplethorpe

Han transcurridos varios meses de zozobra, vacíos, emociones inéditas, resurgimiento de viejos fantasmas y apertura de heridas no sanadas. Errores, carencias y excesos. Mi esencia menos amable ha aparecido de nuevo, esa que, desde hace un tiempo transita un camino invisible de curación pero que de vez en cuando se sorprende con un bache tras la repentina neblina de un dolor intenso.

Y he regresado a los brazos del miedo y de la opaca humareda que se disfraza de esa nada que detiene el agotador aliento de la vida. Los he recibido casi agradecida de volver a contar con su presencia, porque me reencuentran con ese ser tan íntimo y cómodo que encontró por años su refugio en mi espíritu, ese que se escondió en la culpa de los otros para evitar el cansancio del amor y su némesis, el dolor.

Esa familiar presencia me ha saludado descaradamente como a una vieja amiga. Pero descubrí que ese ser es cada día más pequeño, y aunque sigue luchando ya no está tan cómodo y sufre de un desespero existencial.

Seres hermosos, conocidos, desconocidos, no tan desconocidos y amigos, me han mostrado su generosidad, han hecho poco caso a mi dramatismo, me han abrazado sin importarles mis lágrimas, me han escuchado sin cansancio, me han leído con amabilísima empatía, han comprendido mi trance aunque no entiendan su origen y han perdonado sin decirlo ese rabioso dolor que no he logrado poner en palabras justas.

La crisis es oportunidad, dicen. No la deseo y no quisiera estarla transitando, pero aquí ésta y es la tierra fértil, no de esas exquisitas flores enfermizas que dedicó Baudelaire, sino de esas otras más sencillas que alguna canción popular dice que crecen más hermosas en el barro. Siéntanse aludidos. Gracias.

El dolor

papá con floresEse hombre, en otros tiempos autoritario y distante, es este viejo que sintió mi dolor y cuyas lágrimas se unieron a las mías.
Mientras mi dedo sangraba, sus lágrimas brotaban. Lloramos juntos allí sentados, indiferentes a los curiosos.
Ese dolor que pensé solo mío fue también suyo. Siempre lo fue.  
Ese hombre que es otro, pero sigue siendo mi padre, me dio su mano como siempre, me la apretó como nunca.
Fue mi confort como nunca y volvió a ser mi seguridad como siempre.
 
Pero ahora nuestro tiempo está terminando.
 
 
 

Amores perros

cropped-los-tres21.jpgLos amores perros son suaves, son tersos, son terciopelo.
Ellos saltan y exaltan, celebran la vida.
Desprevenidos siguen el humor humano.
Pero solo contagian la risa.
 
Están, siempre están.
Con sus magulladuras amorosas; con sus babosas caricias.
Con la paciencia animal de la irreflexión. Con el celo de la lealtad incondicional.
Y esa intuición certera de lo no pensado.
 
Mis amores perros.
El sostén de un pedazo de mi vida.

El pasado que es

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Lo reconocí al instante.  Caminaba con la tranquilidad de hace veinticinco años. Solo su cabello, con sus canas prematuras, detuvo por un momento mis recuerdos. Un momento nada más.

Su espalda era la misma que tantas veces había rodeado esas noches cuando el mundo no tenía fin, y en la que mi rostro descansó tantas veces mientras él conducía la moto con la que nos sentíamos eternos.

Sus manos en los bolsillos seguían mostrando ese paciente desenfado que no me pudo contener.

El recorrido cotidiano que ahora hacía, y yo seguía, me mostró la  vida que no tuve, el compañero que dejé ir por respirar aires más mundanos.

Se que vive en la casa que fue la de sus padres, ahora con su propia familia. En esa casa en la que me sorprendieron los primeros encuentros amorosos, escenario de una felicidad que aún no deseaba. La casa de esos padres tan sorprendentemente enamorados después de 30 años de casados. Una casa que he mirado de lejos tantas veces. Una casa con el aura del buen amor que no quise.

Caminé detrás de él unas cuadras más. No intenté alcanzarlo, el no se detuvo. Doblé en una esquina y nuestros caminos se alejaron de nuevo, veinticinco años después.

Un deseo para este 31

Bueno, es inevitable que el 31 de diciembre no sea un día más. 2012 ha sido, por decir lo menos, sorprendente. Un año lleno de agridulces. Un año de mucho amor y un año de mucha incertidumbre. Un año con el corazón expuesto, como nunca antes. Afectos férreos se corroyeron y amores que parecían frágiles se fortalecieron. Los de siempre se renovaron. Los nuevos se van acomodando.

Gracias a mis amigos incondicionales que se han decantado con el tiempo. Gracias a mi familia. Gracias a todos los que cruzan este umbral extraño conmigo, esta fecha que nos hace renovar deseos, desear más y menos al mismo tiempo. Cambiar.

También a aquellos que van a mi lado con prudente distancia, de ellos también será el reino de los cielos. Indispensables en ese lugar en el que están. Maravillosas compañías que tiñen de color y sustancia una vida que, de otro modo, sería muy lineal.

Espero ser mejor persona para todos este próximo año. Nada más.

Su sonrisa, mi historia

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Un clásico, aunque ahora pertenezca al mundo globalizado, el Éxito. Un barrio con nombre de prócer criollo y símbolo ahora de una revolución socialista de tercer mundo, pero el mío, el de siempre. Una tienda en la esquina de la iglesia, la de siempre, la que se construyó a punta de empanadas. Tres cervezas y escucho sus historias, las de siempre y algunas otras, también añejas pero nuevas. Las risas, todas renovadas. La complicidad tan olvidada. El sol escondido, un día fresco con amague de lluvia. Un gris tropical. La caminata a casa a través de jardines prolijamente cuidados y el  amable letrero en varios de ellos, “si su perro la hace por necesidad, usted la levanta por educación”. Su Pascual y el mío. Y de nuevo sus historias, las de siempre, todas nuevas. Su surcada cara y su sonrisa. Mi historia.