La ira matutina de un gato

gatos1El gato se eriza. El perro ladra. Yo me asusto.
La adrenalina se siente. Los pelos se paran. No hay control. 
Huyo. El perro huye y sigue ladrando.
El gato reaparece de frente, inflado. Erizado de ira. 
Retrocedo y arrastro a mi perro, que ladra. Emprendo otra huida.  
El gato no cede. Le doy la espalda, el perro no. Sigue ladrando pero me sigue.
El gato iracundo avanza impulsivo. El perro lo ve, yo no.
Tarde, un dolor agudo me avisa de la ira explosiva del gato. 
Doy vuelta y miro con asombro el exceso, la ira sin contener, la sangre derramada y el perro loco sin control.
Un grueso hilo de sangre comienza a rodar por mi pierna.

Papas fritas

Con la noche tan fría, mis ojos iban clavados en la vereda tratando de equilibrar entre mantener la correcta dirección de mis pasos y proteger mi rostro de las afiladas corrientes de aire húmedo. Frené un poco cuando me topé con un par de botas de un pantalón rayado, de esos que se compran en una feria americana. A su lado unas gruesas medias de lana, que enfundaban unas gruesas pantorrillas, evitaban que pudiera sobrepasar a la pareja que se reía y caminaba como en la más cálidas de las noches primaverales que todavía resisten el calendario oficial.

El andén era estrecho y en la calle pasaban los autos, así que tuve que acompasar mis pasos a los de la alegre pareja; y entonces los escuché.

– …no podían creerlo (risa ahogada) me miraban como a un bicho raro.

La chica de las pantorrillas solo reía.

– Me encantó escandalizar a esos burgueses. Imaginate comer papas fritas de bolsa caminando por Cabildo y Juramento. Porque allá sí comés papas en la calle, pero Pringles, no fritas de asado…

La chica a la que aventuré observar lo miraba con ojos risueños y adoradores, mientras seguía sonriendo.

– Me encanta ir a escandalizar en esos barrios burgueses!! – concluyó satisfecho el hippie cool que seguramente debía tener un tatuaje del Che o de Bob Marley y una gran imagen de ganja o del padre Mujica en la cabecera de su cama, en una habitación de Caballito, ese barrio que, 10 años tarde, me vengo a enterar es un reducto de la lucha popular.

Y la chica reía cada vez más sonoramente. Y yo entonces me arriesgué con los autos.

Pura vida dominical

Llueve de nuevo en Buenos Aires y es una noche cansada. Pero no puedo olvidar que el domingo fue divino, y salimos…

Todos listos para el paseo matinal con viento y sol a favor.

Disfrutamos de sabrosos centros gastronómicos,

nadamos en cristalinos manantiales urbanos,

 

 

recorrimos surtidos centros de compras atendido por sus dueños,

 

 

 

 

 

frondosos jardines naturales,

Visitamos amigables vecinos,

 

 

y el paisaje urbano nos sorprendía en cada cuadra…

 

finalmente rematamos en el pulmón verde del barrio

 

y ya hambrientos  estuvimos listos para el regreso. 

Un sábado cualquiera, o sea, casi perfecto

Cómo me gusta la albahaca! Caminar por Rivadavia en una noche fría es estimulante, sobre todo si tienes la panza llena y el corazón contento. Dice el dicho.

Me siento en orden. En mi cabeza, en mi mente. Mi vida, sigue igual; pero he hecho lo que quiero, compré lo que necesité, nada más que eso, y hasta un ramito de flores me llevo a casa. Pregunté en la feria por un par de pantuflas multicolor con borlitas colgantes, miré libros, le coqueteé a un suéter que no compré por sensatez y por no sacarme las capas de ropa que tenía encima. El invierno hace bien a mis finanzas.

Caminé y miré gente. Toda demasiado envuelta en trapos para poder entrever su humor. Experimenté de nuevo la hosquedad propia del invierno, gente ensimismada o concentrada en el deporte citadino de la compra compulsiva y ajena a ese otro que cruza la misma calle y pisa el mismo adoquín suelto. Pero es sábado en la noche y la avenida está viva, en todo caso.  Bollitos caminantes que supongo infantes y caninos con variados abrigos le ponen risa y ladridos a la brisa helada. El alma se calienta.

– No te gusta?   – No. Es muy delgadita la masa.

Seguro la señora es de esas ‘tanas’ que comen pizza a la vieja usanza, gruesa, de queso chorreante y aroma encebollado. Aquí huele a albahaca. Pese a todo, el diente no se detiene y la charla en la mesa de al lado sigue muy animada entre los dos veteranos de las calles porteñas que se arriesgaron con una pizza ‘gourmet’.

Es temprano, por eso encontré mesa. Cenar a las 7:15 es una rareza. Salvo esos jóvenes veteranos que seguramente tienen costumbres añejas y cuerpos que necesitan pronto reposo, una familia que quiere comer junta antes de que la noche le presente mejores alternativas a los más ‘pollitos’, y yo que solo puedo argumentar a mi favor costumbres ajenas, apuramos una última cena casi a la hora del café para otros.

La moza es amable y me sonríe. Me explica que Macri prohibió el cerramiento en veredas sobre las avenidas y por eso no hay calefacción para las mesas de afuera. Clientes que se pierden.

– Cuando necesiten recaudar más, seguramente podremos volver a ponerlo –  remata, con algo de resignación y la seguridad paciente de algo inevitable.

El mundo no sonríe precisamente, pero es sábado y camino por Rivadavia, la avenida que parte la ciudad en dos; el corazón de la clase media porteña. Tiendas abiertas, comercios llenos, gente, mucha gente; autos, demasiados. Luces y vida por donde se mire. No es esta precisamente la Argentina en crisis.

Es delicioso el olor de la albahaca y es una noche de sábado casi perfecta. Solo falta una segunda copa de vino y estar enamorada.

Recordé las ausencias

Hoy siento incomodidad y una especie de tristeza que me estorba en el pecho. No hay mejor sensación que la felicidad y la ligereza de sentir que todo esta bien. Pero hoy no está todo bien. Mejor dicho, no ha estado bien para mucha gente durante demasiado tiempo y hoy lo recordé. Recordé las ausencias. Me las recordó ese testimonio tremendo de Victoria Montenegro en el juicio que se lleva a cabo en Buenos Aires por apropiación de bebés. Ella fue una de esas bebés. Hija de desaparecidos, criada por su apropiador; un coronel que, según su propia confesión, asesinó al padre de Victoria.

La noticia hoy no era ella directamente. Era la complicidad y el encubrimiento de un fiscal, aún en ejercicio, que retardó que ella descubriera su identidad.  De esta historia me impresionó la amplísima red de complicidades y encubrimientos que, según se atisba en su testimonio, existe en ese poder que administra justicia. Aunque se sospecha, siempre impacta conocer cómo se opera desde ese lugar en el que se encuentran quienes  deberían velar por la legalidad y los derechos humanos y ciudadanos.  También me impresionó el adoctrinamiento al que fue sometida desde que era niña:

Yo lo que sabía era que en Argentina hubo una guerra, en ese momento yo consideraba a Herman como mi papá, para mí la subversión se estaba vengando de ellos que habían sido soldados; que los desaparecidos eran mentira. Pensaba que no eran personas físicas, sino un invento de las Abuelas”.

Tetzlaff le dijo que lo primero que hacía la subversión era dañar a la familia, núcleo vital de una sociedad sana. Que las Abuelas instaban las dudas para crear miedo. “Por eso para mí eran todas unas mentiras: yo era hija de él y estaba convencida de que todo era un invento.

“La causa no sé qué era exactamente, pero era una bandera celeste y blanca; ellos eran los buenos, había una causa nacional; era el olor a cuero, las botas, la familia cristiana, la misa, cenar afuera porque Mary no cocinaba, para mí ésa era la familia: los restaurantes llenos y Herman que terminaba las conversaciones con la 45 arriba de la mesa diciendo: ‘Yo siempre tengo razón, y más cuando no la tengo’”.

Ahora releyendo esto, me doy cuenta que esta sensación que no me deja tranquila hoy, es la misma que sentí cuando por primera vez me conmocionó “ver” las ausencias en esa exposición del fotógrafo Gustavo Germano.

Esa presencia permanente del que ya no está.

http://ausencias-gustavogermano.blogspot.com

Una indiferencia deseada

Desde la semana pasada, la Argentina es un mejor país para vivir. Eso fue lo primero que pensé cuando el jueves me desperté con la noticia de la aprobación del matrimonio igualitario. El primer país en América Latina, el décimo en el mundo. De avanzada. Ayer se promulgó y hubo un acto en la Casa Rosada, pero la celebración es cotidiana. A mi juicio esto significa el comienzo de un cambio que supera por lejos el reconocimiento legal de derechos legales iguales para todos. Creo que el amparo de la ley dará visibilidad a situaciones de hecho, que de a poco se verán en la calle. Se incorporarán a la cotidianeidad. La deseada indiferencia llegará también para las parejas del mismo sexo, como escuché que era el deseo en una de las cartas que se leyeron en el Festival Sí, quiero. Esta será una sociedad en la que ya no se discutan las relaciones privadas en público.

Pero, aunque fue una sorpresa la aprobación en el Senado, incluso para militantes de la causa,  me parece que si un país de Latinoamérica debía llevar la batuta en esto, ese sin duda, debía ser la Argentina. En este país se respira indiferencia. En el mejor sentido. También en el peor, pero ese es otro asunto. Aunque pensándolo bien, debo circunscribir esto a la ciudad de Buenos Aires, que es el ámbito que conozco.

Hay, por supuesto, bolsones conservadores, que todavía mantienen a sus caballeros templarios en cruzadas mediáticas, y de otras que no confiesan. Pero su fracaso en este caso, fue un triunfo de una ciudadanía mayoritaria que confirman una teoría que comencé a formarme cuando llegué aquí hace años. La gente acá se relaciona con irreverencia, informalidad y una alta dosis de individualismo.  Y eso, que genera un caos formal, muchas veces indiferente a cualquier conducto regular y que provoca un irrespeto a las jerarquías y a las formas, está también en la base de una relación de igualdad de trato, de relación horizontal. Una relación en la que la circunstancia del otro me es indiferente y que a la larga, filtrada por algún criterio de análisis, se ha convertido en el reconocimiento de la diferencia.

Me parece a mí, qué se yo… los viajes en bus a veces son muy largos en esta ciudad.

Un cinturón de La Rioja

– ¿Contenta en este país? ¿Te gusta?

– Sí, me gusta vivir en Buenos Aires. Como en todas partes hay cosas que son mejores aquí y otras que no…

Pura formalidad. No quería ahondar en lo que llevo casi ocho años repitiendo a quien no entiende qué diablos hago aquí ‘si tengo el Caribe’ que en realidad no importa mucho, podría ser el mar Egeo o el desierto del Sahara…

– Yo te voy a decir cuál es la característica de este país, que a mi modo de ver es negativo…

Mi interlocutor tenía ganas de romper el hielo. Supongo que sabía que yo no era la periodista que quería mostrar su mejor cara.

– Hay básicamente dos argentinas, la del litoral y la del interior. La primera es la más europeizada, gente que vino a trabajar. La del interior mezcla la tradición indígena y la herencia hispánica… bueno, nosotros tomamos lo peor de ambas culturas.

Y así comenzó el abogado, muy distinguido él, en una larga disquisición sobre la terrible herencia argentina.

Décimo piso en plena avenida principal. Ubicación estratégica. Alfombra mullida, madera oscura, páneles de vidrio esmerilado, muebles de líneas rectas de un muy lustroso y grueso cuero color café. Estantes repletos de libros uniformes, pero de lomos gastados por el uso. Se nota que había intelectuales que no perdían la forma allí.

– Aunque no lo creas en este estudio todavía nos queda ética. En este país se ha perdido todo.  Mirá, en todas las sociedades existe la corrupción, en mayor o menor grado. Pero acá es general, en lo cotidiano. La sociedad es corrupta. Y sobre todo la clase media; aunque yo soy de clase media. Acá el grado de corrupción lo limita la oportunidad. Nada más.

Lo decía todo con tanta lógica razonada, sin apasionamiento, que parecía diseccionando analíticamente las causas del comportamiento social de los habitantes de Bora Bora. Entre un sorbo de café y uno de agua, la descripción aséptica solo causaba en mí movimentos de cabeza de amable escucha y una que otra sonrisa. Era un señor tan amable…

-Yo la verdad, no se lo que hago en este país, si todo lo que quiero está afuera.

– …

– Mi hijo y mis nietos están en Estados Unidos. Lo únicoque me queda en este país es un cuñado que no quiero ver… y mi mujer – sonríe.

Sonrío yo también, dándole a entender que entiendo el chiste. Siempre es bueno celebrar las típicas bromas de los hombres sobre la presencia de una mujer como ese destino inexorable que les tocó en suerte.

– En realidad, lo único que tengo argentino, es este cinturón que compré en La Rioja – me señala su cintura.

Siguió un buen rato con su argumentación anti – país, pero yo me quedé con su cinturón de La Rioja. Me hubiera gustado examinarlo, un objeto exótico en ese entorno…

– Bueno, te dejo para que leas tranquila y tomes las notas que necesites… ¿Cuándo sale?

Mañana.

Creo que era mi décimo sexta palabra después de casi dos horas…

Ahh bueno, porque me voy pasado mañana por 15 días para Europa. Viajo cada vez que puedo.

Un muy buen rato después, cuando desperté del letargo que me produjo la altura de ese décimo piso, desde donde se contemplaba una ciudad majestuosa; sobre todo porque sus moradores se consideran algo así como la aristrocracia criolla (sí, criolla a pesar de ellos), pensé que está bueno eso de considerarse de clase media y poder irse para Europa por antojo. Y me dije: a esto se deben referir quienes tantas loas le dedican a la gran clase media argentina… Con razón, pensé.