Caricatura

Tomada del Blog No le creemos a Alvaro UribeHace mil que no veo a Chócolo. Es una de esas personas con mucho humor y agudeza que me saca una sonrisa de solo recordarlo, no solo por las buenas caricaturas que siempre ha hecho, sino por la buena onda que siempre irradió. Un paisa de barrio. Y me encanta ver que no ha perdido para nada el toque…

Esta es una de sus caricaturas, a propósito del famoso argumento que esgrimen los que dicen que ahora el país está mejor porque la gente puede viajar y regresar a sus fincas y a propósito de quienes ya hablamos más abajo, los invisibles de siempre.

Sacada del blog No le creemos a Alvaro Uribe.

Los invisibles… de siempre

Mañana 20 de junio se celebra el Día Mundial del Refugiado y acaba de salir el último informe de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados – Acnur –.

Durante los dos últimos años (2006 y 2007) los desplazados por conflictos internos ha aumentado de 24,4 a 26 millones. Colombia ocupa un terrible segundo lugar en el mundo con 3 millones, después de Sudán (5,8 millones) y por delante de países como Irak (2,4 millones).

Vale aclarar, en todo caso, que ACNUR no cuenta a los palestinos que son 4,6 millones y son asistidos por la UNRWA – Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos -.

Hubo, por supuesto, reacciones del gobierno colombiano. Que no son tantos, solamente 2,5 millones entre 1997 y 2008.

Según la ONG Codhes – Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento Forzado – hay 4’437.000 personas desplazadas si se comienza a contar desde 1985. Y si se piensa en uno de los argumentos del mismo gobierno, no hay mucha esperanza de un retorno masivo:

“…en general los desplazados no tienen todavía acceso a tierras y … los retornos no pueden ser masivos porque no están dadas las condiciones de seguridad.”

Aún así, hay comunidades como la de El Encanto que, después de 4 años, decidieron organizarse y recuperar sus tierras por cuenta propia y a pesar de enfrentar la muerte y la desprotección del Estado.

El video de arriba son sus testimonios y es la segunda parte del documental La Voz de las Piedras dirigido por Javier Corcuera para la TVE. Para quienes quieran verlo completo, aquí abajo están la primera y la tercera parte. Si tienen tiempo se los recomiendo.

Conocer las estadísticas no sirve de nada si no se escuchan las voces. Ellos lloran a sus desaparecidos y muertos, pero no se rinden:

Sé que son las cuotas de la guerra, pero sé que son las cuotas que no deberían suceder…(sic)

Un campesino sin tierra no es nada, así que muérase en la tierra…(sic)

Primera parte (8:05 mins)

Tercera parte (7 mins)

Mi vida ordinaria

Hace un par de días encendí el televisor en la mañana. Una de esas mañanas en las que andaba sin ganas de nada, solo volver a mi camita y disfrutar de la pereza.

Me puse a mirar sin ver realmente Mañanas Informales, ese programa que a veces es divertido, algunas veces se pone interesante y otras veces me hace querer volver a escuchar radio y así entonces volver a mis almohadas. Cuando aún no decidía si tomarme un segundo café y comenzar uno más de mis días, escuché que entrevistaban a Julio Bocca. Desde mucho antes de su despedida como bailarín, cuando ya le había puesto fecha a su retiro, escuché y leí que entre las cosas que lo animaban estaba que quería poder llevar una vida normal

… saber que voy a poder descansar, dedicarme a otras cosas que me gustan y encima poder comer y tomar lo que se me ocurra sin pensar en la ropa elastizada, …, sin nada, nada de angustia.

Esa mañana, y después de cuatro meses de esa memorable noche en el Obelisco en la que se despidió al aire libre frente a 200.000 personas, estaba expresando la dificultad que tenía para ser “normal”, mejor dicho, para llevar una vida cotidiana como la de la mayoría de los que habitamos esta ciudad y algunas otras. Según mi interpretación de sus palabras, se sentía un poco perdido cuando se levantaba, no sabía qué hacer.

Me hizo gracia. Sonreí medio adormilada, me di vuelta y abracé una de mis almohadas. Ya había decidido cerrar los ojos y quedarme un poquito más en cama, porque finalmente ¿quién me apuraba?

Cuando finalmente el ánimo me dio para el segundo café y pude finalmente conectar mi cerebro, regresé a las declaraciones de Julio Bocca mientras tostaba el pan y sacaba la mermelada y el quesocrema de la nevera. Pensé que era increible que mi vida ordinaria pudiera ser tan extraordinaria para gente como él que es un privilegiado y puede tener lo que quiera.

Y yo, ¿cuántas en un millón había como yo? Entonces me pregunté que tan normal era esta vida que llevaba y para cuánta gente puede ser realmente extraordinaria, aparte del bailarín, claro. Porque en todo caso, es uno en un millón.

Y ya no me dio tanta risa, me puse seria y como siempre compliqué mis momentos de satisfacción cotidiana.

Me acordé entonces de Fanny, esa madre de cinco hijos y desplazada por la violencia en Colombia; una de los tres millones – algunos calculan 4 millones – que viven su vida cotidiana en los cinturones de miseria de los centros urbanos, entre paredes de tablón, precarios fogones de gas y un escaso desayuno con agua de panela antes de irse a limpiar casas ajenas o a vender dulces en los buses.

Me acordé de Migue, un cartonero de quien el periodista Washington Cucurto escribió en Crítica de la Argentina, un hombre casi, en edad de aprender muchas cosas. Su vida cotidiana comienza, – o comenzaba en ese momento porque parece que la prefectura los echó junto a otras cuantas familias -, debajo de la autopista del Sur, a metros del Parque Lezama, al lado, ¡vaya paradoja!, del ex centro clandestino de detenciones.

Migue es uno más de los alrededor de seis mil cartoneros que circulan en la ciudad de Buenos Aires, el doble que tenía registrado el gobierno porteño en el 2006 y uno más que se suma a las más de 100 mil personas que viven de la basura en el conurbano bonaerense, de acuerdo a estadísticas de la provincia y de la Universidad Nacional General Sarmiento. Su jornada, a diferencia de la mía, comienza cuando cae la noche y sale a hurgar la basura de nuestra vida normal.

Y sí, hay tantas Fanny y tantos Migue que quisieran tener mi vida normal!!

Pero si todavía no estaba deprimida por ellos o feliz por mi vida ordinaria, según como se mire, me acordé también del reciente pedido de auxilio del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, que asiste a que 90 millones de personas en 78 países cubran su necesidad de alimento básico. Pedían 500 millones de dólares para evitar el racionamiento de esa ayuda alimentaria. Y la verdad que 500 millones me sonó poco para que 90 millones de seres humanos pudieran vivir, ya no dignamente, solo vivir.

Esos mismos estados que no dan suficiente para paliar el hambre, causada en parte por ellos mismos, alcanzaron un gasto record en defensa. Según el Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo (SIPRI), en el 2006 el mundo gastó un billón 204 mil millones de dólares en armas. 184 dólares per cápita!

Fanny, Migue y otros 2.600 millones de personas en el mundo vivían en el 2004 con menos de dos (2) dólares diarios!!

Así que terminé el café, me comí las tostadas y decidí sentirme afortunada por esta vida ordinaria que llevo y que pareciera ser la normal en esta burbuja citadina e intelectual. Esta en la que (con eso nos ilusionamos) la mayoría vamos a cine, cenamos cada tanto por fuera, despotricamos de los políticos de turno y al final del día nos refugiamos en una cómoda habitación, cerramos la ventana y pensamos, mientras nos quitamos la caca de perro que pisamos cuando veníamos, que esta ciudad es una mierda. Después nos metemos en nuestra camita, y esperamos que al otro día no haya ningún piquete que no nos deje llegar a tiempo.

Gente extraordinaria que transitamos esstas anónimas ciudades latinoamericanas.

La historia de Fanny

desplazados-por-la-violencia.jpgLas estadísticas siempre son útiles para tener una idea de la magnitud de una tragedia, para saber cuán afortunados somos los que estamos en el 15, 20 o 5% de la pirámide social y no en el 50 o 60 más bajo, para administrar la pobreza y la riqueza estatal, para saber cuántos pollos per cápita se consumió en el 2007 o para tener idea de cuál es la parte del cuerpo que las argentinas, colombianas, mexicanas o peruanas prefieren arreglarse para convertirse en la sensación de las playas y los centros nocturnos.

Pero a veces es más efectivo contar una historia. La estadística es inasible, las caras se borran y se atomiza el interés. Es fácil entonces decir ¡que terrible! o mira vos… e inmediatamente pasar a la siguiente sección del diario, sin respiro.

Pero si conocemos una historia y luego sí miramos los números, el asunto nos entra de otra manera. Y en ese país del sagrado corazón la realidad de Fanny se multiplica por 3 millones de desplazados internos, según los datos más conservadores. La realidad detrás de las estadísticas.

La historia está contenida en el artículo Los desplazados: los más pobre entre los pobres, escrita por el periodista César Paredes para la revista Semana:

Los días más felices de Fanny Rendón los vivió en su tierra natal. Su papá, Hernando Rendón, había adquirido una tierra a 15 minutos de Balboa, un corregimiento instalado en medio de Unguía y Acandí, en el departamento del Chocó. Allí creció a la orilla del Golfo de Urabá, entre la brisa y la humedad del Atlántico; tierra de tortugas, manatíes y garzas, pero también de explotaciones que han ido acabando con el bosque.

Una tarde de domingo, mientras vendía empanadas frente a la capilla, Hernando fue asesinado por la guerrilla. Tenía 52 años. Una sombra de muerte se cernió por la región. Al año y medio entró el Ejército a Balboa. Llegó inspeccionando las casas y haciendo preguntas. Por esos días, Juan Pablo Rendón, hermano de Fanny, había viajado a Turbo para averiguar los repuestos de un carro, pues su oficio era la mecánica automotriz. A los ocho días, cuando ya se había ido el Ejército, volvió la guerrilla y asesinó a Juan Pablo acusándolo de ser informante.

El aire de muerte, otra vez, golpeaba el corazón de Fanny que para entonces tenía 25 años. El temor rondaba la casa, los cultivos, parecía que en cualquier rincón de ese lugar paradisíaco podía encontrarse la muerte.

Eduardo Tabares, el esposo de Fanny con quien en ese momento tenía cuatro hijos, trabajaba con un comerciante, Darío Echeverry, que compraba víveres en Turbo y Apartadó y distribuía en los pueblitos. La mercancía debía llevarse hasta Titumate en chalupa, luego se transportaba en camión hasta Balboa. Eduardo era el conductor.

A comienzos de 2001 llegaron los paramilitares. Los primeros que cayeron asesinados fueron los que tenían algún negocio. Acusado de dotar a la guerrilla de víveres, a la entrada de Turbo, mataron a Echeverry. El rumor era que, lista en mano, matarían a todos los que trabajaban en el comercio con él.

Una tarde llegó una pareja de vecinos a la casa de Eduardo y Fanny. “¿Ustedes no se han ido? Ya mataron otro de los trabajadores de Don Darío. ¿Qué están esperando?”, comentó la vecina. Al atardecer, ese día, con la ropa que tenían puesta, con sus cuatro hijos y uno de tres meses en el vientre, la joven pareja decidió irse para Medellín.

Los primeros días fueron los más difíciles. El frío de la ciudad era algo para lo que no estaban preparados. Debajo de un puente tuvieron que organizar una suerte de cambuche. Al cabo de unos de unos días Stefani, la niña menor, con tres meses de edad, se enfermó de neumonía. Los médicos no la querían atender porque no tenían Sisbén. Logrado lo del Sisbén, la niña tuvo que permanecer casi un año hospitalizada.

“Aguantamos mucha hambre y frío debajo de un puente. Mi esposo no conseguía nada, a veces nos tocaba tomar aguadepanela y nada más”, comenta Fanny seis años después. Jhon Alexander, el hijo mayor con 12 años, se enfermó del estómago.

Tan pronto llegaron, la hostilidad del asfalto y el smoke, la dureza de la gente fue lacerando sus corazones. “Una vez salí debajo del puente, le pedí a una señora y me insultó tan feo: ‘Que trabajara, que yo estaba muy joven’. Yo le dije, si supiera a dónde ir a trabajar, yo no estaría aquí. La gente no entiende la situación de uno, y uno sin conocer a nadie tiene que sufrir mucho”, recuerda Fanny, mientras agacha la mirada. Ella es una mujer de 32 años de baja estatura y figura gruesa. Tiene los ojos pequeños, indígenas, y una tristeza que parece ancestral.

Fueron tres meses en la calle, hasta que supieron de un barrio de invasión que se estaba formando, en la Comuna 13. Loma Verde se llama el asentamiento, que aún no se ha registrado, ubicado en la zona occidental de Medellín. Fanny levantó una casa de madera. Al estilo de las construcciones en los pueblos de Urabá, ella compró tableta de madera y con la ayuda de unos vecinos levantó un rancho que poco a poco ha ido acondicionando para que sus hijos puedan vivir.

Stefani actualmente tiene siete años. Sufre de una enfermedad que los médicos dicen que es incurable, púrpura trombopénica aguda. Los síntomas son unos moretones que le aparcen en la piel y luego comienza a brotarle la sangre por los poros. “Yo no sé si eso fue de esa época, como a ella la alimentábamos tan mal”, explica Fanny. La dieta es especial para que la niña pueda mantener la suficiente cantidad de glóbulos rojos. Sin embargo, a veces, Fanny no le puede dar sino aguadepanela y arepa. Tuvo que poner una tutela, alentada por una vecina, para que el Sisbén le pudiera ayudar con la medicina.

Eduardo los abandonó hace un año. Desde entonces Fanny tiene que vender dulces en los buses o hacer aseo en casas ajenas. Con lo que consigue, a veces, les da dinero para los pasajes a sus dos hijos que están en el colegio.

Sólo una vez, hace año y medio, recibió una ayuda de la Unidad de Atención al Desplazado. “Yo no sabía que la Alcaldía daba ayudas, estaba novata en eso”. A Fanny, cada vez que habla de lo que le ha tocado sufrir, las lágrimas se le aflojan. “Uno ve la gente de la calle, los desplazados, y dice Dios mío ampáralos. Yo ya pasé por ahí. Eso es muy duro. No dejo de pedir por ellos”, dice.

La casa poco a poco la han ido dotando de lo necesario. Cosas que otras personas les han regalado. Adentro todo está limpio y en orden. Sentada en un sillón, Fanny responde las preguntas de la entrevista. Se disculpa por no poder ofrecerme nada de tomar: “Pero es que no hay nada”. La camiseta color mostaza que lleva puesta reza “Las fronteras no existen, los amores sí”. Pero ella sabe que eso no es verdad. Su tierra está abandonada, y allá no puede volver, a pesar de que, como dice ella: “allá la vida era muy buena. Uno cultivaba su tierrita y cocinaba lo que cultivaba, no tenía qué preocuparse por pasajes y gastos porque todo estaba ahí. Aquí la vida es muy cara y muy dura” .

* Algunos nombres fueron cambiados a petición de la fuente, por razones de seguridad. (el artículo completo aquí).