Crueldad

La abuela le había recomendado alguna vez echar sal en la herida para que no fuera visible la ampolla. Y así lo hizo, de nuevo. La ampolla fue reprimida pero la herida viva le carcomió la pierna durante 20 días en los que no pudo caminar por la infección. Y las aguas de ese lago sin historia tuvieron que esperarla para ser leyenda.

Metáfora real, consigna de abuela. La letra con sangre entra. Pero solo crueldad había en ello, rezagos de una dura enseñanza que la había cargado con una herencia indeseada y que aliviarían, lo sabía, esas aguas nuevas que solo esperaban por ella. Porque aguantar con estoicismo templa el carácter y endurece la voluntad le decía su madre, pero también seca el alma, había olvidado informarle.

Y el sueño le recordó ese dolor que gritaba y nadie escuchaba, y en el que su voz, ensordecida ante el pie asesino de su perro y la cruel mirada que desafiaba su alma, reventaba sin poder salir de su pecho. Un sueño intermitente, una realidad permanente.

La liberación la esperaba en ese eterno silencio bajo ese cielo sin pasado donde los árboles aún no susurraban. Solo debía tener paciencia para ese descanso infinito.

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Su lago

Desde que lo llenaron, el lago fue su lugar favorito. Tan desprovisto de historias. Su artificio le atraía, le parecía que era el mejor lugar para descansar. Nada de recuerdos, nada que le acercara a otros, un lugar que podía moldear a sus anhelos, suyos nada más. La luna allí brillaba para ella, los fantasmas los creaba su mente, el susurro de árboles que aún no lo eran, su monstruos apenas nacían. El vacío de su cotidianidad se expandía sin más límites que ese cielo estrellado e infinito. Esa soledad profunda, esa certeza de que nadie más guiaba su propio destino.  Ahí el futuro era inasible porque no tenía pasado. Era el lugar en el que se abandonaba y la abandonaban.  En ese sendero, que la llevaba cada madrugada a esas aguas desoladas, dejaba todos los jirones de la fatal certeza de su destino, esa pesada carga irrenunciable. ¿Qué lo aligeraba? Nada, nada, le decía cada día esa extraña lucidez que no deseaba. Loca, loca, le hubiera gustado que la llamaran y así, esas buenas conciencias que dijeron amarla  solo la recordarían a través de esa primera leyenda que surgió de esas aguas que la bañaron esa última noche.