Ultimamente me siento así…

A veces las palabras son poca cosa… Esta fotografía es una copia realizada por Cole Weston de un negativo de 1930 de su padre , el fotógrafo Edward Weston. “Pepper 30”.

Me llamó la atención su relación con dos fotógrafas: Con Margrethe Mather fundó la Camera Pictorialists of Los Angeles. La consideró la primera mujer importante en su vida y al parecer tuvo algún amorío con ella,  pero ella estaba más interesada en otras mujeres que en la masculinidad de Weston.

Y En 1923 viajó a México con su amante y  aprendiz, la fotógrafa y militante de izquierda, Tina Modotti, para mí una de las personalidades más atrayentes de la fotografía.

Ahí les dejo, para que se retuerzan.

La primera foto

Hace un tiempo, cuando recién comenzaba con este blog y tenía muchas pretensiones con él (miren en lo que terminó…) había abierto una pestaña adicional para subir una foto cada semana y que de alguna manera reflejara algo de lo que había vivido, sentido o experimentado en esos días. Me pareció muy íntimo. Pero como ahora este blog anda en esa corriente más personal, cada tanto lo haré.

Esta foto la tengo en mi messenger y como “las chicas” despiertan tanta curiosidad y parece que a mis contactos no le gustan los misterios, – además cada dos por tres tengo que aclarar que no, que ninguna soy yo -, les cuento que son un par de actrices de la Ópera de los tres centavos. Fue tomada en Munich por la fotógrafa alemana, Gertrude Fehr, en 1933. Especializada, entre otras cosas en teatro. Más información de Fehr, aquí.

Hasta aquí llegó la magia… qué se va’cer! Cada tanto la picardía alimenta la vida real.

Colombia expuesta

Más de 1200 personas se inscribieron para participar en el concurso de fotografía de la revista Semana, Colombia Expuesta. Algunas de las ganadoras son las que se ven abajo. La revista realizó además una edición extraordinaria que hace referencia a fotografías históricas y tiene algunas perlas como la fotografía más antigua, La calle del observatorio, un daguerrotipo tomado en 1842 y que hoy se encuentra exhibido en el Museo de la Fotografía de Paris.

Las manos de Anibal palacio, un recolector de café. Ricardo Vejarano.

Nadador en Tanguí, Chocó, Pacífico colombiano. Juan Arredondo.

Barrendero en la madrugada, Municipio de Chía, Cundinamarca. Santiago Castro Guzmán.

Minero en Marmato, Caldas. María Jimena Palacios.

Disciplina en la Casa de Nariño, Bogotá. Camilo Salgado.

Jugando a ser mamá. Catalina Patiño Echeverry.

Cantina en Salento, Quindío. Andrés Felipe Rodríguez.

Montaña de Sal en La Guajira. Javier Andrés Maldonado.

Fuegos Artificiales. Andrés Pizano Gutiérrez.

Una sociedad enferma

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Y sí, es la estadounidense.

Una sociedad que hace culto al porte civil de armas no puede sino estar enferma. Las causas pueden ser múltiples y complejas, pero que deliran, deliran.

Cuando ocurrió la masacre de Virginia Tech el 16 de abril de 2007, la peor en la historia de los Estados Unidos, me escandalicé con las declaraciones del dueño de la armería que le había vendido las armas a Cho Seung-hui, el estudiante que se cargó a otros 33 antes de suicidarse. Dijo algo así como que la gran cantidad de víctimas se debía a que ninguno de ellos había tenido un arma para defenderse.

Pero las palabras del armero no es una opinión particular, parece que es un principio cotidiano para millones de estadounidenses.

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El fotógrafo estadounidense Kyle Cassidy, se dedicó, durante dos años, a recorrer el país, retratando a los dueños de armas y preguntándoles por qué tenían una. El resultado lo publicó en el libro: Armed America: Portraits of Gun Owners in their Homes (América armada: retratos de propietarios de armas en sus casas).

Lo que más le sorprendió, según sus palabras, fue:

«que los propietarios de armas no respondan a ningún patrón, sino que proceden de todos los orígenes y lugares. Poseer armas forma parte de sus vidas y son muy reacios a desprenderse de ellas. Se muestran orgullosos de tenerlas y de que todo el mundo lo sepa».

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George W. Bush no es la única tragedia con la que cargan. De hecho, lo más probable es que el actual presidente de los Estados Unidos no sea más que una consecuencia lógica de esa nación en la que en 1999, según estimaciones de la Asociación Nacional del Rifle, circulaban legalmente al menos 215 millones de armas en manos civiles, de las cuales 192 millones se concentraban en el 39% de los ciudadanos. Uno de cada dos hogares poseía al menos una. ¡¡Lo que puede haber aumentado en 9 años!!

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La curiosidad de Cassidy se despertó, cuando alguien que había trabajado en las campañas presidenciales de 2004, le había comentado que su trabajo había consistido en atraer “el voto de las armas”. Tres años después éste es el resultado de preguntar quienes conformaban ese voto.

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Desde que vi Bowling for Columbine, el documental de Michael Moore, descubrí que la estadounidense era una sociedad peligrosamente armada, y que no solo era una proyección imperialista hacia el resto del planeta. Pero…

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En todo caso, ver a estos “ciudadanos ejemplares” posando felices con sus pequeños arsenales me puede, me puede. Por si las moscas, creo que preferiría no asomarme por allí… demasiada pinta de latina.

P.D. Supe del trabajo de Kyle Cassidy por el blog El Inconsistente.

Imágenes de mariquitas y lápidas

Cementerio góticoEn estos días libres regresé a mis libros sobre fotografía, aquellos que me impresionaron por distintos motivos como La Cámara Lúcida de Roland Barthes, o Niñas de Lewis Carroll. O ese maravilloso ensayo Ante el dolor de los demás de Susan Sontag y la clarísima visión de Gisèle Freund en La fotografía como documento social. Y por supuesto, los fotógrafos, Robert Capa, Cartier-Bresson, Man Ray, el mismo Carroll y sus niñas, Kertész, Walker Evans. Ahh, Mapplethorpe maravilloso, Avedon tan famoso y diez mil más.

Este arte que esquilmaba mis ahorros fue una parte importante de mis re- inicios más recientes. Y tanteando mi posible nuevo futuro alguna vez rocé la ilusión de exponer mis fotografías. En realidad fueron dos pequeñas composiciones de lápidas (esa debió ser la señal de que no tenía futuro en esto), en una muestra colectiva de principiantes en un Centro Cultural.

Como dice ese lugar común y la canción viejísima de Chico Novarro, fue debut y despedida. Y no fue precisamente el debut soñado. Tantas expectativas y promesas de brillantes después incluidas en una sola noche…

De mariquitas o vaquitas de San Antonio lamariquita.gif

Cuando ingresé al Centro estaba tan cansada que parecía que ya había pasado todo. Nada había sucedido aún.

Todavía me esperaban el grupo de judíos que me pusieron nerviosa cuando pensé que iba a ser perseguida por profanación, sacrilegio o algo similar; Poco más y me condenarían a ser lapidada.

Todavía no había visto a Juan, y aún no me había asombrado su corbata de mariquitas y su traje formal, acaso el único para las grandes galas y las inauguraciones de aspirantes a fotógrafos como nosotros, sus alumnos.

Y mejor aún (¿o peor?) todavía no había echado un vistazo a mi potencial pretendiente, cortesía de una amiga y su marido.

Caminé rápido, arrastrando la vista por las fotografías que ya casi sabía de memoria, observando que mis fotos y las de muchos de mis colegas principiantes no tenían aún las cédulas de identificación. Y solo faltaba media hora para el gran acto!…

De pronto vi a Juan que con su pantalón gris un poco grande, su camisa azul clara y un par de mapas de humedad bajo sus brazos, traía en sus manos una cajita con los rótulos faltantes. Caminaba apurado y como siempre, me saludó con un hola inexpresivo y esa cara desabrida que no reflejaba nada… ¡nada! Todavía me sorprende haber encontrado tanta flema en la tierra del tango… y aún no me fijaba en su corbata.

Le ofrecí ayuda y la aceptó. Cinco minutos después yo estaba en el área de fotografía que, a esa hora y después de 25 minutos sudando la gota gorda en el tráfico, se me antojaba una especie de baño turco gigante.

Así, en vez de estar frente a un espejo dándome los últimos toques para mi debut público, estaba pegando afiches en pancartas, con el cabello recogido, el maquillaje desvanecido por el sudor y encerrada… sola, porque no podían dejar abierta la oficina; cuestiones de seguridad…

Finalmente comenzó todo. Cuando bajé, 15 minutos más tarde de la hora señalada, había brotado de alguna parte gente que ya tomaba cerveza de cortesía. Y así fue mi aparición en escena, a codazos entre la muchedumbre para lograr colgar uno de los afiches enmarcados minutos antes. Lejos de la soñada entrada triunfal de una debutante.

De la labor obrera me salvó mi hermano, que ya había llegado. Me desembaracé del cuadro y de mi tarea y fuimos a refrescar el gaznate… A esta altura, la elegancia se me había ido a los pies y mis ínfulas seductoras se habían enjugado con mi sudor en el ‘turco’ y, hay que reconocerlo, con la actitud del portador de la corbata amarilla patito salpicada de mariquitas.

Después de despedirme de mi hermano, que fue solo porque era importante para mí, comenzaron a llegar mis invitados, Maru, Luji, Ariel, Matías, Ada, Esteban y mis colegas, Martín y Aníbal. Todo comenzó a animarse con cerveza y empezó el torbellino en mi cabeza, ese que hace que la realidad pase como una película que está por detenerse y sin embargo llega al final, a veces demasiado rápido.

Miramos las fotos una y otra vez y no vimos nada. Dudo que Maru recuerde que otras fotos habían además de las mías, o que Luji tenga en la memoria muchas más. Eran mis amigos, no tenían otra opción más que apreciarlas expresamente.

De pronto un pequeño hombre de contextura robusta con una gran nariz se acercó a una de mis composiciones fotográficas y trató de leer la frase en hebreo que tenía. Llamó a su mujer, otra pequeña persona robusta sin nariz prominente pero con cabello corto, rojo y rizado. El hombre le mostró la frase y le señaló las lápidas donde parecía que había alguien conocido (o no) y miró alrededor. Pronto se conformó todo un cónclave y apareció otro grupo, liderado por un personaje con kipá. El tribunal de juzgamiento espero largos minutos al lado de los cuadros y, con vergüenza tengo que reconocer, no quise reclamar la patria potestad de mis inocentes fotos lapidarias y a mi etílico juicio, casi lapidadas.

En su lugar, mi cobarde curiosidad solo atinó a enviar un emisario para que preguntara con total desparpajo si las fotos eran de ellos. Nunca llegó a cumplir su misión. El enviado no comprendió mi pánico interior y en el camino torció su rumbo y encontró más animados motivos para charlar.

Así que me entregué a la cerveza gratis. Las fotos (las otras, las sociales) iban y venían, la cerveza también. De pronto, el otro gran momento. Mi amiga anunció la llegada del potencial pretendiente que tenía para mí. Me lo dijo cuando estaba de espalda a él. Así que me voltee de repente y literalmente me topé con un flaco, alto y pelado hombre de 45 años (mi mamá diría de mediana edad) con un par de mofletes alrededor de su sonriente boca. Era todo curvas… en la cabeza.

No hubo química, pero tampoco mucha conversación. Todo fue cortesía. Así continuamos un rato (¿minutos, horas?, yo seguía en mi torbellino) hasta que finalmente y para escapar, decidí retomar mi papel de ecologista e ir a ver a mis mariquitas en el sol resplandeciente de la corbata en la que las había visto la última vez. De pronto me olvidé de mis queridos amigos de los cuales tengo varias fotos pero ningún recuerdo de más de diez palabras cruzadas.

Cuando regresé al pasillo donde estaba la exposición, ya se había ido el olvidado conciliábulo alrededor de mis “polémicas” fotos. La gente se agrupaba ahora alrededor de los profesores, quienes con buen humor pretendían hacernos pasar por la vergüenza de recibir un diploma de participación, aplausos incluidos, en medio de toda la barahúnda. Por supuesto, salí rauda de ahí con el pretexto de ir a traer a mi club de fans que me vitorearían en la ceremonia.

Para cuando volví, la ‘manifestación’ se había disuelto y para mi tranquilidad el diploma me fue entregado sin estridencias pero también sin ninguna sonrisa.

Ya todo llegaba a su fin, todos se iban, las chicas de las cervezas recogían. Los que quedábamos subimos al ‘baño turco’ a continuar el ágape. Aunque no se sabía quien tenía más onda, si Pepe, otro de los profesores, con su nariz roja del resfriado que le progresaba cada minuto o las mariquitas inermes en la corbata del maestro huraño. Pese a todo, la energía alcanzó para dos botellas de vino más. Por supuesto, no faltó la escena vergonzosa de la debutante, arrodillada limpiando el vino derramado en el suelo.

Salimos del Centro en medio de la penumbra casi absoluta, siguiendo solo una luz al final del largo pasillo. Una imagen “nunca vista” que dio la estocada final a la lúgubre situación.

Así que, sin muchos preliminares, todos se dispersaron, la mayoría se despidió normalmente y Juan literalmente corrió para alejarse. Quedé con Luji, Ariel, Ada y Gabriel.

En papel de chaperona y rompiendo el cuarteto, nos fuimos a comer paella a un fonda española cercana. La noche fue divertida, no terminé condenada a la hoguera y a ninguna cama ajena.