Sobre fútbol

Recomiendo esta entrevista en El País de Madrid al preparador físico de la selección argentina, Fernando Signorini; y algunos párrafos:

(Antes) Se lesionaban menos porque entrenaban menos. ¿Por qué antiguamente no había tantos lesionados? La pubalgia es una enfermedad nueva que ha llenado de dinero a los traumatólogos. Es la locura del entrenamiento. ¿Por qué hay que entrenar? Hay que entrenar desde la racionalidad. Cada vez corren más en la montaña y en el mar con el agua hasta las rodillas. Un día va a aparecer un tiburón y se va a comer a alguno.

Somos un continente en permanente lucha por una sociedad más justa y me gusta incentivar a los jugadores para que no piensen que el fútbol es lo único que tienen en la vida. Porque si es así van a ser muy pobres por más que tengan mucho dinero. Dante Panzieri decía que antes la formación de los chicos estaba a cargo de maestros que tenían muchas verdades y poca cultura. Después los maestros fueron reemplazados por los preparadores físicos, mucho más ricos en cuanto a la dialéctica pero ignorantes de toda verdad en cuanto al juego.

(El fútbol) Es un misterio. ¿Cuándo se va a dilucidar? No lo sé. Por ahora es un misterio. ¿Por qué salen tantos talentos naturales debajo de cuatro chapas y cuatro cartones? Primero no los ayuda nadie. Y cuando trascienden todo el mundo les exige: que hablen bien, que no se coman las eses, que sean políticamente correctos, que no hablen en contra del dogma ni religioso, ni social, ni político, y sobre todo, que no hagan trastabillar el privilegio de los privilegiados del sistema. Es todo un asco. Y de eso me gusta hablar con los jugadores. Porque ellos son un símbolo para muchos millones de chicos desprovistos de información que no creen en la clase política. ¿Por qué no van a creer en estos nuevos profetas que no tienen una cruz ni un libro sagrado pero tienen una pelota? Si la pelota sirve para abrir la mente de los chicos y que sepan las verdades desde el principio, bienvenidos sean.

La vida interior de la selección bulle como una colmena. No por el orden sino por la dinámica. No somos Suiza. Entonces hasta el último día no supimos ni en qué avión volaríamos a Suráfrica, ni qué día, ni a qué hora. Pero una cosa era segura: volaríamos.



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Recuerdo verdolaga

Veo fútbol. Me gusta aunque no soy hincha fanática y desde que vivo fuera del país le he perdido el rastro cotidiano al equipo del que me declaré seguidora hace ya… hace tiempo.

Bueno, 20 años  han pasado (¡ya!) desde que el Atlético Nacional, los verdolagas, se convertían en campeones de la Copa Libertadores de América. El primer equipo colombiano en lograrlo, los pioneros, y el único hasta que Once Caldas volvió a ganársela a Boca Juniors en el 2004.

En 1989, los verdes le ganaron la final al Olimpia de Paraguay. El orgullo venía también porque era un equipo de “puros criollos”, o sea todo el triunfo era nacional y no solo del Nacional. Fue el Nacional de Francisco Maturana, de Leonel Álvarez, de Alexis García, de René Higuita, del Palomo Usuriaga, de Andrés Escobar, la base de lo que después sería la selección Colombia de tanta alegría que llegó a su punto máximo con el triunfo 5 a 0 sobre la Argentina en el mismísimo monumental. Después vendría el acabose. Pero mientras…

Hoy vi el video del desenlace por penalties de ese partido de infarto en Bogotá. Volví a sufrirlo. Reviví con el corazón en la boca cada cobro errado por los nuestros, aún sabiendo que luego el gran René Higuita exorcizaría con cada atajada posterior el nervio de punta de quienes pateaban. Fueron 18 penalties!, Porque que escorpión ni que ocho cuartos, Higuita para mi fue el de ese día, el que me sacó las primeras lágrimas.

Me emocioné y de nuevo esperé con un temor absolutamente irracional el gol de Leonel que finalmente selló el triunfo de los verdes. Esa vez lo grité en mi casa en Medellín, junto a mi mamá, una seguidora del Junior de Barranquilla,que ese día también fue verde.

Fue una época tumultuosa y de inicios. Mi preferencia por los verdolagas, heredada de mi papá, se llenó de contenido emocional y algo de ese orgullo regional, que a veces molesta a quienes no son de allá, comenzó a teñir mi lugar en el mundo. Después de todo, el verde y blanco son también los colores regionales. Verde que te quiero verde… repetía como lorita a un García Lorca al que desconocía. Y pese a mi innegable y ajeno origen citadino, por aquello de la capital de la montaña y la herencia arriera comencé a sentir la tierrita todavía sobre los hombros… una impostora, bah… pero fueron las pelusas de mis incipientes raices.

Fue una época en la que comencé a ir a un Centro comercial cada domingo para escuchar la Orquesta Filarmónica de Antioquia y antes de cualquier concierto, me paraba entusiasmada para escuchar y cantar el himno antioqueño y sobre todo mirar emocionada los ojos llorosos de mi papá, ese sí un verdolaga auténtico.

También fue el tiempo en el que rápidamente, la paranoia y el miedo inundaron mi vida y la de quienes habitábamos la que se conoció como la ciudad más violenta del mundo. En 1989 mataron a Luis Carlos Galán, Pablo Escobar aterrorizaba al país y comenzaba una época oscura para Medellín. Fue la época de los carro – bombas que borraban literalemente cuadras enteras, el toque de queda de hecho y en algún momento oficial, los sicarios, los ajustes de cuentas, el imsomnio y las ganas impotentes de alejar la pesadilla. En el peor año, 1991, el homicidio fue la causa del 42% de la mortalidad en Medellín.

Y el fútbol también fue arrastrado por esa estela de violencia que aún tiene sus coletazos. De quienes integraron ese sueño verdolaga, tres murieron violentamente, Andrés Escobar fue acribillado en 1994, en un restaurante después de regresar de ese olvidable mundial en Estados Unidos; un menos célebre Felipe Pérez, también fue asesinado en Medellín en1995; y el Palomo Usuriaga también tuvo un temprano final en Cali, con solo 37 años, en el 2004.

En todo caso, en la memoria quedan aquellos iniciadores de estos recuerdos verdolagas, que no solo fueron fútbol.

La plantilla de los puros criollos aquí.

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