Mi vida ordinaria

Hace un par de días encendí el televisor en la mañana. Una de esas mañanas en las que andaba sin ganas de nada, solo volver a mi camita y disfrutar de la pereza.

Me puse a mirar sin ver realmente Mañanas Informales, ese programa que a veces es divertido, algunas veces se pone interesante y otras veces me hace querer volver a escuchar radio y así entonces volver a mis almohadas. Cuando aún no decidía si tomarme un segundo café y comenzar uno más de mis días, escuché que entrevistaban a Julio Bocca. Desde mucho antes de su despedida como bailarín, cuando ya le había puesto fecha a su retiro, escuché y leí que entre las cosas que lo animaban estaba que quería poder llevar una vida normal

… saber que voy a poder descansar, dedicarme a otras cosas que me gustan y encima poder comer y tomar lo que se me ocurra sin pensar en la ropa elastizada, …, sin nada, nada de angustia.

Esa mañana, y después de cuatro meses de esa memorable noche en el Obelisco en la que se despidió al aire libre frente a 200.000 personas, estaba expresando la dificultad que tenía para ser “normal”, mejor dicho, para llevar una vida cotidiana como la de la mayoría de los que habitamos esta ciudad y algunas otras. Según mi interpretación de sus palabras, se sentía un poco perdido cuando se levantaba, no sabía qué hacer.

Me hizo gracia. Sonreí medio adormilada, me di vuelta y abracé una de mis almohadas. Ya había decidido cerrar los ojos y quedarme un poquito más en cama, porque finalmente ¿quién me apuraba?

Cuando finalmente el ánimo me dio para el segundo café y pude finalmente conectar mi cerebro, regresé a las declaraciones de Julio Bocca mientras tostaba el pan y sacaba la mermelada y el quesocrema de la nevera. Pensé que era increible que mi vida ordinaria pudiera ser tan extraordinaria para gente como él que es un privilegiado y puede tener lo que quiera.

Y yo, ¿cuántas en un millón había como yo? Entonces me pregunté que tan normal era esta vida que llevaba y para cuánta gente puede ser realmente extraordinaria, aparte del bailarín, claro. Porque en todo caso, es uno en un millón.

Y ya no me dio tanta risa, me puse seria y como siempre compliqué mis momentos de satisfacción cotidiana.

Me acordé entonces de Fanny, esa madre de cinco hijos y desplazada por la violencia en Colombia; una de los tres millones – algunos calculan 4 millones – que viven su vida cotidiana en los cinturones de miseria de los centros urbanos, entre paredes de tablón, precarios fogones de gas y un escaso desayuno con agua de panela antes de irse a limpiar casas ajenas o a vender dulces en los buses.

Me acordé de Migue, un cartonero de quien el periodista Washington Cucurto escribió en Crítica de la Argentina, un hombre casi, en edad de aprender muchas cosas. Su vida cotidiana comienza, – o comenzaba en ese momento porque parece que la prefectura los echó junto a otras cuantas familias -, debajo de la autopista del Sur, a metros del Parque Lezama, al lado, ¡vaya paradoja!, del ex centro clandestino de detenciones.

Migue es uno más de los alrededor de seis mil cartoneros que circulan en la ciudad de Buenos Aires, el doble que tenía registrado el gobierno porteño en el 2006 y uno más que se suma a las más de 100 mil personas que viven de la basura en el conurbano bonaerense, de acuerdo a estadísticas de la provincia y de la Universidad Nacional General Sarmiento. Su jornada, a diferencia de la mía, comienza cuando cae la noche y sale a hurgar la basura de nuestra vida normal.

Y sí, hay tantas Fanny y tantos Migue que quisieran tener mi vida normal!!

Pero si todavía no estaba deprimida por ellos o feliz por mi vida ordinaria, según como se mire, me acordé también del reciente pedido de auxilio del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, que asiste a que 90 millones de personas en 78 países cubran su necesidad de alimento básico. Pedían 500 millones de dólares para evitar el racionamiento de esa ayuda alimentaria. Y la verdad que 500 millones me sonó poco para que 90 millones de seres humanos pudieran vivir, ya no dignamente, solo vivir.

Esos mismos estados que no dan suficiente para paliar el hambre, causada en parte por ellos mismos, alcanzaron un gasto record en defensa. Según el Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo (SIPRI), en el 2006 el mundo gastó un billón 204 mil millones de dólares en armas. 184 dólares per cápita!

Fanny, Migue y otros 2.600 millones de personas en el mundo vivían en el 2004 con menos de dos (2) dólares diarios!!

Así que terminé el café, me comí las tostadas y decidí sentirme afortunada por esta vida ordinaria que llevo y que pareciera ser la normal en esta burbuja citadina e intelectual. Esta en la que (con eso nos ilusionamos) la mayoría vamos a cine, cenamos cada tanto por fuera, despotricamos de los políticos de turno y al final del día nos refugiamos en una cómoda habitación, cerramos la ventana y pensamos, mientras nos quitamos la caca de perro que pisamos cuando veníamos, que esta ciudad es una mierda. Después nos metemos en nuestra camita, y esperamos que al otro día no haya ningún piquete que no nos deje llegar a tiempo.

Gente extraordinaria que transitamos esstas anónimas ciudades latinoamericanas.

La tragedia que no vemos

Niños en el Chocó y de la tribu Wayuu en la Guajira -Colombia.Hoy es un día de sensaciones estorbosas, intranquilas. Algo incomoda y no se identifica inmediatamente. Hasta que aparecen las caritas de esos chiquitos que hacen parte de una estadística mortal: En un solo hospital de Quibdó, capital del departamento del Chocó en el pacífico colombiano, se reportó entre enero y febrero, la muerte de 24 recién nacidos y otros 13 niños menores de 12 años. Todos por condiciones de insalubridad y pobreza. Las cifras informales hablan de un promedio de 12 muertes infantiles por mes a causa del hambre en ese mismo departamento.

Solamente ayer colocaba en crónicas ajenas de este mismo sitio un enlace sobre los Yukpas, un pueblo que vive en el norte colombiano, donde otras caras reflejan la misma versión de abandono y aislamiento. Minutos antes, buscando lindos paisajes, había encontrado algunas fotografías de los indios wayuu en la Guajira, la península en el extremo norte de este subcontinente suramericano. Caras desconfiadas, secas de atención.

Recordé entonces esas imágenes tan parecidas del Tucumán del 2002. Niños flaquitos y frágiles con sus ojos adormilados de debilidad por la falta de alimento, que se convirtieron en estadísticas de la pobreza extrema que sigue existiendo en la Argentina de hoy.

Niños desnutridos en San Miguel de TucumánEl hambre, plaga de nuestros países, epidemia trágica.

Esa incomodidad es apenas un leve síntoma de ese malestar que causa la injusticia extrema de una tragedia invisible, que sin grandes alharacas se incuba en una sociedad indiferente e inmersa en luchas ambiciosas, políticas y sociales, de espalda a la vida. La vida de esos niños.

Tanto días conmemorativos y formales que reivindican los derechos de los niños, de las mujeres, del agua, de los bosques, de los perros, de los gatos, de los veteranos de guerra, de la tierra, del delfín y de San Quintín, y al final de cuentas la gente se sigue muriendo de hambre a la vuelta de la esquina. Los niños mueren por hambre. Ni hablemos de educación.
Tenemos la obligación de no ser indiferentes. De mostrar y llamar la atención sobre la discriminación y la marginalidad. Darle un sentido más allá del sustento diario al trabajo y a las acciones diarias que realizamos. Que esas fechas simbólicas den visibilidad, muestren la dimensión del lento desangre humano que se palpa en esas caritas.

Horas y horas hablando del gran hermano y el gran Maradona que una vez más decidió tirar su vida opulenta al basurero. ¿En qué andamos?