Semana de pasión y contradicción

grafico-en-dl3glitter-graphicsnet.jpg En esta semana de pasión todavía me sorprende un poco que quienes durante el año escasamente recuerdan el espíritu religioso, de pronto sientan la necesidad de acercarse a una iglesia, guardar recogimiento y no comer carne.

Como si la espiritualidad y una aceptable vida interior se debieran demostrar y no vivir. Como si las necesidades espirituales tuvieran fecha y hubiera que programarse para cubrirlas. Como si no fuera algo inherente a la humanidad -quiero decir tenerlas o no tenerlas – y hubiera que colgárselas de adorno en estas fechas.

La formalidad de los ritos hace que lo esencial se pierda, me parece a mí.

Tuve una crianza católica. O sea, misa los domingos, los primeros sacramentos, rezos al angelito de la guarda cada noche, contrición, temor de Dios, si hubiera matrimonio, de blanco por supuesto – por aquello de la pureza del cuerpo y del alma – y resignación ante las ‘cruces’ que hay que cargar como prueba ante el Señor.

Pero también tuve una crianza símil libre – pensadora. Quiero decir, escéptica, racional, anti clerical, de auto – determinación, rebeldía y un bienestar en la tierra a través de esa ‘panacea’ liberal que es el self made man, o woman, en mi caso.

dibujo-en-amores-fullblog-com-ar.gifPor supuesto, la convivencia fue terrible, pero la hubo. Iba a misa los domingos, repetía las oraciones y creía firmemente que se me iba caer la hostia de la boca cuando comulgara si había faltado en algo durante la semana. Y durante la semana estudiaba en colegios laicos bajo la premisa de que los libros y el conocimiento despejarían mi futuro y entonces podría vivir en mi propia casa y con mi propio dinero para hacer lo que me diera la gana. De más está decir que casi nunca sentía que podía comulgar.

Muy rápido decidí no romperme la cabeza por la existencia de Dios. Jamás lo iba a comprobar, así que decidí quedarme con la fe que me inculcaron. Los beneficios eran mayores que los de tratar de no tenerla. Traía menos angustia y era más sencillo. Inclusive, cada tanto me podía dar una mano. Por supuesto, por el pragmatismo de mi fe, la culpa me asaltaba de tanto en tanto. No estaba bien y entonces sentía que no creía de verdad, porque, ¿ y qué tal que sí existiera Dios?… iba a saber que le estaba trucando el asunto. Ufff, en la olla, y con todas las verduras.

Por supuesto, el diablo también metió la mano, y el trinchete. La lujuria, la bohemia y otras tentaciones terrenales me llevaron por el mal camino, según un impertérrito angelito que seguía guardando mi sueño. Ahora sí que no iba a haber salvación para mi alma! Una digna hija de Lilith, diría.

Por suerte, y con la ayuda de Dios, el equilibrio llegó a mi vida. Creo. Sus representantes en la tierra me enseñaron el camino y aprendí que su reino no es de este mundo, efectivamente.

Porque en este mundo los titulares de su reino crearon el santo oficio de la inquisición, y su heredera, la Santa Congregación para la Doctrina de la Fe. El actual papa Benedicto XVI la presidió durante 24 años. Desde allí, el entonces Cardenal Ratzinger se dedicó a combatir y desarticular la teología de la liberación y a perseguir a sus fundadores. A uno de ellos, el brasileño Leonardo Boff, se le orilló hasta obligarlo a dejar el sacerdocio. El y sus seguidores solo creyeron que la fe cristiana tenía el deber de actuar frente a la injusticia de la opresión y la marginalidad y defender los “derechos a la Vida y a los medios para mantenerla con dignidad”.

Para él y para otro de sus precursores, el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez Merino, “…la fe debe demostrarse con un compromiso auténtico con la situación de los hombres.” La opción por los pobres fue su máxima bandera, sin justicia y dignidad en este mundo no hay reino de Dios, siguen predicando.

“Vemos, a la luz de la fe, como un escándalo y una contradicción con el ser cristiano, la creciente brecha entre ricos y pobres… Esto es contrario al plan del creador y al honor que se le debe. En esta angustia y dolor, la Iglesia discierne una situación de pecado social, gravedad tanto mayor por darse en países que se llaman católicos”.

Por defender estas mismas ideas y los derechos de quienes sufrían la violencia institucionalizada y la represión militar en su país, fue asesinado en 1980 Moseñor Oscar Romero, arzobispo de El Salvador.

En este mundo también, otro de los titulares del reino de Dios, el pastor evangélico Luis Palau dijo, en unas declaraciones radiales:

“Cuando hay un violador en el barrio y llamamos a la policía y la policía viene y le pega, no decimos ‘uh, pobre violador, cómo le pegan’. Por el contrario, nos alegramos de que la policía actúe. Bueno, yo veo la intervención norteamericana en Irak desde ese punto de vista, desde el punto de vista de la seguridad”.

Y es amigo personal de George W. Bush, quien, a propósito, llegó a la presidencia de los Estados Unidos creyéndose tocado por elección divina para combatir los males del mundo:

«He escuchado la llamada. Creo que Dios quiere que me presente a las elecciones presidenciales» (George W. Bush al telepredicador James Robison, 1998).

No hay necesidad de mencionar siquiera como nos ha ido con este autoproclamado elegido.

Aquí en la Argentina tenemos unos cuantos titulares que efectivamente siguen demostrando que el reino de Dios no es de este mundo: El ex – arzobispo castrense, Antonio Baseotto, acusado de apropiación de bebés. el ex – capellán Cristian Von Wernick, condenado a cadena perpetua por delitos de lesa humanidad y que se convirtió en el símbolo de una iglesia cómplice de la última y sangrienta dictadura argentina. El padre Julio Grassi, acusado de pedofilia, delito que parece extenderse dentro de la estructura católica mundial.

Ante esta tremenda muestra aleatoria y algunos otros antecedentes, los ritos se vacían de significado, los íconos, símbolos e intermediarios no tienen mucho sentido.

Los deben reemplazar la coherencia con un sentido de justicia y deber ser, que se concreten en la cotidianeidad. Hechos trascendentes, quizás pequeños y quizás de cortísimo alcance, pero aquí y en esta vida. Un real compromiso con la dignidad de vivir en este mundo. Y así quizás lograr, quienes quieran creer, unos punticos de más para disfrutar del reino que no es de este mundo. Ahora que se decretó que ya no hay limbo, quizás cueste menos.

Yo hace mucho que no entro en una iglesia, pese a que es un espacio que siempre me ha dado paz. Y me entra la culpa, no lo puedo evitar, yo también quiero mis punticos. Pero paradójicamente, cada día siento más cerca una especie de paraiso interno. Gracias a Dios, la razón me ilumina… a veces.

Que puedo decir… la contradicción va con mi naturaleza. Mis necesidades espirituales son de este mundo.

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