La inevitable reflexión navideña

Tomada de bitacoreta.blogspot.comPufff!!!! Llegó navidad.

Estoy lejos de mi familia. Se que para muchos sería una bendición, ya que estamos. Me ahorro regalos, esa sí que es una bendición. A lo sumo un par de llamadas de larga distancia y unas cuantas tarjetas electrónicas.

No tengo reales obligaciones sociales, así que no tengo que pensar en la ropa, en la decoración navideña, en conseguir taxi a las 3 de la mañana, en cuál champagne – o espumante como se dice ahora – es el mejor, y ni qué decir en eso que llaman fresita, en romper la dieta con el famoso Vitel Thoné, que de solo verlo me da acidez. Aunque suene muy yankee prefiero el pavo relleno o quizás algo más criollo como un lechoncito.

Así que, mi diciembre se reduce a las cenas y fiestas de fin de año casi siempre divertidas, regalos que siempre son bienvenidos – y los que se dan son absolutamente disfrutables-, el aguinaldo y las vacaciones. Con lo único que me cuido un poco es con algunos buenos amigos – otros lo entienden – que me invitan a sus casas o se preocupan porque no esté sola. Creen que cuando den las 12 lloraré amargamente.

Todavía no entiendo porque creen que podría llorar a las 12. El trauma de haberme dado cuenta de que el niño Dios no era quien me traía los regalos lo superé hace mucho y sin terapia. Por lo demás, a mi gente, la que está lejos y la que ya no está, la extraño permanentemente, la tengo adentro yaciendo en el fondo y la refloto cada tanto, no especialmente en navidad.

La importancia de ésta o de cualquier otra fecha reside en los afectos alrededor y no en la fecha misma. La familia ajena no es la mía – aunque suene a perogrullada – y por más cordial y amable que sea, yo estoy fuera y no la puedo disfrutar – o sufrir – igual.

Tener una noche más, tranquila y en casa, no es especialmente deprimente. Lo deprimente son esas horribles y estridentes cumbias – que no son colombianas -, el punchis punchis y las explosiones sin graciosas luces ni chispas, que parecieran ser requisito de esta espiritual celebración.

Pero pese a mi hábil predisposición a soslayar los accesorios indeseados, la festividad se mete por las rendijas de las convenciones que aún quedan. Pareciera que es inevitable recordar, hacer balance, extrañar e ilusionarse con el futuro, como si cada año cortáramos de tajo con el pasado cuando se nos obliga a renovar agenda.

Así que hago a un lado las nostalgias. Siempre he pensado que todo tiempo futuro será mejor. No me arrepiento de lo vivido, mi pasado hace posible mi presente, que estoy disfrutando. Y sobre la ilusión en mi futuro, ahí está. Es lo que me hace avanzar.

No me queda más que el balance. Y este año viene de la manos de algunos hallazgos determinantes.

Hallé al mejor grupo de amigos que nunca he tenido. Y no exagero. En esta ciudad del fin del mundo, encontré gente buena, solidaria y dispuesta a ofrecerme lo mucho o poco que puedan compartir. Y ese es el Club del Can, ese grupo tan heterogéneo y divertido que me enseñó la vida en un barrio, en este microcosmos tan universal, la esencia humana dentro de una ciudad que amenaza todos los días con convertirnos en autómatas.

Hallé también una fuerza interior desconocida – aunque predecible – que me hizo tomar buenas decisiones aunque fueran difíciles.

Extrañamente hallé este mundo virtual de blogs y bloggers que me permite liberar mi cabeza, estimular la imaginación, divertirme, pelearme, conocer y pensar. Algo así como trotar sin riendas haciendo una que otra cabriola inesperada en momentos inesperados solo por el deseo de hacerla. Esta virtualidad que me permite entrar en el mundo de otros como yo dispuestos a encabritarse cada tanto, – algunos varias veces al día-. En resumen, más esencia humana, a veces tan mezquina, prejuiciosa y limitada como otras abierta, crítica y reflexiva.

Y sobre todo y especialmente hallé a mis amigas. Esas a las que pese a su reciente incorporación a mi vida, este año les saqué la lengua de cansancio y sin embargo siguen marcando mi teléfono.

Y me detengo aquí. Estoy a punto del lagrimeo y todavía falta una hora para las 12.

El niño Dios no existe, no existe, no existe… y no tengo chimenea. Por eso aquí estoy, mientras todos ustedes celebran algo, escuchando estoicamente la cumbia de los vecinos y haciendo lo que tuve ganas de hacer para esta nochebuena, escribir.

Y se hizo la luz!

Desfiles de mitos y leyendas 7 de diciembre.

Para el mundo cristiano, víspera de la inmaculada concepción o de la virgen inmaculada. En Colombia es el pretexto de los inicios festivos de la época más alegre, con más luz – literalmente -, algunos dirán que también la época más comercial.

Ahh, pero que viva la navidad!, época de mucho consumo, pero al servicio de la fiesta y la alegría. Consumo también de emociones atropelladas, de recuerdos a tropel, de la romería esperanzadora de deseos, de calzones amarillos, de uvas, maletas, lechones, guirnaldas, natilla, buñuelos, pavitas y pavotes.

Porque ¿Qué hay más consolador que ir a consumir cuando estamos tristes? ¿Qué hay mejor que gastar esfuerzo, energía y unos pesitos en tratar de ser feliz cuando el consuelo emocional no llega de la mano del otro?

Y si además se consume con esperanza de otra etapa mejor, de otro círculo que se abre y que rezamos o pedimos que sea virtuoso, mejor!

Así que, a comer, a comprar chucherías y a disfrutar la Colombia iluminada!

Consumamos! una mazorca a las brasas en la calle o un helado caminando por la ciclovía. Tengamos esperanza y no dejemos de creer.

Aquí una pequeña muestra gratis de la Colombia feliz.