Una vida imaginaria

¿Qué hay peor que ser olvidado? ¿Qué hay más desagradecido que olvidar?

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sexo duro, golpe seguro

Hace un par de días hice una de mis habituales visitas a don Blog Pérez, un lugar de un paisa simpático, antiuribista. Compartimos además, con algunos años de diferencia, los pasillos de la Universidad de Antioquia.

Estaba acostumbrada a alguna irreverencia muy divertida y refrescante de su parte. Pero su último post que tituló: Descarga gratis en video: chica 12 años teniendo sexo duro, me sorprendió de una manera incómoda, aunque supuse alguna trampita como efectivamente la tenía. Los que abrimos la entrada nos ganamos esto:

Bueno, el asunto hace parte de una campaña de difusión contra la pornografía infantil. Lo peor es que las entradas en su blog subieron como espuma con solo el título de ese post, que seguro desencantó a más de un enfermo.

Internet es uno de los lugares más impunes y anónimos para estas aberraciones. Y aunque cada tanto se conocen casos como los del cura Julio César Grassi; ese que solía dirigir la fundación que paradójicamente se llama “Felices los niños”; o el de ese otro dizque prestigioso sicólogo especializado en – ¡nada menos!-, violencia familiar, Jorge Corsi, que resultó acusado de corrupción de menores, la verdad es que la pedofilia es una epidemia que se sirve de herramientas sofisticadas y silenciosas como la web para crear “comunidades que comparten imágenes”.

De acuerdo a algunas estadísticas que se pueden ver en la página pedofilia-no.org y que deben ser bastante limitadas justamente por su carácter clandestino, se calcula que, por ejemplo, en Brasil hay alrededor de 500 mil menores prostituidos y en Estados Unidos, 300 mil. El país con mayor número de turistas sexuales y de mayor demanda de material pornográfico es Alemania; le siguen Estados Unidos, Australia, Francia y Nueva Zelanda.

Utilicemos pues estos pequeños lugares para hacer algo.  También La Huella Digital está difundiendo esta otra campaña:


Los niños invisibles

Bueno aquí estoy de nuevo. A ver si me encarrilo de una vez por todas…

Cada vez que entro a ver cómo va mi blog en cuestión de “rating virtual” (sí, yo también soy sensible a esas pequeñas vanidades) y leo qué es lo que más busca la gente que llega aquí, me topo con que una de las entradas más leídas es Esa tragedia que no vemos, algo que escribí en marzo de 2007 indignada porque en Colombia morían niños por hambre y desnutrición. Desde hace tiempo tenía la idea de volver sobre el asunto porque es un tema que salta cada tanto en los medios, aunque sea meramente por los reportes estadísticos que los organismos intergubernamentales actualizan cada año.

Y los niños, pese al negocio que son, siguen siendo invisibles.

Porque no me refiero a los que consumen Nickelodeon, Cartoon Network o Disney Channel, pasean en Temaiken, veranean en campamentos o estimulan su sentido musical con Mozart para niños. Me refiero a esa masa amorfa y sin cara de niños pobres, pero pobres de verdad, de esos que hablan en los informes sobre pobreza de la CEPAL y la UNICEF. De los que no comen todos los días, los que acompañan a sus padres a pedir monedas en el tren subterráneo en vez de ir a la escuela, los que mueren por enfermedades prevenibles o tienen retardo en su desarrollo motriz o mental a causa de la desnutrición. Los niños miserables, indigentes; pobres extremos, si queremos ser elegantes.

En el 2002 dos de cada cinco personas indigentes en América Latina eran niños; 41 millones entre las edades de 0 y 12 años y otros 15 millones entre los 13 y 19 años. 56 millones de esto!!:

Colombia es uno de los países que concentra el mayor porcentaje de pobres extremos o indigentes de América Latina, con el 12% del total. Solo lo superan Brasil y México.

En la Argentina, ese otro país que me trasnocha, los indigentes son el 9% del total de la población. De esa cantidad, la pobreza infantil es el 40%, en el segundo semestre de 2006, 4 de cada 10 niños eran pobres o indigentes. Entre los 0 y 13 años sumaban 4’100.000 niños que comían mal a muy mal, que en su mayoría no estudiaban y, lo peor, que estaban perdiendo su infancia preocupados por asuntos que deben ser solo de adultos.

Estadísticas que todos seguramente leemos con tristeza, aunque las crucemos con indiferencia en las calles.

¿A qué sometemos a esos pequeños cuya existencia nos garantizan el futuro como especie?. Y lo pongo así, porque ni siquiera por esa tendencia instintiva a la supervivencia que caracteriza a cualquier especie animal, ni así, los niños se han convertido en prioridad para los adultos, todos nosotros, los que nos encargamos de su presente.

En América Latina sometemos a 132 millones de niños entre 5 y 14 años a trabajar la tierra en condiciones insalubres y riesgosas. Según un informe de la FAO, el programa de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, a los niños se les obliga a trabajar por su propia supervivencia. En el artículo “Flagelo mundial: niños como peones agrícolas” de voltairenet.org se destaca que pese a que no existen cifras oficiales sobre el número exacto, se calcula de manera conservadora que representan una tercera parte de “la empleomanía total de la esfera productiva.”.

“…la penuria económica significa también falta de educación, malos servicios de salud y oportunidades limitadas”.

“Los empleos clasificados por esa agrupación internacional como los más peligrosos son la agricultura, la minería y la construcción, en ese orden de riesgo, motivo por el cual se duplican las afectaciones que sufren los pequeños, referidos fundamentalmente a accidentes, mutilaciones y padecimientos profesionales como silicosis y problemas respiratorios”.

Pero podemos ser aún más perversos. En Colombia los sometemos a la guerra. Mi país hace parte de una vergonzosa lista que permite la utilización de menores en actos de guerra, incluido el reclutamiento dentro de grupos armados. Lo acompañan en ese club Chad, Filipinas, Sri Lanka y Uganda. Y no solo son los bárbaros de las FARC y esos sanguinarios paramilitares. También el Estado, que tiene la obligación de protegerlos, es responsable.

En el artículo “El crimen invisible” publicado en la revista Semana de Colombia, se hace referencia al informe del Secretario General de la ONU del 21 de diciembre al Consejo de Seguridad en el que Colombia aparece como uno de los países que permite la impunidad frente a la violación de los derechos del niño. Y se leen cosas como esta:

“Tampoco se ha sentido ningún estremecimiento en el país por los relatos de los más pequeños de las tropas ‘Martín Llanos’ – el jefe paramilitar que nunca se desmovilizó -, según los cuales a la hora del almuerzo les servían carne humana, asada, para que perdieran cualquier escrúpulo.”

Y esta otra:

“…un niño desmovilizado de las Farc fue utilizado como informante y que luego resultó muerto en combate con la guerrilla, dos niños (8 y 11 años) a los que el Ejército obligó a transportarle materiales, y el caso Bebedó (Chocó), donde las Fuerzas Armadas proporcionaban alimentos a los niños a cambio de que se ocuparan de la limpieza y el mantenimientos de sus armas.”

No hay cifras de cuántos niños participan de la guerra. Se habla de 10.000, pero es un dato arbitrario y hay un consenso de que es una cifra conservadora. Según datos de más de 10.000 desmovilizados solo de la guerrilla, se calcula que el 42% ingresó siendo menor de edad. Según un desmovilizado de las Farc, tienen un “kinder en armas”.

Y cada vez se utilizan niños más pequeños. Hay datos concretos de menores de seis años que son reclutados para involucrarlos en actividades de guerra. Según el artículo, cuando salió el informe que lo denunció no hubo un solo titular de prensa.

¿¡Qué hacemos que además de someter a nuestra prole a semejante futuro, ni siquiera queremos verlos?!